Un equipo de investigadores estadounidenses ha desarrollado una herramienta de bloqueo de contenidos políticamente antidemocráticos en la red social X y la ha probado con un grupo de personas, constatando que la polarización de los participantes en el experimento disminuía, según describe la revista Science, volumen 390, número 6764, de dicha publicación académica.
Nos gusta pensar que odiamos el conflicto, pero no suele ser del todo verdad. El conflicto nos estimula, nos hace sentir parte de un bando, nos da identidad rápida y acabamos cayendo en una trampa muy bien diseñada por aquellos que ganan con el negocio de la polarización.
Las redes han hecho de la polarización una droga muy económica: desahogo emocional, popularidad a coste cero, reconocimiento inmediato, enemigos claros y cero esfuerzo intelectual.
Cualquier energúmeno que hace muy pocos años tan solo podía ejercer de forma airada en sus círculos cercanos, en los que estaba identificado como tal (familia, amigos, etc.), hoy día puede viralizar un discurso entre miles de personas sin que estas conozcan la autentica esencia de su personalidad. La conversación se ha convertido en espectáculo, y para sobrevivir en él hace falta exagerar. En este ecosistema digital la emoción gana y la razón pierde puntos, cansada de competir contra quien grita más fuerte. “Tendréis la razón de la fuerza, pero no la fuerza de la razón”; esta frase atribuida a Miguel de Unamuno cobra hoy total y preocupante actualidad en el contexto de las redes sociales.
Está más que claro: el modelo económico de las plataformas se basa en la atención, y nada capta más atención que el conflicto. La indignación y el enfado son rentables. Por eso los contenidos serenos desaparecen —no tienen tanto impacto viral— y los incendiarios suben como la espuma. Nada de esto es casualidad: la rabia genera clics, los clics generan tiempo de pantalla y el tiempo de pantalla genera beneficios económicos para unos pocos.
Las redes no quieren que resolvamos nuestras diferencias; quieren que sigamos discutiendo, y nada mejor que una campaña electoral para echarle leña al fuego. Solo hay que pasearse por las redes sociales desde la publicación del Decreto de la Presidenta 8/2025, de 27 de octubre, de disolución de la Asamblea de Extremadura y de convocatoria de elecciones, y ver como la temperatura no deja de subir incluso antes de comenzar oficialmente la campaña.
Los algoritmos influyen en el contenido que ve el usuario, dirigiendo sutilmente sus pensamientos, emociones y comportamientos e incrementando la polarización social.
La herramienta creada por estos investigadores, y basada en inteligencia artificial, detecta el lenguaje antidemocrático o la apología de la violencia y bloquea este tipo de contenidos para que no aparezcan en la pantalla del usuario o usuaria final. Los resultados son claros: a menor contenido violento, mayor empatía y menos polarización. Nada novedoso a nivel psicológico, pero sin duda es una buena aportación al escenario de las redes sociales.
En cualquier caso, creo que ya vamos tarde con respecto a las multinacionales digitales que diseñan los modelos algorítmicos basados, como en otros muchos negocios, en las emociones primarias del ser humano (alegría, tristeza, miedo, ira, sorpresa, asco, etc).
La pregunta no es qué están haciendo las plataformas con nosotros, sino qué estamos dispuestos a dejar que hagan con nosotros. Una vez más estamos siendo agitados por un negocio del cual somos colaboradores necesarios. Tal vez la agresividad online no desaparecerá hasta que dejemos de confundir gritar con participar.
Quizás la verdadera resistencia ante estas plataformas digitales sea pensar más y opinar menos.
Añadir La Portada de Extremadura como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.