Tuve suerte y me tocó habitación con vistas a la playa. Suerte y billetes, dirá alguno… y acertará. Por un poco más uno puede descansar, además de los lomos, la vista. Tengo cierta obsesión con los puntos de fuga. Uno, de natural mirón.
Volver a Las Palmas… como quien peregrina, como quien paga una deuda consigo mismo. El taxista hizo la mili en Cartagena. Las ciudades con puerto tienen un nosequé que las emparenta. Un nosequé más allá del propio puerto, algo en el carácter de las gentes y hasta en la barra de los bares que las aroma por igual.
Desde mi habitación veía toda la playa de Las Canteras, desde las barcas de colores en La Puntilla al Auditorio Alfredo Kraus en el otro extremo. Hace años, cuando estuve allí, en el auditorio, me pasmó su escenario abierto al mar, la mirada perdida. Más allá, vivir es mirar más allá, vivir es perder la mirada. Golpe a golpe… verso a verso.
La playa de Las Canteras es una playa larga como para un paseo, repleta de todo. Una playa ilustrada de comercios y restaurantes. Una playa con sus rincones oscuros, sus callejuelas, sus tugurios chinos y hasta con una nutrida floración de bronces a tal o cual mérito. No tardé en encontrar donde tomar asiento y ver pasar. Es curioso como el perro, el hombre y todo lo que se mueve busca siempre acomodo en un rincón que le es grato. Mocitas, mocitos… Por la mañana, a primera hora, soldados en calzona corta corriendo en bandada, por la noche moros, más moras que moros.
Le tengo querencia a Las Palmas. De la Vegueta a Santa Catalina, del Castillo de la Luz a la Ermita de San Antonio y vuelta. Vuelta a sus mercados, a sus plátanos azules y a sus bocadillos de pata asada… Al chorizo de Teror y al queso majorero. Teror, en cuesta y en calma. La Virgen del Pino… y del agua.
Desde la terraza de mi habitación, las barcas de colores y los playistas. Unos están como muertos, otros se bañan, algunos juegan a la pelota. Los miro al amparo de mis alturas, como quien caza al acecho. Al fondo la barra que parte el mar… y mientras Guanarteme, a mi espalda, compra y vende… mercado de hierro.
Entre tanta gente despreocupada y casi en cueros… veo que, al entrar y salir, muchos se paran ante el muro que cierra la playa. Se ensimisman. ¿Por qué se paran? ¿Qué miran? Algunos, incluso, vienen de lejos solo a clavar sus ojos en el muro. Los hay que se santiguan… No tenía yo intención de pisar la playa pero el misterio me obligó a manchar de arena mis zapatos, zapatitos de petimetre, zapatos de ante azul. Bajé. No más que una hornacina y una Virgen del Carmen chiquita, como aparecida. Flores y velas. Y gente medio en cueros posando, por un minuto, sus ojos y sus anhelos en ella. Tan encastrada en el muro, tan a la espera de olas… Tan marinera. Tan aparecida. Yo también me santigüe. Y vinieron a mí todos los aires de mis puertos, brisas y galernas del vivir cansado, y vinieron a mí, rosas en el mar, todas las del Carmen, de Laredo a Cartagena. ¡Volver a tu vientre, madre!
Añadir La Portada de Extremadura como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.