El odio

De Retales a Relatos

Concha Luis.

(Periodista)

18 de febrero de 2026 a las 21:57h
Actualizado: 18 de febrero de 2026 a las 21:57h

Leo en alguna parte que Boys Don’t Cry cumple cuarenta años y sonrío al pensar que la preciosa canción de The Cure ha envejecido con una lozanía casi rabiosa. Es una melodía extraña; bajo su sonido popero y saltarín late el eco de una tristeza obstinada, como si buscara ocultar debajo de sí misma una herida inmensa.

Durante mucho tiempo fue mi preferida, no solo por su redondez musical casi perfecta, sino porque quedó ligada de forma indeleble a Brandon Teena, el chico transexual asesinado brutalmente en la América profunda de principios de los noventa por el simple hecho de ser quien y como era.

La canción dio título a la película que narró magistralmente su historia y, casi sin quererlo, se convirtió en un himno enorme y desgarrador. Han pasado cuatro décadas, pero parece que no hemos aprendido demasiado. El odio hacia lo diferente permanece intacto y sin haber envejecido ni un ápice.

Vuelvo a leerlo hoy mismo: un joven francés ha sido brutalmente asesinado, apaleado en mitad de una calle de la bella y civilizada Lyon. Pero no parece que eso importe demasiado, ya que, en medio de una campaña electoral, el crimen se convierte en la excusa perfecta para que los de un lado y los del otro se arrojen basura en forma de declaraciones bastardas y huecas.

Me pregunto si, ante un suceso de tamaña e intolerable crueldad, merece la pena conocer las etiquetas políticas de víctima y verdugos, y si lo verdaderamente importante no es la vida que ya no está, cuya historia parece diluirse entre los titulares.

Hemos convertido la realidad en un reflejo distante de nombres que olvidamos, rostros que no recordamos y cuerpos que se pierden en medio de cifras y debates, mientras los ecos del pasado parecen repetirse hasta la saciedad. Y en medio de este absurdo, impresiona comprobar que lo que más envejece no es la música, sino nuestra capacidad de aprender y de seguir tropezando con la misma piedra, convencidos cada vez de que esta será distinta.

Quizá por eso Boys Don’t Cry mantiene intacta su frescura, porque habla de fragilidad, de orgullo, de silencios que pesan demasiado y de los huecos que dejan las palabras que nunca dijimos. La melodía se filtra esta mañana de febrero entre el ruido de la política y la violencia, recordándome que detrás de los discursos huecos hay vidas rotas e historias que no volverán jamás. El odio, por mucho que cambien los nombres o los bandos, siempre deja un rastro tangible y una sombra que nunca se borra.

Cuarenta años después, la canción no es solo un recuerdo, sino un espejo pequeño y persistente en el que, queramos o no, seguimos viéndonos con nuestras propias tormentas, nuestros silencios y nuestras heridas que no dejan de sonar.

Añadir La Portada de Extremadura como fuente preferida de Google de forma gratuita.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora

Sobre el autor

Concha Luis.
Concha Luis

Periodista

Ver biografía
Lo más leído