En el tiempo de la siesta, cuando la marea se hace espuma o rizo de luna, el mar está parado y el recuerdo sabe a horchata, es cuando el cuerpo deja de ser árbol para hacerse el muerto y caer de rodillas, lento, extendido y casi ardiendo sobre la sábana blanca, debajo del sagrado corazón, ese punto de luz flotante en la alcoba de los abuelos. Allí se detiene la vida.
Al fondo hay un viñedo mudo, sus dedos esmeralda parecen arcilla humana e indefinidamente cantan innúmeras cigarras bajo la moldura del silencio.
En julio el corazón busca la sombra o el olor a bosque mojado. Después de la siesta el patio aparece sofocante de lirios, el cielo sólo es líquido si uno se asoma al pozo donde la profundidad infunde miedo a perder el alma en un descuido.
De lejos llega olor a las zahúrdas donde algunos hombres han hecho montañas de comida con restos de sandía. Así de adorable y pegajoso es el veraneo de provincias, que impone su recogimiento pues allí sólo hay casas pobladas de personas emparedadas, amarradas a un cierto olor a claustro cuyo consuelo es ver llegar la fresca para sentarse a la puerta y respirar. ¡Hay tanta belleza en esto!
Cruzar la plaza y ver grupos de gente sentada, cubiertos tan sólo por la noche y la palabra como si un ritual fúnebre brotara en cada esquina del pueblo. No es un banquete ni una reunión báquica, es vegetación humana sobre adoquín o asfalto, estampa sin cirios de criaturas aplastadas rezando su rosario, chaparrón nocturno de brazos cruzados y pipas. Noches de julio en el pueblo, gran fiesta de las almas juntas, los trajes claros, los llanos infinitos.
Los que somos hijos de pueblo hemos hundido la memoria en estas escenas casi italianas, con el encanto rancio de los días murientes o el aroma de las cosas muertas. ¿Por qué será que nos gusta tanto el olor de los misales? Quizá porque es el mismo perfume de las almas olvidadas. Se parece mucho al aire mojado de una tarde de tormenta o al tufillo del viejo libro amado y muy leído.
En el pueblo sólo aletean los corazones y en el breve minuto de nuestra visita hablamos de cosas serias, que no rozan ni de lejos la política o las tristezas urbanas que tanto nos oprimen. Esa ternura del pueblo es tan pura que no merece teñirla de penas o sueños perdidos. Allí las palabras tienen un verdor de laguna, son como flores o plegarias, suenan a rumor de las misas o de las cosas dulces.
Algunos días hasta se percibe el silencio ondulante que nos coloca frente al destino, porque allí los corazones están llenos de nada y en la desocupada existencia tan sólo a veces se oye la tormenta o se ve caer la lluvia...De manera que sería una locura llevarles al pueblo empaquetadas nuestras terribles opiniones. ¿Cómo llevar a ese jardín refrescado el bochorno de nuestros días?
Ya, al amanecer de otro día, la voz más alta que se oye es la de un vecino llamando a su perro.
Añadir La Portada de Extremadura como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.