La muerte de la 'vía andaluza'

La Trastienda

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05 de julio de 2026 a las 11:58h
Actualizado: 05 de julio de 2026 a las 12:14h
El presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno. / EP
El presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno. / EP

Hay derrotas que no llegan en las urnas, sino después. La llamada 'vía andaluza' ha muerto esta semana con la firma del pacto entre PP y Vox para gobernar la Junta. No porque Juanma Moreno haya perdido las elecciones, sino porque se quedó a dos diputados de la mayoría absoluta. Y esos dos escaños cambian mucho más que un gobierno autonómico: cambian el relato político con el que Alberto Núñez Feijóo llegará a las elecciones generales de 2027.

Durante meses, Andalucía aparecía como la gran excepción. El laboratorio donde el PP podía demostrar que era capaz de gobernar solo, ocupando el centro político y dejando a Vox fuera del Ejecutivo. Si Moreno hubiera alcanzado la mayoría absoluta, Feijóo habría tenido un argumento de enorme peso para defender que existía una alternativa al pacto con Santiago Abascal.

Pero esa película nunca llegó a rodarse.

La realidad ha terminado imponiéndose a la teoría. Andalucía no ha abierto un camino distinto; ha acabado recorriendo el mismo que antes iniciaron Extremadura, Aragón y Castilla y León.

Curiosamente fue Extremadura la primera en marcar la senda. El acuerdo de María Guardiola con Vox fue observado entonces como un caso singular, condicionado por la aritmética parlamentaria. Hoy puede afirmarse que fue mucho más que eso. Fue el primer ensayo de una estrategia que ha terminado extendiéndose allí donde el PP ha necesitado los votos de Vox para gobernar.

No es casualidad. Vox llevaba meses planteando dos condiciones muy concretas: entrar en los gobiernos y hacerlo con un peso proporcional a sus resultados, utilizando esos ejecutivos autonómicos como antesala de un futuro acuerdo nacional. Andalucía confirma ahora ese planteamiento casi al milímetro. Una Vicepresidencia, una gran consejería y un programa que incorpora algunas de sus principales señas de identidad, desde la desregulación hasta la revisión de las políticas ambientales y la manida prioridad nacional.

El pacto entre PP y Vox ha dejado de presentarse como una excepción para convertirse en una fórmula política perfectamente homologada

Lo verdaderamente relevante no son los cargos. Es la normalidad. El pacto entre PP y Vox ha dejado de presentarse como una excepción para convertirse en una fórmula política perfectamente homologada. Cuatro comunidades autónomas gobernadas bajo esquemas similares empiezan a parecer menos una suma de casos aislados y más un modelo de poder. No en vano, llama la atención que buena parte de los acuerdos alcanzados en las diferentes comunidades trascienden a las competencias autonómicas. Muchas medidas tienen un evidente valor simbólico e ideológico y funcionan como un anticipo del debate nacional. Las autonomías han servido, en realidad, como un banco de pruebas para comprobar hasta dónde puede llegar una coalición entre ambas formaciones.

Con Andalucía se cierra, por tanto, un ciclo político. Y se abre otro. A partir de ahora será difícil sostener que un pacto entre PP y Vox en España sería una anomalía. Si incluso Juanma Moreno, convertido durante años en referente de la moderación dentro del Partido Popular, ha terminado gobernando con Vox cuando la aritmética lo exigía, resulta complicado imaginar que Feijóo rechace ese mismo camino si los votos le conducen a La Moncloa.

La 'vía andaluza', pues, ha desaparecido. Lo que queda es otra cosa: la normalización definitiva de un bloque de gobierno que empezó a ensayarse en Extremadura y que hoy ya tiene cuatro ejemplos. En política, pocas veces un acuerdo autonómico había dicho tanto sobre lo que puede ocurrir, dentro de un año, en el conjunto del Estado.

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Antonio Cid de Rivera
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