No es la tecnología: es la velocidad y la incertidumbre sobre lo que va a ocurrir lo que asusta.

ExtremaMente Social

José González Corrales.
18 de abril de 2026 a las 17:46h
Actualizado: 18 de abril de 2026 a las 17:46h

En los últimos cinco años, la IA ha vivido un boom impresionante. El avance tecnológico no es nada nuevo —lleva siglos ocurriendo—, pero nunca antes habíamos sentido tanto vértigo ante la velocidad del cambio. 

No es la tecnología en sí lo que nos inquieta, sino dos cuestiones clave. 

La velocidad del cambio: del primer hacha de piedra al control del fuego pasaron aproximadamente 2 millones de años. Del fuego a la agricultura, unos 390.000. De la agricultura a la rueda, 6.500. De la rueda a la imprenta, 5.000. De la imprenta a la máquina de vapor, 329. De la máquina de vapor a la bombilla, 110. De la bombilla al primer avión, 24. Del avión a la computadora, 42. De la computadora a internet, 24. De internet al smartphone, 38. Y del smartphone a la IA generativa masiva, apenas 15 años. Entre 2023 y principios de 2025, los robots humanoides han pasado de caminar de forma rígida, lenta e inestable a correr, mantener el equilibrio dinámico y moverse de manera fluida y coordinada. 

La pregunta es inevitable: ¿nos estamos acercando a un ritmo de cambio que supera nuestra capacidad —biológica y social— de adaptación? 

El tipo de cambio: nuestra relación con las herramientas ha definido la evolución de la especie (Edad de Piedra, de Bronce, de Hierro…). Pero la inteligencia artificial marca algo distinto. Hasta ahora, las herramientas ampliaban nuestro cuerpo: el telescopio extendía la vista, la rueda multiplicaba nuestras piernas. La lógica era simple: llegar más «lejos» de lo que llegábamos con nuestras extremidades o sentidos. 

La IA rompe esa lógica. Por primera vez, no solo delegamos fuerza o memoria, sino también razonamiento, creatividad y toma de decisiones. No amplía nuestras manos o nuestros ojos, sino algo mucho más íntimo: nuestra forma de pensar. 

Si miramos al ámbito educativo y laboral, surgen preguntas incómodas. 

¿Puede el sistema educativo adaptarse a este ritmo? ¿Tiene que cambiar solo sus herramientas o también su propósito? 

El impacto no es solo técnico, es profundamente filosófico: ¿para qué educamos si la máquina ya «sabe»? 

¿Están la universidad y la formación profesional preparadas para un mercado laboral que cambia constantemente? 

Todo apunta a dos escenarios inmediatos: instituciones que avanzan más lento que la realidad y personas obligadas a adaptarse a un ritmo sin precedentes. 

Nuestros sistemas no están diseñados para este nivel de cambio. La legislación es lenta por naturaleza. Cuando una ley sobre IA entra en vigor, la tecnología ya ha avanzado. En pocos años en el ámbito educativo, lo aprendido al inicio de curso puede quedar obsoleto antes de terminarlo. 

Esto nunca había pasado. Las grandes transformaciones anteriores —como la Revolución Industrial— duraron generaciones. Daban tiempo a adaptarse. Hoy, ese margen se reduce cada vez más. 

Y eso cambia las reglas del juego. 

La pregunta ya no es si habrá cambio (eso lo hemos asumido), sino si nuestras instituciones, nosotros mismos y la sociedad en su conjunto seremos capaces de seguir ese ritmo veloz hacia lo desconocido. 

Basta con asomarse a los informativos para percibir una tendencia inquietante: miramos más al pasado que al futuro, como si estuviéramos repitiendo capítulos que creíamos cerrados. Puede que, en el fondo, temamos más lo que viene que lo que ya ocurrió. El pasado ofrece certezas; el futuro, responsabilidad. Y eso pesa. 

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