El pegamento de la ternura

Cartografía de dos tierras

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(Geógrafo)

26 de julio de 2026 a las 08:51h
Actualizado: 26 de julio de 2026 a las 08:55h

A veces nos miramos al espejo colectivamente y nos asusta el reflejo. Nos bombardean con la idea de que somos una especie irremediablemente rota, lobos para nosotros mismos, programados únicamente para la competencia feroz y la hostilidad hacia el vecino. Sin embargo, hay lecturas que actúan como un bálsamo de lucidez. Ocurre al abrir las páginas de Amor y Odio, la obra cumbre del etólogo Irenäus Eibl-Eibesfeldt. En ella, el científico austriaco no nos ofrece un tratado de ingenuidad buenista, sino una demostración biológica de algo que parecemos haber olvidado: estamos preprogramados para el afecto. 

Discípulo del célebre Konrad Lorenz —quien paradójicamente había enfatizado nuestro instinto agresivo—, Eibl-Eibesfeldt se propuso demostrar que el amor no es un invento cultural tardío ni un barniz civilizatorio. El altruismo tiene raíces tan hondas y salvajes como el miedo. Nació el día en que los primeros mamíferos decidieron que valía la pena proteger una cría en lugar de devorarla o abandonarla a su suerte. 

La evolución, en su infinita sabiduría práctica, diseñó para ello un código infalible: el llamado Kindchenschema o «esquema de bebé». Una frente abultada, unos ojos desproporcionadamente grandes en una cara redonda y unas extremidades torpes son, en realidad, un mecanismo biológico de supervivencia. Al percibir esos rasgos, en nuestro cerebro se activa un resorte inmediato que inhibe la violencia y despierta unas ganas irrefrenables de cuidar y proteger. 

Es un truco tan potente que la cultura de masas no tardó en mercantilizarlo. El imperio Disney descubrió muy pronto el secreto de este algoritmo biológico. Si uno observa la evolución de Mickey Mouse a lo largo de las décadas, comprobará cómo pasó de ser un roedor espigado, de hocico afilado y ojos pequeños, a convertirse en un personaje de cabeza enorme y ojos gigantescos. Disney nos inoculó la ternura inyectando rasgos de lactante en sus dibujos animados, sabiendo que ante ese estímulo el espectador es, por pura genética, incapaz de resistirse. 

Lo verdaderamente fascinante del texto de Eibl-Eibesfeldt es cómo traspolamos esta geometría de la infancia a nuestra madurez. Cuando flirteamos, cuando rebajamos la voz ante el desvalido o cuando imitamos inconscientemente el lenguaje de los niños, estamos recurriendo al mismo truco evolutivo. Nos infantilizamos un poco ante el otro para desarmarlo, para emitir un código universal que cruza cualquier frontera: “Soy vulnerable, no me dañes”. 

Ese es el verdadero pegamento de las sociedades. Eibl-Eibesfeldt viajó por rincones remotos del planeta, desde las sabanas de los bosquimanos hasta las selvas yanomami, y descubrió que este alfabeto de la ternura es idéntico en todas partes. Cambian los idiomas, pero el arqueo de cejas de una madre, la risa tímida del cortejo o el gesto de sumisión para apaciguar la ira son un patrimonio compartido. 

El problema, intuye uno al cerrar el libro, es que el diseño de nuestro mundo moderno parece empeñado en disolver ese pegamento. Vivimos en sociedades masificadas y aceleradas donde el otro es un extraño anónimo, una amenaza potencial que activa nuestra alarma evolutiva del rechazo. Hemos sofisticado la técnica, pero descuidado el instinto del lazo. Y aquí aparece una contradicción muy de nuestro tiempo: una sociedad animalista y disneyficada, capaz de adoptar perros con biografía emocional y cumpleaños propio, mientras aparca a sus abuelos en una residencia para que no molesten demasiado en la agenda.  En un tiempo que premia el cinismo y la armadura, quizá la verdadera rebeldía consista en volver a mirar el mundo con los ojos grandes y limpios de la infancia. Recordar, en fin, que fuimos diseñados para cuidarnos. 

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Felipe Grande

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