Monos inteligentes y tristes

Cartografía de dos tierras

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(Geógrafo)

12 de julio de 2026 a las 18:45h
Actualizado: 12 de julio de 2026 a las 18:50h

Llevamos dentro un sistema de alertas diseñado para otro mundo. El problema no es que falle. Es que funciona demasiado bien 


 

Hay una edad en la que uno empieza a notar que la cabeza no para nunca. No es estrés, exactamente, no es tristeza. Es más bien un runrún continuo que comenta, evalúa, anticipa y reprocha. A veces todo a la vez.

Los más jóvenes tienen ya un nombre para eso: overthinking. En inglés suena más manejable. Como si ponerle nombre en otro idioma ayudara a quitárselo de encima.

No ayuda.

Pensar demasiado no lo han inventado los chavales, ni Instagram, ni TikTok, ni tampoco los gurús del mindfulness. Lo llevamos dentro desde mucho, quizá desde que un mono empezó a imaginar lo que podía pasar mañana y dejó de vivir solo en lo que tenía delante de las narices.

Emiliano Bruner, investigador del CSIC especializado en la evolución del cerebro humano, lo dice con una frase incómoda: somos monos inteligentes y tristes.

No está mal como definición de especie.

Nuestro cerebro ha sido la gran apuesta evolutiva. Nos permitió fabricar herramientas, cruzar mares, hacer mapas, levantar ciudades, escribir poemas, inventar vacunas y organizar reuniones en Zoom. Pero ese mismo cerebro tiene una avería de fábrica: no se calla nunca.

Bruner lo llama Radio Sapiens, esa emisora interior que comenta todo: lo que pasó, lo que no pasó, lo que pudo pasar, lo que pasará si todo sale mal. Y lo que pasará si todo sale bien, porque la cabeza humana encuentra amenaza hasta en la suerte.

Por eso uno puede estar sentado, sin que ocurra nada grave, y sentirse agotado.

La salud mental se suele tratar como si empezara cuando aparece un diagnóstico. Ansiedad. Depresión. Crisis. Baja médica. Pero antes de ese punto hay mucha vida; la OMS calcula que ocho de cada diez personas experimentan malestar psicológico significativo sin llegar nunca a ese diagnóstico. Mucha gente que trabaja conduce, paga recibos, contesta correos y dice "todo bien" con una solvencia admirable. No está rota, pero tampoco está bien.

Tiene una inflamación por dentro.

La evolución no nos diseñó para ser felices. La selección natural no tiene departamento de bienestar. Le importa que la especie continúe. Punto. Puede que a la evolución le viniera bien un mono inquieto, competitivo, deseante, siempre empujado por algo que falta. Un mono sereno y satisfecho quizá era muy agradable para tomar café, pero igual no dejaba demasiada descendencia.

Llevamos dentro un sistema de alertas diseñado para otro mundo. El problema no es que falle: es que funciona demasiado bien.

Por eso no basta con ser inteligente. Hay gente brillantísima que vive fatal. Resuelve problemas difíciles, pero no sabe evitar los que le rompen. Quizá la palabra importante no sea inteligencia, sino sabiduría. La inteligencia resuelve, la sabiduría evita algunas trampas.

Una de esas trampas es creerse todo lo que uno piensa.

No todo pensamiento merece obediencia. A veces habla el miedo, a veces el ego, la necesidad de gustar, una herida antigua que se ha puesto ropa nueva para parecer una opinión…

La solución empieza por algo menos vistoso: atención. No como moda ni como postura de yoga para Instagram, sino atención para separar lo que ocurre de lo que la cabeza monta con lo que ocurre.

Dicen —se atribuye a Confucio— que tenemos dos vidas, y que la segunda empieza cuando entendemos que solo tenemos una. Bukowski lo dijo más crudo: hay que morir unas cuantas veces antes de poder vivir de verdad.

No vamos a apagar la radio. Pero sí podemos dejar de obedecer todo lo que emite.

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Felipe Grande

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