Hay una cosa que hemos aprendido a hacer muy bien los consumidores de información: saber lo que vamos a pensar antes que nos lo cuenten.
Entras en casa, enciendes la televisión y, antes de que aparezca el presentador, ya sabes por dónde van a ir los tiros. Pones una radio y casi puedes adivinar quién será el culpable, quién será el héroe y qué adjetivo le corresponde a cada uno. Abres un periódico y, dependiendo de la cabecera, hay asuntos que existen, asuntos que no existen y asuntos que existen muchísimo.
A veces pienso que podríamos ahorrarnos el telediario. Bastaría con enseñar el logotipo del medio durante treinta segundos y, debajo, una pequeña tabla con las opiniones del día.
La situación tiene algo de cómico, aunque en realidad tiene muy poca gracia.
Porque los medios necesitan dinero. Esto es así y conviene decirlo sin ingenuidad. Hay empresas detrás, accionistas, bancos, anunciantes, intereses económicos y, en ocasiones, relaciones más o menos evidentes con el poder político. Un medio de comunicación es también una empresa y necesita pagar nóminas, alquileres, cámaras, imprentas, servidores y todas esas cosas que hacen que el periodismo no se pueda financiar con buenos propósitos y una cafetera.
Hasta ahí, perfecto.
El problema empieza cuando quien paga termina decidiendo qué se cuenta, qué se calla y, sobre todo, cómo debe contarse.
Y ahí aparece el periodista.
Porque una cosa es trabajar para una empresa y otra trabajar para una consigna. Una cosa es tener una línea editorial y otra convertir cada información en munición. Que un medio tenga una determinada manera de entender el mundo o que el periodista acabe comportándose como un propagandista con nómina.
El periodismo debería conservar, al menos, un pequeño territorio de conciencia.
Ese lugar incómodo en el que uno puede pensar: «Esto no le conviene a mi periódico, pero es verdad». O incluso: «Esto beneficia al que yo critico y perjudica al que yo apoyo, pero tengo que contarlo igual».
Qué costumbre tan extravagante.
No pido periodistas sin opinión. Eso sería pedir seres humanos sin opinión, y no nos conviene a nadie. Pido periodistas capaces de distinguir entre sus convicciones y los hechos. Capaces de hacerse preguntas cuando la respuesta que tienen delante coincide demasiado cómodamente con lo que esperaban encontrar.
Quizá por eso echo de menos algo que podríamos llamar independencia. No una independencia absoluta, porque probablemente no exista. La independencia también necesita nómina, y las nóminas tienen la mala costumbre de llegar desde algún sitio.
Pero sí cierta honestidad.
De hecho, propongo una solución mucho más sencilla: que algunos periodistas llevaran cosida en la chaqueta una etiqueta, como las que aparecen en los anuncios de Instagram.
«Patrocinado por…».
Y debajo, el nombre correspondiente.
No serviría para todos, claro. Habría periodistas que podrían llevarla en blanco, porque su verdadero patrocinador seguiría siendo esa cosa antigua y bastante pasada de moda llamada criterio profesional.
Los demás podrían llevarla bien grande.
Al menos sabríamos a qué atenernos.
Y quizá, de paso, recuperaríamos algo todavía más importante: la posibilidad de encender una televisión, escuchar una radio o abrir un periódico sin saber de antemano qué vamos a pensar.
Porque la información debería sorprendernos alguna vez.
Aunque sea un poquito.
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