No te hagas un Mariano

Entre dos cartografías

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(Geógrafo)

04 de julio de 2026 a las 16:20h
Actualizado: 04 de julio de 2026 a las 20:35h

Hay gente que no decide ni los entrantes.

Lo digo sin metáfora. Una comida. Un vino encima de la mesa. La carta abierta. Croquetas, ensaladilla, anchoas, torreznos. Nada que comprometa la paz mundial. Y, aun así, aparece ese ser humano que mira la carta como si tuviera delante el Tratado de Versalles. “Lo que queráis”. “Me da igual”. “Pedid vosotros”.

Pensé que aquello debía tener un coste. Incluso físico. Imaginé al que decide pagando la factura biológica: más presión, más cortisol, más infartos, menos vida. El viejo mito del ejecutivo quemado. El hombre que manda, fuma, firma y cae muerto sobre la mesa de su despacho.

Pero no. La realidad es más incómoda.

La falta de control sostenida machaca. No decidir no te protege. Te degrada.

Los estudios de Whitehall, realizados con funcionarios británicos durante décadas, dieron una bofetada a esa fantasía. Los de arriba, los que tenían más control sobre su trabajo, vivían más. Los de abajo, los que obedecían más y decidían menos, morían antes. La tasa de mortalidad era tres veces mayor en los niveles inferiores. No porque fueran inferiores. Porque la vida sin margen propio enferma. El cerebro interpreta la falta de autonomía como una amenaza sostenida, dispara el cortisol, y ese cortisol crónico acorta los telómeros —los extremos de los cromosomas, uno de los marcadores más fiables del envejecimiento celular.

Conviene no hacer trampas. Elegir unas anchoas no equivale a dirigir un ministerio. Pero la vida se entrena en lo pequeño. Quien no decide nunca en lo mínimo suele acabar esperando que la realidad decida por él en lo importante. Y la realidad decide mal. Decide tarde. Decide sin consideración.

Barry Schwartz, apoyándose en el Nobel Herbert Simon, habló de los maximizadores y los satisfacedores. Los primeros buscan siempre la mejor opción. Comparan, dudan, revisan, se arrepienten. Los segundos hacen algo más sano: fijan un criterio, eligen y siguen. No necesitan ganar el campeonato mundial de la ensaladilla rusa. Les basta con comer bien y conversar. Luego están los evitadores —los que no eligen nunca—, que acumulan ansiedad clínica y depresión a partes iguales. La psicología lo llama indefensión aprendida. Yo lo llamo la escuela Mariano Rajoy de la existencia: esperar a que el problema se pudra, confiar en que escampe, leer el Marca interior mientras arde la cocina.

No se trata de decidir mucho. Se trata de decidir limpio. Sin teatro. La perfección es muchas veces una excusa fina para la parálisis.

Tomar decisiones no te convierte en héroe. También puedes equivocarte. De hecho, te equivocarás. Pedirás mal, contratarás mal, amarás mal. Pero hay una dignidad seca en quien elige y responde. Una dignidad que no tiene el que se esconde detrás del grupo, del comité, del destino o de la carta del restaurante.

La vida premia a quien toma el volante. No siempre con dinero. No siempre con éxito. Pero sí con algo más raro: sensación de gobierno. Una pequeña soberanía.

Así que pide las croquetas. Elige el vino. Di que no. Di que sí.

Y, por lo que más quieras, no te hagas un Mariano.

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Felipe Grande

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