España tiene una extraña facilidad para olvidar a los hombres que la engrandecieron sin hacer ruido. Los que no caben en una estatua de compromiso, los que no sirven para el eslogan. Jorge Juan es uno de ellos. Marino, matemático, astrónomo, ingeniero naval, diplomático, espía y científico; un tipo del siglo XVIII con más vida en las botas que muchos países en sus manuales escolares.
En 1735, todavía muy joven, fue enviado junto a Antonio de Ulloa al Virreinato del Perú para integrarse en la expedición geodésica hispano-francesa, dirigida por la Academia de Ciencias de París. Allí estaban La Condamine, Bouguer, Godin y Jussieu. La misión, sobre el papel, parecía fría: medir un arco del meridiano terrestre en la zona ecuatorial y resolver una disputa científica que dividía a Europa. La Tierra no era una esfera perfecta; había que demostrar si estaba achatada por los polos como una naranja o alargada como un melón. Dicho así suena limpio. No lo fue.
Aquellos hombres no midieron desde un gabinete. Midieron entre montañas, selvas, enfermedades, disputas, caminos imposibles, lluvias, recelos políticos y cielos andinos. Levantaron triangulaciones en territorios donde el mapa todavía era una promesa y la ciencia viajaba a lomos de mula. Hubo que cargar instrumentos, observar estrellas, soportar alturas brutales y poner números donde antes solo había paisaje. Eso fue Jorge Juan: un español mirando América con rigor científico y con el temple de quien sabe que el mundo no se entiende desde una silla.
La expedición confirmó el achatamiento de la Tierra por los polos y dio a España una página científica de primera magnitud. Pero Jorge Juan no se quedó ahí. Reformó la construcción naval, impulsó arsenales, estudió minas, fundó el Observatorio de Cádiz, escribió sobre navegación y mecánica, defendió el cálculo, asumió con prudencia el sistema copernicano y fue reconocido en Europa. Mientras otros países fabricaban relato, él fabricaba conocimiento. Y España, como tantas veces, se olvidó de contarlo.
Me interesa Jorge Juan porque representa una forma de patriotismo que hoy casi incomprensible. No el patriotismo de griterío y bandera barata. El otro: el de medir bien, conocer el terreno y servir con inteligencia. El de dejar una carta náutica, un plano, una fórmula, un puerto mejor construido, una escuela más exigente.
Los mapas no son dibujos bonitos; son una forma de poder y también una forma de justicia
Quizá por eso, cuando trabajé años después en Ecuador como geógrafo, cartografiando y catastrando tierras, sentí alguna vez su presencia. No por comparación —sería ridículo—, sino por oficio y por una cierta idea de servicio. Uno camina la sierra andina, ve Chimborazo, Loja, Azuay o Cañar, habla con comunidades, mide parcelas, ordena límites, levanta información, y comprende algo elemental: el territorio no es una idea. Es barro, altura, lindero, memoria, conflicto y nombre propio.
Los mapas no son dibujos bonitos; son una forma de poder y también una forma de justicia. Saber dónde empieza una parcela y dónde termina puede parecer menor desde un café europeo, pero en América no lo es. Allí la tierra pesa: en la historia, en la familia, en el municipio, en la comunidad indígena, en el Estado.
Jorge Juan midió el mundo para saber qué forma tenía la Tierra. Nosotros, modestamente, medimos la tierra para saber a quién pertenece, cómo se gobierna y cómo se vive. Entre una cosa y otra hay tres siglos, pero también un hilo. España fue eso. Ciencia, mar, cálculo, selva, cordillera, Pacífico y oficio. Conviene recordarlo antes de que nos lo cuenten otros.
Añadir La Portada de Extremadura como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.