El modo avión del que disponen nuestros smartphones es una desconexión artificial. Cortas la entrada de estímulos (notificaciones, llamadas), pero el entorno sigue siendo el mismo. El cerebro deja de recibir, pero no necesariamente descansa; es una pausa técnica que posteriormente tiene un efecto rebote incluido. Sin embargo, el Modo Dehesa es una regulación ambiental: no necesitas bloquear nada porque el propio entorno reduce la carga estimular. El cerebro no solo se desconecta, sino que se recalibra. Es una pausa biológica.
En los últimos años, la atención se ha convertido en un recurso escaso. Vivimos en un estado de alerta permanente: notificaciones, tráfico, pantallas, ruido. En un mundo obsesionado con optimizar cada segundo, Extremadura ofrece algo contracultural: espacios donde aparentemente no pasa nada y, precisamente por eso, todo se reordena. Empezamos a necesitar que, en un porcentaje significativo de nuestro tiempo, no pase nada. Sin embargo, a veces caemos en el error de querer "corregir" ese silencio.
Byung-Chul Han lo describe con precisión: habitamos una «sociedad del cansancio», donde el exceso de positividad —estímulos, demandas, opciones— erosiona nuestra capacidad de contemplación. Hemos olvidado cómo mirar sin buscar, cómo estar sin producir.
Quizá el futuro de la salud mental no pase por aumentar y mejorar nuestra capacidad de procesar estímulos, sino por rediseñar los entornos que los generan. En ese sentido, el Modo Dehesa no es solo una idea: es una ventaja competitiva, especialmente para el entorno rural extremeño.
Extremadura no es solo un paisaje; es un ecosistema cognitivo. Un entorno de baja densidad estimular donde el cerebro puede dejar de defenderse. La dehesa no satura: su ritmo lento, sus horizontes abiertos y su silencio relativo activan lo que los psicólogos Rachel y Stephen Kaplan denominaron «atención involuntaria suave». Un tipo de atención que no exige esfuerzo y que permite restaurar la fatiga provocada por la concentración dirigida.
Existe, además, un sistema cerebral —la Default Mode Network (DMN)— que se activa cuando divagamos, paseamos o simplemente no hacemos nada. Es el modo en el que procesamos experiencias, integramos emociones y generamos nuevas ideas. Sin embargo, hemos eliminado casi por completo los «tiempos muertos»: la espera del autobús, la cola del supermercado, la sala de espera del hospital. Al llenar cada segundo con estímulos, hemos apagado el sistema de mantenimiento del cerebro.
La ironía es evidente: cuanto más optimizamos nuestra vida con tecnología para ganar tiempo, más agotados y vacíos nos sentimos. El diagnóstico es claro: sufrimos una infoxicación. Igual que el exceso de azúcar daña el organismo, el exceso de información daña la mente.
El Modo Dehesa no es un retiro espiritual de fin de semana. Es una estrategia de salud mental y de supervivencia cognitiva. No hablo de turismo rural, sino de algo más profundo: un ecosistema de reparación cognitiva cada vez más necesario en una sociedad donde la salud mental deja mucho que desear.
Hablo del Modo Dehesa porque lo conozco muy bien. En lugares como mi pueblo, Salvaleón, con más de 1.700 hectáreas de dehesa comunal, existe un activo diferencial que aún no hemos sabido traducir ni posicionar: un entorno que cuida la mente. En Extremadura, igualmente, se podría llamar Modo Dehesa o Modo Serena, Siberia, Ambroz o Modo Jerte. Tenemos algo muy valioso y todavía no lo estamos contando bien.
El futuro de la salud mental es un ecosistema. No sustituye al sistema sanitario; lo complementa y lo hace más eficaz. Si solo intervenimos cuando el malestar ya es evidente, siempre llegamos tarde. En Extremadura, este ecosistema existe; el reto no es crearlo, sino saber reconocerlo y ponerlo en valor.
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