El Muelle de las Columnas

O Cais das Colunas

José Luis Lucas.

(Politólogo y periodista)

17 de diciembre de 2025 a las 18:44h
Actualizado: 17 de diciembre de 2025 a las 18:55h

Llegué a Lisboa aquel fin de semana con ella del brazo. Hizo fresco. El viernes alcancé a ver el atardecer desde el resbaladizo pantalán de mármol en el Muelle de las Columnas. Se inunda con la crecida por las lluvias barrosas del otoño que llevan alisando las láminas escalonadas desde hace cuatrocientos años, sumergidas, pulidas por un tímido e infinito oleaje fluvial que ahí remansa. Las recubren con un limo cenagoso y pardo, capaz de que pierdas el pie hasta en los días de verano. Alrededor del Cais (El muelle) das Colunas, frente al Terreiro de Paço que alberga la plaza de Comercio, ese flaco caudal en el estío -porque los riegos de temporada le han dejado exhausto el curso antes de verterlo al Atlántico- forma una playa de lodo seco y pedrusco de aluvión adonde baja la gente por las escalinatas a tomarse fotografías de enamorados. Sobre aquel fin del estuario del Tajo -entre el río y el mar- una decena de veleros enfilaban las proas desde la ribera de Almada hacia la Sé Catedral con olas a media altura de la obra muerta. 

Con la misma liturgia que regía para un bautismo prerromano, me descalcé, me subí el dobladillo de los pantalones por encima de la pantorrilla, bajé la rampa bituminosa con los pies desnudos, manteniendo como supe el equilibrio, y avancé desde la orilla hasta que la corva y el envés notaron el agua porteña de Lisboa, que sabe a caramelo de suero salino, el que suministran a los niños para que recuperen el cuerpo tras una diarrea. Rompía así finalmente con la sentencia tácita con la que mi madre había maldito a la tierra de la suya cuando conoció el suceso y que nos había condenado a repudiarla desde ese mismo día. Me atusé el pelo mojado hacia atrás. Miré al Cristo de enfrente, al otro lado del cauce, con sus brazos extendidos. Ahí subí con ella un año antes aquella misma tarde en agosto para rogarle que aún no se llevara consigo a mi hermano Carlos. Y maldije a la suerte. 

Esas dos columnas de mármol nada tienen que ver con una cuestión eclesiástica. Se trataba de una división totalmente administrativa, que para nada interfería en la división de las parroquias. Se mantienen igual desde el siglo XVII. El Lado Occidental y el Oriental, y sus consecuencias fiscales: Organizar el comercio, recaudar impuestos y regular el tráfico de las mercancías por el río. Las columnas de mármol se mantienen en pie como el único vestigio que queda del antiguo arco triunfal que señalaba la entrada marítima a la ciudad. También fue destruido por el terremoto en 1755. Aquella división les permitió distribuir responsabilidades, como jueces específicos para cada lado, secretarios y oficiales propios para una mejor gestión de las obras y los servicios urbanos; es decir, precursores de los primeros distritos en la ciudad. 

La reforma administrativa, destinada a mejorar el gobierno de la ciudad, decidió que este muelle, el principal punto de acceso por vía fluvial, se convirtiera en el “cero geográfico” para cualquier licencia de obras que se aprobó según la línea de separación en el interior de Lisboa y definir dónde comenzaba cada lado de la ciudad. Recuerda a las columnas del viejo templo de Salomón: La sabiduría a la izquierda, la devoción a la diestra. Algunos cronistas toman esta referencia para asociarlas a la inspiración masónica, con tanta relevancia en el destino contemporáneo de Portugal como para organizar -a través de sociedades carbonairas (carboneras)- el regicidio de Carlos y Luis Filipe de Bragança, acción cumbre para el Partido Republicano que después se dividió entre los demócratas de Afonso Costa y el evolucionismo de Antonio José de Almeida -único presidente de la República portuguesa que mantuvo su puesto los cuatro años que obliga una legislatura (1919-1923)- en una época en la que se sucedieron un gobierno provisional, 38 gabinetes de ministros y ocho presidentes desde la abdicación de Manuel II de Bragança, en 1910 al golpe de Estado militar, el año 1926 encabezado por los generales Carmona y Gomes da Costa. El caos en el advenimiento de una República para un viejo reino europeo previo a Lenin y los sóviets bolcheviques. 

Por ahí han desembarcado algunos jefes de Estado, como Isabel II de Inglaterra. Los ingleses han señalado siempre el devenir de Lisboa, desde su reconquista a los musulmanes a la firma de la Alianza regia con los tratados de Windsor en el siglo XIV. Lo hicieron a través de Oporto con W. Beresford para expulsar a la tropa napoleónica, y luego invitar al Rey y corte al exilio en Brasil. Después, con Antonio Severim de Noronha, el Marqués de la isla de Terceira, quien entró por el muelle de Sodré para derrotar a los miguelistas y fijar en el trono a la reina María. Por la calle Cardoso que nace de la plaza en su honor, de suelo rosa fucsia, se agolpan ahora los británicos para beber güisqui y cerveza por los antiguos inmuebles de lenocinio para la marinería. La historia les asegura que Su Graciosa Majestad trasladó al oficial Samuel Hoare, el Vizconde de Templewood, desde la Roma fascista a la embajada de Madrid en 1940 para asegurarse la neutralidad de la España con Franco en la segunda guerra mundial, como pidió Salazar. Trabajaba codo con codo con Pedro Teotónio Pereira, embajador luso en Madrid desde 1938 hasta 1945. Y algo de cierto debe existir en ese plan. 

A mi abuelo José, el que viene de la rama española más pura, le llamaron a filas para la guerra civil pese a ser hijo de una viuda, Isabel. Tuvo la inmensa suerte de herirse en el dedo pulgar con el alambre de espino mientras cercaba las trincheras. Se pasó la guerra con el dedo vendado, como el “Me gusta” permanente de Facebook, en el hospital civil de Córdoba, la herida del millón de pesetas. Al fin de la contienda, les concentraron sobre el Campo de Gibraltar. Con el tiempo, supimos que el mismísimo Franco, Serrano Suñer y el Fürher Adolf Hitler habían planeado una operación “Félix” para arrebatarle a los ingleses el peñón que obtuvieron en Utrecht con la Paz de la Guerra de los Treinta Años. Y algo debió suceder con la cúpula militar franquista para que finalmente los desmovilizaran y les dieran la blanca, el retorno a casa… Hay quien afirma que entre el mallorquín Juan March y Samuel Hoare se encargaron de que a la oficialidad y la guardia militar del General no les faltara de nada, a cambio de que le convencieran de la inviabilidad de la operación:13 millones de dólares, preciados como la Génova mercader para Marco Polo. Aseguran que dos terminaron en el bolsillo del hermano, Nicolás Franco, aunque nadie ha encontrado en los archivos británicos vestigio alguno que certifique la tesis, que para todo eso estuvo Fraga Iribarne de embajador en Londres dos años. Tampoco el telegrama ordenando que, si los soldados españoles hubieran tomado al final Gibraltar, la armada británica hubiese bombardeado las Islas Canarias hasta que cayeran en su poder. “Leyendas, tienen que ser leyendas”, me pregunté esa tarde del mes de agosto cuando mi madre le imploraba al Cristo Rey que levantó Salazar en la orilla de Almada, tras consejo del cardenal patriarca Gonçalves Cerejeira para agradecer tal decisión de imparcialidad. 

El Cais de las Columnas, título que escogí para estos artículos como hace años elegí los Ojos del Guadiana, habla de relaciones entre Lisboa y Madrid. Es el lateral abierto al Atlántico. Sirve ahora de muelle para los cacilheiros, los barcos originariamente a vapor que pasaban de una orilla a otra a los lisboetas, de Almada al Terreiro do Paço, como las barcazas planas donde de niño me montaba mi abuelo José cada jueves de libranza para que observara la ciudad de Badajoz desde las dos orillas, la Estación y el Embarcadero. El tío listo… Ya sabía que éramos dos hombres de suerte: En este río, el maltratado Guadiana, como en el río Tajo, jamás encontrarás unas olas tan bravías como para que te destrocen la columna el día que te atreves a cruzar de un margen a otro, de paseo, con mi abuelo de la mano, sin mayores pretensiones que pasar una buena velada, como hizo él durante aquella maldita jornada de sábado. 

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