Llegó el fax y cambió la oficina. Llegó internet y cambió el comercio. Llegó el correo electrónico y desaparecieron departamentos enteros sin que nadie se diera cuenta a tiempo. Ahora le toca a la inteligencia artificial. Y esta vez no nos están dando tiempo a discutirlo en la cafetería.
Quien diga que es cosa del futuro no está leyendo los periódicos. No hablamos del chatbot torpe de hace dos años: ahora son agentes que ejecutan procesos completos y modelos que razonan sobre cientos de páginas con apenas supervisión. Los despidos ya están aquí: ERE de Capgemini con 748 empleados en España, Inetum con 425, y estimaciones del sector bancario que hablan de entre 50.000 y 77.000 puestos en juego en los próximos tres años. Y esa es solo la parte visible. La invisible va a doler más: bajas que no se cubren, contratos que no se renuevan, servicios externalizados a empresas anabolizadas por la IA, capaces de hacer con cuatro personas lo que antes pedía cuarenta.
Funcas cifra en 1,7-2,3 millones los empleos que la IA puede destruir en España en diez años, con una pérdida neta cercana a los 400.000 una vez descontada la creación de nuevas ocupaciones. La exposición potencial española es del 27,4%, apenas por encima de la media de la OCDE; el riesgo real, sin embargo, se queda en el 5,9%, la mitad de esa media. La diferencia se explica por el peso, en nuestro mercado laboral, de tareas interpersonales, físicas y creativas. Extremadura, por composición sectorial, está hoy menos expuesta que Madrid o el corredor mediterráneo. Hay un matiz: la Administración pública figura entre los sectores con mayor destrucción estimada de empleo, y aquí el peso del sector público sobre el total es muy superior al de otras comunidades.
Esto no es una época de cambios. Es un cambio de época.
Hay otra cara. La IA concentra poder en grandes plataformas tecnológicas, sí, pero también distribuye capacidad como pocas tecnologías anteriores. Por primera vez en décadas, una pyme en Plasencia o un autónomo de Las Hurdes pueden ofrecer servicios que antes eran patrimonio de Madrid o Barcelona. Una región acostumbrada a vivir repartida llega con una ventaja que casi nadie le reconoce. Y la adopción está dejando de ser promesa: la proporción de empresas españolas con diez o más empleados que ya utilizan IA pasó del 12,4% en 2023 al 21,1% en 2025, casi nueve puntos en dos años. La materia prima está. Falta que la gente la use.
La Junta no está parada: el decreto de diciembre habilitó dos millones de euros para implantación de IA en pymes y autónomos, y existe una línea pionera de un millón para grandes empresas. El listón está puesto. La pregunta para el Ejecutivo recién estrenado en Mérida es si lo redobla —dotación, convocatorias, formación práctica masiva, una Junta usuaria avanzada de estas herramientas— o si se conforma. Llegar tarde, esta vez, sale caro.
Esperar al rescate del sistema sería un error histórico. Esto va de cada uno. Si está leyendo esto es porque tiene curiosidad, y la curiosidad es, ahora mismo, el mejor activo profesional posible.
Hoy. No el lunes. No cuando cambie el convenio. Hoy. Abra una herramienta de IA —ChatGPT, Claude, Gemini; hay varias gratuitas— y escríbale: ¿cómo puedes ayudarme en mi trabajo? Después, pregunte mejor. Y comparta lo que descubra con quien aún cree que esto no va con él.
Llevo tres años usando IA a diario en marketing digital —investigar, escribir, ordenar ideas— y, casi sin darme cuenta, también en otras facetas: he terminado una novela y escribo columnas como esta. No hay magia: hace falta criterio, oficio y ganas. Pero la palanca es real y al alcance de cualquiera con media hora libre.
El fax no esperó. Internet no esperó. El correo electrónico no esperó. Esto tampoco va a esperar. La diferencia es que esta vez sabemos lo que viene. Que nadie pueda decir, dentro de unos años, que no se le advirtió.
(Para investigar y editar este artículo he utilizado IA).
Sobre el autor: Jaime de la Serna Gómez es experto en Marketing, Ventas Digitales y aplicación de IA en organizaciones. linkedin.com/in/jaimedelaserna
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