La nueva industria del dato y el corsé de la red eléctrica para Extremadura

Tribuna Abierta

Julián Mora Aliseda

(Catedrático de Geografía y Ordenación del Territorio de la Uex)

21 de marzo de 2026 a las 18:05h
Actualizado: 21 de marzo de 2026 a las 18:06h

Hay territorios que parecen condenados no por la escasez, sino por el castigo de una abundancia mal administrada. Extremadura es uno de ellos. En un momento en el que Europa busca con urgencia redefinir su modelo productivo al calor de la revolución digital y energética, esta región (geográfica e históricamente periférica) se encuentra sin pretenderlo ni reivindicarlo, en el centro de una oportunidad estratégica por primera vez desde que existe. Y, sin embargo, todo indica que corre el riesgo de volver a perder este extraordinario tren.

La nueva economía de la inteligencia artificial no es etérea. No habita en las nubes, aunque así lo sugiera su lenguaje. Se sustenta sobre infraestructuras físicas de enorme calado: los centros de datos. Estos son auténticas fábricas del siglo XXI, devoradoras de electricidad, pero también generadoras de valor, conocimiento y poder económico. Allí donde se instalan, no consumen únicamente energía, sino que reorganizan y reposicionan territorios.

Extremadura reúne condiciones que muchas regiones europeas envidiarían. Produce más de 31.000 GWh, que se evacúan abrumadoramente por el diseño radial de las redes hacia las grandes ciudades y polos industriales de España. En la actualidad, dispone de una de las mayores concentraciones de solar de la península, contando también con los dos reactores nucleares de Almaraz que garantizan suministro permanente. Además, cuenta con mucho suelo disponible, costes competitivos y una posición geográfica que, gracias a ser fronteriza con Portugal, la conecta con los flujos digitales transatlánticos. Es decir, posee todas las ventajas para dejar de ser periferia y convertirse en el nuevo centro para la atracción de la nueva industria del futuro, la de la tecnología y el conocimiento.

No es casual que se concentren actualmente como demandantes cinco megaproyectos de centros de datos impulsados por Ingenostrum, Merlin Properties, Data Riocaya y Fotowatio Renewable Ventures (FRV)

Así que no es casual, aunque haya una parte afectiva, que se concentren actualmente como demandantes cinco megaproyectos de centros de datos impulsados por empresas como Ingenostrum, Merlin Properties, Data Riocaya y Fotowatio Renewable Ventures (FRV), configurando, si autoriza el gobierno de España, el inicio de un polo energético-digital a gran escala. En conjunto, estos desarrollos podrían superar ampliamente varios gigavatios de demanda eléctrica, lo que refuerza la necesidad crítica de habilitar capacidad de conexión en la red para hacer viable su implantación efectiva en la región, pasando Extremadura de soltar electricidad a exportar servicios digitales, con todo lo que ello conlleva en materia económica y de empleo de alta cualificación.

Pero claro, estamos, si no cambian las prioridades del gobierno, con la paradoja de seguir produciendo mucho flujo eléctrico, pero sin acceder al mismo por falta de nudos de consumo. Y esta situación se debe a que la red eléctrica, diseñada desde el principio para evacuar producción hacia los grandes centros urbanos, actúa hoy como un corsé. Los nodos de conexión están saturados. Los proyectos no pueden enchufarse. El suministro fluye hacia fuera, pero no puede ser retenido para generar desarrollo interno. Es como si un embalse desbordado careciese de compuertas para regar sus propias vegas.

Esta situación no es fruto del azar, sino de una determinada lógica de planificación. Durante años, la inversión en redes ha seguido la demanda existente, no la potencial. Se refuerzan los ejes donde ya hay consumo, se consolida lo consolidado, se alimenta lo que ya está vivo y sigue girando la rueda en el mismo sentido. Es una racionalidad comprensible desde el punto de vista técnico, pero injusta desde una óptica territorial.

No obstante, el mundo ha cambiado y se transforma vertiginosamente. La economía digital permite y exige una concepción innovadora de la Geografía. Los centros de datos no precisan localizarse en Madrid o Barcelona. Necesitan energía abundante, estable y barata. Requieren conectividad. Solicitan suelo. Y eso lo tiene con excedentes Extremadura.

Persistir en una planificación que ignora esta mutación equivale a institucionalizar el desequilibrio. A perpetuar un modelo en el que unos territorios producen y otros transforman. En el que unos exportan recursos y otros capturan valor. En el que la periferia se perpetúa como periferia, aunque cambien las tecnologías.

La cuestión, por tanto, no es meramente técnica. Es política en el sentido más profundo del término. ¿Debe la inversión en red eléctrica limitarse a responder a la demanda actual, o tiene que anticipar la demanda futura? ¿Debe el sistema reproducir las desigualdades territoriales existentes, o aprovechar para corregirlas y responder al Reto Demográfico? ¿Debe Extremadura seguir siendo un territorio de despiece, o puede aspirar a convertirse en un distrito industrial de la nueva economía digital?

La respuesta es perentoria y urgente. Los centros de datos que están llamando a la puerta de Extremadura no esperarán indefinidamente. La inversión global en este sector es altamente competitiva y móvil espacialmente. Si no encuentran condiciones normativas y de acceso adecuadas, se desplazarán a otros lugares o países donde la combinación de abastecimiento, red y política pública ya están alineadas.

Ojalá Extremadura no vea cómo su potencial se convierte en otra oportunidad perdida, en otro anhelo de una sociedad marcada por la sumisión y complejos para reivindicar lo que en justicia le corresponde mientras sigue aportando varias veces más de lo que recibe.

Algunos alegarán que reforzar la red eléctrica es fundamental, y que implica inversiones elevadas para garantizar la estabilidad del sistema, o que no puede hacerse al margen de una planificación nacional y europea. Así es, pero no abrir canales (enganches) en la Extremadura que embalsa y canaliza energía al resto de España tiene un coste mayor, por muy invisible que sea.

En definitiva, lo que está en juego no son únicamente esos cinco centros de datos y otras industrias electrointensivas que puedan venir al socaire de su potencial, sino la posibilidad de romper un patrón histórico y de transformar una economía de tránsito en modelo de plataforma. De pasar de ser un territorio por el que transitan las cosas a un territorio donde las cosas ocurren.

Para ello, es imprescindible abrir “grifos” en esta pila que genera tanta luz, creando más puntos de conexión útiles para grandes consumidores y reservando capacidad para nuevos usos. En suma, se debe visualizar la red no únicamente como infraestructura de transporte, sino como herramienta de ordenación territorial.

Extremadura no pide energía; para qué si le sobra. Lo que necesita es poder usarla. Asimismo, renunciar a la central nuclear de Almaraz sin una alternativa de desarrollo real sería el último clavo en un modelo de sumisión energética. En este nuevo tablero industrial internacional, la región no se juega solamente unos centros de datos, en realidad lucha contra la inercia de su propia extinción.

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