Ella es más joven. Apenas un año menor. Le seguía allá donde él iba deambulando, ya fuera al estrecho andén que te brinda una carretera nacional, ya saliera del asfalto y descansará junto a algún pedrusco del campo. Habían esquivado al menos dos vehículos ligeros que les contemplaron caminando en aquella escena con una sorprendente indulgencia. Les miraba aterrorizada, sin saber qué sería de ellos allí, tan solos y desvalidos. Poco después, empezó a balbucear, y un gimoteo incontrolable les inundó a ambos. Rendida a la realidad, comenzó a asumirlo. Les habían abandonado como aquellos perros que, al llegar las vacaciones, las familias se deshacen de ellos atándoles a un quitamiedos o a un pilar de cemento, aún cachorros. Como los de aquellos anuncios que difundió la fundación Gallina Blanca, pionera en reflejar la lealtad incondicional de las mascotas frente a la crueldad humana, donde intentaban concienciar a la población de tal crimen. Ahora, su heredera Fundación Affinity publicó que en 2024 se llegaron a abandonar en España 292.018 perros o gatos, 33 cada hora, ochocientos al día. ¿Pero, tus propios hijos?
La patrulla de la Guardia Republicana (GNR) que se topó con aquellos hermanos de cuatro y cinco años, en el kilómetro doce de la carretera nacional 523 que enlaza Alcaçer do Sal con Comporta, solo pudo contenerles el llanto porque ninguno de los agentes hablaba francés. Les entendían con gestos, casi animales, que su madre les había dejado allí. Sin más explicaciones. Dos menores franceses salieron catorce días antes desde Colmar, una pequeña ciudad cercana a la frontera alemana acompañando a su madre, la sexóloga Marine Rousseau, de 41 años, experta en terapias para niños con traumas psicológicos; y al reciente novio, el antiguo gendarme francés Marc Ballabriga, con 55 años, que en 2018 había perdido la custodia de su hija menor, entonces con los mismos cuatro años, porque agredió a su madre. Expulsado del cuerpo policial, desde entonces decidió que pasaría el resto de su vida viajando por el mundo como un nómada, sin lazo alguno o restricciones sociales que le limitaran.
Había conocido a Marine pocos meses antes. Aquel carácter desapegado y comentarios que se les escaparon a los niños un fin de semana, había despertado ya en el padre natural las primeras sospechas. Según la Radio Televisión de Portugal (RTP), aquel comportamiento del compañero nuevo de su ex-mujer le llevó a presentar un recurso para la atribución de poder paternal, para que los hijos pasaran a vivir con él, seis días antes de que la GNR les encontrara vagando por la N-523 y les ingresaran en el hospital para analizar el estado de deshidratación y ansiedad con el que llegaron a los agentes. El pasado 18 de mayo, una patrulla de la Guardia con sede en Tomar detuvo a los amantes tomado un café en la terraza de un restaurante de Fátima, a pocos metros del santuario mariano y conducidos al puesto de esa localidad.
La jueza titular del Juzgado de Familia y Menores de Santiago de Cacem decidió comunicar a la embajada francesa que, una vez dieran el alta a los niños abandonados como perros inútiles, les invitaba a buscar alguna familia o funcionario para que les acogieran temporalmente hasta saber en qué condiciones se relacionaban los padres separados, sabiendo ya que ellos vivían con la madre. Por su parte, el Juez del Tribunal de la comarca de Setúbal, decretó la prisión provisional para la pareja aprendiz de filicidios y se negó a entregar a los niños a las autoridades galas, o al propio padre biológico, hasta que completara los elementos probatorios, en cumplimiento con los mecanismos de cooperación judicial suscritos entre ambos Estados. Así fue trasladado de forma oficial por la ministra portuguesa de Justicia, Rita Alarção Júdice, al Ministerio francés de Asuntos Extranjeros. Los enamorados están acusados de “violencia doméstica, exposición y abandono” según los hechos relacionados, en aplicación del artículo 92 de la Ley de Protección de la Infancia y Jóvenes en Peligro, vigente en el ordenamiento judicial luso.
Desde el siglo XVIII, las ciudades que sufrieron las guerras de frontera tuvieron que adoptar el uso de sus principales edificios civiles para la asistencia hospitalaria de mujeres viudas o infectas por la convivencia con la soldadesca y la hospedería de hijos bastardos o huérfanos. Así ocurrió con el antiguo Hospital de San Sebastian de Badajoz. En 1743 se unió al hospital una obra pía de gran importancia, destinada a atender a los enfermos pobres; y el 12 de abril de 1757, el rey Fernando VI emitió un Real Decreto por el que se creaba el Hospicio Real de la Piedad. A partir de entonces
se procedió a la adquisición de los terrenos anexos y en 1774 el Obispo Minayo lo destinó a la manutención de niños huérfanos y personas desamparadas. Así funcionó hasta bien entrada la década de los sesenta de este siglo un Torno, donde las madres entregaban los hijos menores para que fueran criados y educados por las monjas que estaban al cargo, algo que también descubrí en la basílica carmelita de Estrela (Lisboa) donde se casaron mis bisabuelos.
Portugal, un país aún más católico que España, desplegó la atención benéfica a través de la Casa Pía. Creada en Lisboa el 3 de julio de 1780 por Pina Manique, se destinó a recuperar mediante el trabajo a los mendigos y a la educación de huérfanos. Los talleres de la Casa Pia llegaron a convertirse en centros importantes de producción, fabricando material para la Marina Real y el Ejército de Portugal, así como centros de formación profesional: los maestros formados en la Casa Pia regresaban a su tierra natal enseñando sus profesiones. Los que se mostraban más aptos recibían una formación adicional: gestión comercia, francés, aritmética militar, diseño, farmacología en laboratorios creados al efecto, proveyendo de medicinas a farmacias. Los más dotados cursaban estudios superiores, bien en la Academia de Fortificaciones y de la Marina, en Londres (para el estudio de medicina); bien en la Academia de Portugal, en Roma.
Las madres (solteras, adúlteras, rameras, enfermas… finalmente pobres, en la mayoría de casos) se veían obligadas a entregar a sus vástagos, seguramente con todo el dolor, en aquellos años de Beneficencia, sin sistema de atención social alguno que contara -como hoy- con profesionales laicos, recursos, residencias, o familias, o un piso de acogimiento… Con la inseguridad que está creciendo alrededor de nuevos fenómenos de menores que delinquen, o llegan de fuera sin referencia paternal alguna. ¿Pero ahora? ¿Esta nueva versión de violencia vicaria, de abandono de los hijos, por vivir una segunda juventud en la madurez frustrada de dos divorciados? Alguien puede imaginarse, sin mucho esfuerzo, qué les pasaría por la cabeza a las patrullas de la GNR ante tal desgraciada fotonovela… Sí, eso que están ustedes pensando también, con la vara de avellano. Un perro, o una perra, nunca lo harían.
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