En Extremadura hemos presumido siempre —y con absoluta legitimidad— de una nómina deslumbrante de hijos predilectos. Si repasamos el atlas del talento de nuestra tierra, la cosecha de nombres universales impresiona. Hemos engendrado conquistadores y exploradores que trazaron nuevos mapas, mentes ilustradas y científicos prodigiosos, intelectuales y poetas de verbo afilado que reescribieron la literatura, además de actrices, cineastas y artistas capaces de conquistar las tablas del teatro, los museos y los fotogramas del gran cine.
Ahí están, en el altar de nuestra memoria colectiva, figuras históricas como Hernán Cortés, Francisco Pizarro, Pedro de Valdivia, Inés Suárez o Vasco Núñez de Balboa; referentes de las letras y el pensamiento como el Brocense, Arias Montano, Espronceda, Carolina Coronado, Meléndez Valdés, Gabriel y Galán, Chamizo, Felipe Trigo, Dulce Chacón, Javier Cercas o Luis Landero; pinceles y arte universal con Zurbarán, El Divino, Eugenio Hermoso, Barjola o Eduardo Naranjo; y maestros de la escena, la cultura y la comunicación como Reyes Abades, Florinda Chico, Robe Iniesta, Pepa Bueno o Carolina Yuste.
Casi cualquier área de la vida pública, de las artes o del pensamiento contaba con su referente extremeño, un espejo en el que mirarse con el orgullo de sabernos representados en la máxima categoría del prestigio internacional.
Sin embargo, durante décadas arrastrábamos una pequeña espinita clavada. Una suerte de maldición silenciosa en la disciplina más universal y mediática del planeta: el fútbol. No es que nuestra tierra no diera futbolistas honestos, canteranos combativos o nombres de enorme categoría que vistieron con nobleza la camiseta de clubes históricos o la de la propia Selección, como Adelardo Rodríguez, Rafael Gordillo, Manolo, César Sánchez o el propio Fernando Morientes.
Pero con Pedro Porro algo ha cambiado. Con el de Don Benito se ha roto algo más profundo y difícil de explicar: no solo es extremeño, es que además lo parece y, para colmo, no tiene ni la más mínima vergüenza de proclamarlo a los cuatro vientos.
Cuando vemos a Pedro Porro competir en los altares del fútbol mundial, lo que vemos es a un chaval de Don Benito que no disimula de dónde viene. Por eso esto no va solo de fútbol; va de un complejo histórico, de esa sorda sensación de inferioridad que, afortunadamente, en las últimas décadas está saltando por los aires, sobre todo en las generaciones más jóvenes. Ya no es lo mismo decir «yo nací en un pueblo de Extremadura» pidiendo casi disculpas, que decir con la cabeza alta y la boca llena: «Yo soy extremeño, de Don Benito».
Pedro Porro no solo ha conquistado títulos; nos ha devuelto el espejo sin distorsiones. Hoy, los niños y niñas que le dan sus primeras patadas a un balón en el pueblo más recóndito de Badajoz o Cáceres ya no tienen que disimular el acento ni buscar referentes ajenos para soñar en grande. La última gran espinita, al fin, nos la hemos sacado.
Añadir La Portada de Extremadura como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.