Nada es para siempre

Cartografía de dos tierras

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(Geógrafo)

26 de agosto de 2026 a las 09:36h
Actualizado: 26 de agosto de 2026 a las 09:36h

Billy Wilder tenía diez años cuando su padre lo llevó a presenciar el funeral del emperador Francisco José I, celebrado en Viena el 30 de noviembre de 1916. El cortejo fue descomunal: un mar de carruajes negros, caballos empenachados, uniformes solemnes, estandartes imperiales y una ciudad entera cubierta por el manto del luto. Francisco José había gobernado durante sesenta y ocho años, encarnando la aparente eternidad del Imperio austrohúngaro.

Mientras la multitud observaba en silencio, el padre de Billy le señaló el coche fúnebre y le dijo con solemnidad que allí iba uno de sus últimos emperadores. Acto seguido, le mostró al pequeño archiduque Otón de Habsburgo, hijo del nuevo emperador Carlos I. El niño, de tan solo cuatro años, caminaba detrás del féretro luciendo una túnica blanca, flanqueado por un caballo blanco y luciendo una banda negra. Resplandecía con luz propia en medio de toda aquella oscuridad ceremonial.

El padre de Billy remató la lección de historia patria con un tono profético: «Ahí va tu viejo emperador, pero algún día vendrás tú con tu hijo a ver al nuevo emperador», refiriéndose al pequeño Otón. Sin embargo, la mente del futuro cineasta no estaba para discursos dinásticos. Mientras su padre contemplaba la continuidad y majestad del Imperio, Wilder solo sentía una envidia feroz por aquel niño vestido de blanco a quien miraba toda Viena.

Décadas más tarde, la vida había dado un vuelco absoluto. Wilder se encontraba jugando al Scrabble en su despacho de la Paramount, en el corazón de Hollywood, cuando alguien entró para anunciarle que un paisano suyo quería saludarlo. El director esperaba encontrarse con cualquier emigrante vienés en busca de trabajo o conversación nostálgica.

Para su sorpresa, apareció un señor de aspecto corriente, vestido con un traje convencional de confección en serie, nada que sugiriera la mano de una gran sastrería imperial. Era Otto von Habsburg-Lothringen: el antiguo niño de blanco. El heredero de uno de los imperios más poderosos de la historia europea había acudido modestamente a conocer a un director de cine.

Quien ejerce la autoridad debe ganarse cada día el respeto y la legitimidad, en lugar de asumirlos como un derecho hereditario o perpetuo

La escena parece escrita por el propio Wilder, pero la escribió el tiempo. Nada es para siempre. Ni los imperios, ni los emperadores, ni los gobiernos. El poder pasa y la pompa se evapora. Por eso, quien ejerce la autoridad debe ganarse cada día el respeto y la legitimidad, en lugar de asumirlos como un derecho hereditario o perpetuo.

Resulta inevitable pensar en la política actual, como cuando contemplamos una crisis fronteriza masiva en Ceuta mientras el presidente del Gobierno continúa sus vacaciones en una residencia de Patrimonio Nacional pagada por todos los ciudadanos. No se trata de discutir el derecho al descanso de un gobernante, sino de cuestionar que una emergencia de Estado no merezca interrumpir el asueto para regresar, comparecer y ponerse al frente de la situación.

Pero el problema no reside únicamente en la clase política; el problema también somos nosotros. Soportamos con docilidad que la voluntad de las mayorías termine condicionada por minorías nacionalistas. Bastaría con que los dos grandes partidos acordaran unas pocas cuestiones clave de Estado y prescindieran de quienes llevan décadas convirtiendo cada investidura en una subasta. No lo hacen porque prefieren la trampa, ya que la trampa también reparte cuotas de poder.

Soportamos la burocracia asfixiante, la arbitrariedad del «vuelva usted mañana» y una Administración incapaz de pedir disculpas. Cambian las consignas, los indignados de turno y el decorado de la política, pero el fondo permanece inalterado. Hemos confundido la paciencia con la docilidad: protestamos tímidamente, tragamos y continuamos.

Otón perdió un imperio y terminó entrando en la Paramount vistiendo un traje gastado de saldo. Conviene recordarlo a menudo: todo poder, por absoluto o soberbio que pretenda ser, acaba pareciéndose a ese traje. Corriente, vulgar y sin nada de imperial.

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Felipe Grande

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