La bellísima herramienta del lenguaje si algo permite es encajar palabras con la misma sutilidad que las estrellas emiten sonidos orbitales; la palabra en cuestión cae aquí como un hacha de los cierzos, asusta pero remueve la sangre de un corazón parado. Y es que el PSOE está en parada, no para de entrar en UCI. Se ahoga como un bosque lleno de agáricos.
Si el presidente del gobierno no conoce a sus hombres ni sus inclinaciones ¿por qué va a querer conocer a su pueblo? La verdad yace encerrada en profundos abismos, decía Montaigne, pero cada vez está más cerca, a flor de labio el metal pesado que es la verdad cuando se quiere ocultar.
Lo urgente ahora es cómo abordar esta etapa de colapso total en la política y en lo político; es decir en lo esencial y en el abuso que han hecho algunos de lo público.
El embrión narrativo del manual de resistencia ha dado a luz a un oscuro y sorpresivo capítulo que ni siquiera el autor, Pedro Sánchez, vio llegar desde su lejanía de todo y de todos. Su propio sol le ha cegado. Ese UNO le dice a los suyos “el jefe no puede morir porque morimos todos”. Ya saben, esa debilidad tan fuerte de los dirigentes mediocres que consiste en creerse el ojo del mundo.
Quiso el presidente literaturizar su faceta de exiliado socialista, de outsider tras ser expulsado y a fe que urdió una venganza épica y homérica al desencadenar semejante tempestad dentro y fuera del PSOE. El estupor es máximo a esta hora entre sus más adeptos e incondicionales que han visto desplomarse a cámara lenta al astuto egócrata de la Moncloa, el boss; poseedor de un aura... ¿mística?. No, no creo, en todo caso un aura misteriosa o intimidatoria, de ahí el culto a su personalidad. En el jefe converge todo, sólo él ha tenido el monopolio y la autoridad y por eso su voluntad ha sido ley, también por eso es el único responsable de la delirante devastación anímica en que ha sumido al partido socialista.
Es en tal estado de obnubilación como se explica lo sucedido; en un entorno además rodeado de faros y vigías, observatorios y departamentos creados por y para evitar justo lo que acontecía en la habitación de al lado.
Pero siendo grave, todavía es más perniciosa la conclusión: se llega a esto por un evidente terror al boss unido a un exceso de complacencia. Un engranaje fatal de dominación y sumisión que ha laminado una a una las voces discrepantes. Sánchez ha destruido la pluralidad dentro de su partido y del gobierno de las feministas que, ya es mala suerte, están tan chocadas que ni pían.
Acusa el presidente una dolencia también infernal, la enfermedad de los datos y la estadística, quizá inoculada por aquel aúlico asesor Iván Redondo que atontó a Monago y sembró Extremadura de oficinas, estrategas y estadistas. Tezanos de provincias. Así fue que Salazar devino en estratega, un Timágoras cualquiera que en las horas tontas daba rienda suelta a la blandura de pensamiento, como quien planta ajos. Hasta el equipo de socorristas de Sánchez, también conocido como equipo de información sincronizada empieza a hacer aguas. Está por ver si la televisión pública acudirá al rescate del presidente cuando salte del titanic pidiendo el auxilio que él mismo ha negado en estos años.
Sólo un egócatra rodeado de vampiros consiente que el virus se extienda por el cuerpo y llegue al alma.
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