Hay una forma muy española —y muy global— de parecer inteligente: decir que todo va a peor. Se dice en una tertulia, en una sobremesa, en un tendido, en una facultad o en una barra de bar, y siempre queda bien. Da empaque. Da gravedad. Uno dice “esto se hunde” y parece que ha leído a Spengler.
Hans Rosling escribió Factfulness para combatir esa enfermedad elegante. No era un optimista de taza ni un predicador de consuelo. Era médico, estadístico, profesor de salud internacional y un hombre empeñado en una cosa muy poco frecuente: mirar los datos antes de pontificar. Su libro no dice que el mundo vaya bien. Dice algo más incómodo: muchas veces el mundo va mejor de lo que nuestra cabeza está dispuesta a aceptar.
Eso molesta, porque el pesimismo tiene prestigio y el dato, no. El dato exige trabajo: comparar, poner escala, mirarlo en serie larga, desconfiar de la impresión inmediata. La desgracia, en cambio, entra sola, cabe en un titular y no necesita contexto. Un incendio, una guerra, una sequía o una ruina caben en una frase. La mejora lenta no. La mejora lenta es aburrida. No grita. No vende. No da conversación de café.
Lo veo mucho en el mundo de los toros. Hace más de cien años que la Fiesta se acaba cada temporada. Ya lo decía Ortega, resumiendo que quién no estudie la construcción de las corridas de toros, no entenderá la construcción de la historia de España.
También recuerdo mi primer día de carrera. Nos pusieron un artículo de esos que venían disfrazados de ciencia. Era una utopía climática, o más bien una distopía, aunque entonces aún se usaban menos esas palabras. Anunciaba, resumiendo, que Valencia se convertiría en un desierto hacia 2020 y que la producción de naranjas se desplazaría a los países nórdicos. Sonaba rotundo. Muy serio. Muy de profesor con cara de entierro. Mientras tanto, ya había estudios que apuntaban a un aumento de la cobertura vegetal global desde los años setenta y ochenta. La realidad, como casi siempre, era más compleja que el cartel.
Que nadie se engañe. Rosling no sirve para negar los problemas. Sería una lectura de analfabeto funcional. Pero sí recuerda algo incómodo para los enterradores profesionales: la pobreza extrema se ha desplomado, la mortalidad infantil ha caído de forma histórica, la educación de las niñas ha avanzado como nunca y, aunque parezca mentira viendo las noticias, las muertes por desastres naturales son hoy muchísimo menores que hace un siglo.
Factfulness debería leerse por eso. No para ser optimistas. Esa palabra está ya demasiado manoseada. Rosling propone otra cosa: disciplina mental. Preguntarse cuánto, comparado con qué, desde cuándo, en qué proporción, con qué fuente y con qué tendencia.
En España nos gusta mucho la frase terminal: “esto ya no es lo que era”. Casi nunca lo fue. El pasado también tenía barro, muertos, hambre, torpeza, censura, tuberculosis y carreteras infames. Pero la memoria limpia mucho. Es una señora muy trabajadora.
Leer Factfulness no cura la estupidez. Nada la cura del todo. Pero vacuna un poco contra el gusto por equivocarse con gesto grave. Y eso, en estos tiempos, ya es bastante.
En España nos gusta mucho la frase terminal: “esto ya no es lo que era”. Casi nunca lo fue. El pasado también tenía barro, muertos, hambre, torpeza, censura, tuberculosis y carreteras infames. Pero la memoria limpia mucho. Es una señora muy trabajadora.
Leer Factfulness no cura la estupidez. Nada la cura del todo. Pero vacuna un poco contra el gusto por equivocarse con gesto grave. Y eso, en estos tiempos, ya es bastante.
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