El voto de los nietísimos, los tropecientos mil nietos tiene tela. Ya de entrada no deja de inquietarme que quienes jamás han pisado España decidan nuestro futuro. Si solo fueran unos miles, como simpático brindis al sol, podría mirar para otro lado y callarme. Unos pocos miles como en el caso de los sefardíes… que, a modo de desagravio por lo que ocurrió hace quinientos años y gesto de buena voluntad, no deja de ser un detalle simpático, un tanto contra natura, pero valga. Sin embargo, lo de los exiliados del franquismo alcanza cifras de espanto. Y no, no es de recibo.
Por supuesto, si descendientes de exiliados, de verdaderos exiliados, quisieran establecerse en España parece razonable que se les reconociera de inmediato la nacionalidad española. Sería tan sencillo como tomar residencia en España y demostrar que sus ancestros la abandonaron por causa de la guerra civil no por otras razones. No sé a ustedes, pero a mí me parece razonabilísimo. Pídase un origen, un domicilio español y, pongamos, un certificado de penales. Lo otro es la barbarie. Que una tipa en Tegucigalpa decida sobre los impuestos que acabará pagando un vecino de La Vecilla resulta aberrante. Y entre bárbaro y aberrante pongan ustedes el calificativo que más les cuadre. Se trata, sin lugar a dudas, de cientos de miles de votos que alteran gravemente el censo electoral.
Y todo por la interpretación que de la ley ha hecho un gobierno hampón. Tal y como es su costumbre, ha actuado con desprecio de la ley y sintiéndose impune. Las instrucciones remitidas a los consulados, no la ley, vienen a regalar la nacionalidad española sin requisito ni comprobación alguna y todo con la oscura intención, no es posible considerar otra, de amañar las elecciones. No, el fraude no está en el recuento del voto, el fraude está, evidentemente, en el amaño del censo electoral
Y no, esto no tiene nada que ver con los derechos humanos, esto tiene que ver con cumplir la ley. En su anterior resolución el Tribunal Supremo ya ordenó que se cumpliera con el mandato legal, pero el gobierno ha seguido en sus trece, en la confianza de que Pumpido, antes o después acudirá a su rescate y, mientras tanto, ante los nuevos votantes Sánchez se presenta como adalid y carga a Feijóo y a Abascal el sambenito de enemigos declarados. Así de meridiano. Eso es todo lo que saben de España esos cientos de miles de votantes. Y, de paso, se inscriben en el municipio que les venga en gana (a ellos o a quienes les tramitan la inscripción). Y no, al alcalde de ese pueblo en el que se han inscrito no lo conocen. Esto es la política del trágala. Esto es acuñar moneda falsa. Esto es amañar las elecciones. Si más.
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