El nombre sobre todo nombre

Desde mi atalaya

rafa Angulo

(Periodista)

09 de enero de 2026 a las 16:34h
Actualizado: 09 de enero de 2026 a las 16:35h

De uno de mis hijos, tras consulta con su madre que para eso la parió, intenté tomar la iniciativa y ponerle nombre, así que, en el registro civil, inscripción de nacimiento, empadronamiento, tarjeta de la seguridad social, libro de familia y solicitud de bautismo muy orgulloso dije bíblicamente: “Se llamará María Elena”. Transcurridas tres décadas de aquel acontecimiento solo una persona en el mundo (mundial) ha osado nombrarla así: yo. Y solo yo, que conste.

El resto, hermanos, su madre, familia al completo, amigos, resto de la civilización, la llaman sencillamente Elena y así pasará a la historia, dentro de muchos años. Debo admitir que el nombre imprime carácter y quizá con el que yo, ingenuamente, propuse, su temperamento hubiera sido otro. Viene esto a cuento para constatar lo poco que pinto en casa ante las grandes decisiones y como durante las pasadas Navidades en los evangelios me ha fascinado la importancia de poner los nombres. En el Evangelio de Mateo, un ángel le dice a José: “Le pondrás por nombre Jesús porque Él salvará a su pueblo de sus pecados”. El mismo evangelista en la genealogía de Jesús resume su estirpe nombre tras nombre, desde Abraham que engendró a Isaac hasta José”. Cuando estuve en Tierra Santa un amable franciscano nos contaba como en el mundo hebreo el nombre está vinculado a una identidad, a una misión, ese nombre lo identifica. Jesús, el nombre más importante de toda la historia del mundo y de todos los tiempos, es el salvador, esa es su misión. El nombre, entonces y en estos casos, no se ponía por parentesco, tradición familiar o resultar bonito. Ocurre que, invocar el nombre de Jesús, para nosotros cristianos, tener su nombre en los labios, hacer las cosas en su nombre, es ser conscientes de que todo en nuestra vida depende de Él, que realmente nos salva. Así que el hombre sin nuestro Dios es un sindiós.

Al bueno de Zacarías por su incredulidad se quedó mudo y solo recuperó el habla cuando puso en una tablilla “Su nombre es Juan” el Bautista, nombre revelado por Dios.

 Y menos mal que solo le dejó el ángel mudo, porque si también hubiera estado sordo, la historia del mundo sería otra.

San Pablo siguiendo un himno, en una metáfora muy bonita llama a Jesús “el nombre sobre todo nombre”, para añadir que al oírlo “toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos”, de lo que se deduce que en aquellos tiempos no existían la artrosis ni enfermedades en los huesos del ombligo hacia abajo, esa que al parecer impide arrodillarse a muchos creyentes, aparentemente sanos por fuera.

¿Ustedes se han planteado cómo sería su vida si le hubieran llamado de otra manera? Si sus padres hubieran elegido un nombre muy distinto al de ahora. No digo yo, por poner, el estrambótico Kevinkosner o el futbolístico Oscar Washington, sino algo más corriente. ¿Habría cambiado mi vida?

El nombre no lo elegimos, nos lo imponen (en sentido noble), pocos se quejan, pero es parte sustancial de nuestra vida, afecta a cómo nos ven, como nos miran con buenos ojos, nos identifican y el concepto que se forman de nosotros. Si, influyen los nombres. Dar un nombre a un recién nacido es darle bienvenida a nuestro mundo, incorporarlo a nuestra vida familiar, certificarle que es uno más y, de alguna manera, quizá inconscientemente dar pistas de su religión, procedencia, cultura, posible personalidad, de las decisiones de sus padres. Y todas las decisiones marcan la vida.

(Hay excepciones, Pelín conoció en el Nevado a uno que se llamaba Inocente y le decía que tenía el nombre contrario).

A quien esto firma le encanta su nombre (que era el de mi padrino) y no lo cambiaría por ningún otro (Clooney es apodo) pero ha comprobado el problema de la reiteración. A mi queridísimo Carlos le llamamos Carlos I, a su hijo Carlos II y su nieto Carlos III. Mi hijo mayor se llama Rafael, mi yerno Rafael, mi consuegro Rafael. Entonces, cuando no estamos delante, mi hija María Elena se refiere al abuelo de Badajoz o al abuelo de Mérida para evitar confusiones. Y yo, tan contento, pues creo firmemente que los nietos son la recompensa del “Nombre sobre todo nombre” por llegar a viejos.

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