Muerte en la tarde

Al Paso

valbuena ok bn
12 de junio de 2026 a las 08:30h
Actualizado: 12 de junio de 2026 a las 08:30h

El mundo está repleto de escombros. A veces, con suerte, alcanzan a ser antiguallas. Antigüedades sin suerte. Ayer se me cruzaron dos cucharillas de esas que el caletre humano ideó para rebajar absenta. La absenta a palo seco es tela. Un muro vertical solo apto para suicidas. Conviene rebajar sus muchos grados con agua… y su amargura con azúcar. Una cucharita plana y calada sobre el vaso de absenta sostenía un terrón de azúcar (otra antigualla) sobre el que se vertía, gota a gota, agua helada. Algunos, incluso, para darle al rito calor de infierno, prendían primero el azúcar, que, dicho sea de paso, arde bastante bien con dos gotas de absenta. Con dos gotas de absenta arde bien casi todo. La de toda la vida, la de las monjas suizas, rondaba los ochenta grados. Lo demás eran aromas a la santísima trinidad de los botánicos: anís, ajenjo e hinojo.

Hubo un tiempo en que se decía que el ajenjo provocaba, además de un intenso sabor amargo, graves deterioros mentales. Que si Van Gogh se cortó una oreja de tanta absenta como llevaba dentro, que tal labrador franchute mató a sus dos hijos en un arrebato de absenta… Para disgusto de bohemios de toda laya, la absenta a principios del siglo XX fue, poco a poco, prohibiéndose por doquier. Lo mismo en Suiza que en Estados Unidos. En pocos años pasó de ser el licor más vendido de Francia a un estigma de dipsomanía. Absintismo, curiosa palabra. Una palabra y dos cucharillas, caladas las dos. De absenta. Al caer el agua helada los aceites esenciales de los botánicos, solubles en alcohol, dejaban de serlo y la mezcla se enturbiaba provocando encantadoras volutas opalescentes. Wilde aseguraba que la absenta tenía el color del ocaso. Al menos cuando dejaba de ser verde para ser mágicamente turbia. Quizá como el propio Wilde. Del té de Chelsea a la absenta de Saint Germain des Pres. Absenta, azúcar y agua helada en caída libre. La absenta, además de enemigos, tenía poetas. Y no solo franceses. Es lo que va de Baudelaire a Hemingway. Para Baudelaire la absenta era el veneno de los ojos verdes, el verde de los ojos de la amada. Heminway, en cambio, menos dado a charlotadas poéticas, se dejó envenenar en calma. En realidad vino a Europa a dejarse envenenar. De absenta y de toros. Con un extraño vitalismo. Un vitalismo de nubosidad variable. A golpes consigo mismo.

En España nunca estuvo prohibida la absenta, los toros sí, pero poco. De toros no entendía, pero eso no le impidió escribir un delicioso tratado de tauromaquia a la sazón titulado “Muerte en la tarde”. Un tratado sobre la muerte y el valor de encararla. Lo publicó en 1932 y no es una novela, es un ensayo. Es, como él mismo, un ensayo deslumbrado y deslumbrante. Tres años después -dicen que estando en Cuba y tras una tarde en el mar- su magín alumbró un curioso cóctel. Los gringos tienden a mezclar materiales ajenos con soltura, sin los remilgos de los europeos, sin las ataduras de milenios de tradiciones momificadas. La colaboración se la pidió una editorial de su país para un libro donde se recogerían los cocteles favoritos de un puñado de famosos de por allí. Don Ernesto ideó una mezcla a la que llamó, utilizando materiales propios, “muerte en la tarde”. En bárbaro, “death in the afternoon”. Una mezcla tan sencilla como bella. A medio camino entre París y Pamplona. Como un eco de “Fiesta”. Un eco de sus felices veinte. Tomen nota: un dedo de absenta por tres de champán. Champán helado y seco, para que la opalescencia de la mezcla sea, si cabe, más bella. Vertido lentamente, como las olas del mar cuando aman. Seco, amargo, potente y, a la vez, fieramente refrescante... trágicamente alcohólico. Se suicidó un dos de julio. En su mesilla de noche quedaron las entradas para las corridas de Pamplona y los pasajes de avión. El diez toreaba Antonio Ordóñez con toros del vizconde de Garcigrande y el once el rondeño lo hacía con toros del marqués de Villamarta. La muerte y el valor de encararla. ¡Salud!

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Fernando Valbuena
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