Hay momentos en los que guardar silencio deja de ser una opción. Vivimos uno de esos momentos
El Día de Extremadura no puede quedarse en una sucesión de discursos, banderas y felicitaciones. Es, sobre todo, un día para preguntarnos quiénes somos y qué estamos dispuestos a defender como sociedad. Porque la identidad de un pueblo no se proclama, se ejerce desde el compromiso. Y hoy hay demasiadas cosas en juego como para mirar hacia otro lado.
Asistimos a una preocupante normalización del odio. Se señala al diferente como culpable de todos los males, se alimenta el miedo para obtener rédito político, se construyen enemigos donde solo hay personas, se desacredita a quien coopera y se aplaude a quien bloquea, se cuestionan derechos que parecían conquistados y se intenta convencernos de que la solidaridad es un problema.
No podemos aceptar ese marco. Yo no lo acepto. Y Extremadura tiene autoridad moral para decirlo. Porque somos hijos e hijas de la migración, porque sabemos lo que supone abandonar tu casa con una maleta llena de incertidumbre, porque hubo un tiempo, no tan lejano, en el que miles de familias extremeñas encontraron fuera una oportunidad que aquí les faltaba… ¿Con qué legitimidad podríamos ahora negar esa esperanza a otras familias?
Por eso me preocupa profundamente que algunos responsables políticos hayan hecho de la migración su principal arma electoral, que hablen de invasiones donde hay personas, que enfrenten a vecinos con vecinos, que utilicen el sufrimiento humano para ganar un puñado de votos… Esto no es política, es irresponsabilidad.
Y lo peor es que ese discurso no llega solo. Llega acompañado del desprecio a la cooperación entre administraciones, del negacionismo climático, del cuestionamiento de los derechos humanos y de una estrategia permanente de confrontación. Todo parece reducirse a dividir: españoles contra extranjeros, campo contra ciudad, jóvenes contra mayores, instituciones contra instituciones.
No, los problemas reales no se resuelven así.
Los incendios que este verano han golpeado nuestra tierra no preguntaban el color político de quien acudía a apagarlos. Respondimos trabajando juntos. Las dificultades de nuestros pueblos no distinguen ideologías. Se afrontan con inversión, con servicios públicos y con colaboración. El reto demográfico tampoco entiende de trincheras. Requiere inteligencia, planificación y acuerdos duraderos.
Eso es hacer política.
No me resigno a que el insulto sustituya al debate. No me resigno a que la mentira viaje más rápido que la verdad. No me resigno a que la política renuncie a mejorar la vida de la gente
La otra política, la que vive de señalar culpables y fabricar enemigos, solo deja una sociedad más dividida, más débil y más incapaz a la hora de resolver problemas.
Desde la Diputación de Cáceres no pienso contribuir a esa deriva. Gobernar también consiste en decir con claridad qué valores merecen ser defendidos, y yo quiero seguir defendiendo una Extremadura que no olvida de dónde viene, que protege a quienes más lo necesitan y que entiende que la convivencia no es una concesión: es la condición imprescindible para seguir avanzando.
No me resigno a que el insulto sustituya al debate. No me resigno a que la mentira viaje más rápido que la verdad. No me resigno a que la política renuncie a mejorar la vida de la gente para dedicarse únicamente a alimentar el enfrentamiento.
El Día de Extremadura debería recordarnos algo muy sencillo: nunca hemos salido adelante solos.
Nuestros pueblos crecieron gracias a la solidaridad de sus vecinos, nuestra Democracia se construyó gracias al diálogo, nuestro Estado del Bienestar nació de grandes acuerdos… Y cuando la adversidad ha golpeado esta tierra —una crisis económica, una pandemia, un incendio o una catástrofe— siempre hemos comprobado que la única salida posible era cooperar.
Ese es el camino.
Frente al miedo, memoria.
Frente al odio, convivencia.
Frente a los bulos, verdad.
Frente a quienes quieren una sociedad enfrentada, una Extremadura orgullosa de su historia, segura de sus valores y decidida a no dar un solo paso atrás.
Defender Extremadura no consiste en levantar fronteras alrededor de ella, consiste en hacerla más justa, más libre y más humana.
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