Las mochas de Fidel Castro

Al Paso

valbuena ok bn
08 de julio de 2026 a las 09:09h
Actualizado: 08 de julio de 2026 a las 09:09h

El escritor cubano Guillermo Cabrera Infante era dado al retruécano y a los habanos. Habanos y lo que se fuera terciando. Durante sus años de exilio se negó a comprar puros a Castro, según él eso vendría a ser como si los judíos le compraran a Hitler. Sin embargo no los despreciaba cuando se los regalaban. A poder ser larrañagas. Y montecristos. Cuando alguien, allá en Londres, le regalaba una cajita de montecristos los ojos le brillaban como al abate Faria.

Con Castro, además de discrepancias políticas, tenía cuentas pendientes. Eso cuenta en “Puro Humo”, un delicioso tratado sobre puros. Habanos, manilas, dominicanos, canarios… y cine. Cabrera, además de impenitente fumador de puros, era crítico de cine. El cine fue, en gran medida, el motivo de su distanciamiento de la revolución cubana. Antes de que Castro dijera aquello de “con la revolución todo, contra la revolución nada”, Cabrera ocupó cargos de cierta relevancia entre los triunfantes barbudos.

En una ocasión acompañó al propio Castro a un rancho en la costa oriental de la isla. Al caer la noche entró en el salón el comandante. En la tele echaban “Caravana de paz” de John Ford, fumador en pipa, por cierto. Andaba nervioso el comandante. Metro noventa, todo uniforme y pistolas. ¿Alguien tiene un tabaco?, preguntó. A Cabrera le asomaban en el bolsillo superior de la guayabera cuatro larrañagas. Aunque la película no era de las largas a Castro le dio tiempo a fumarse, para desgracia de Cabrera, tres de sus cuatro larrañagas. Uno tras otro acabaron muertos malamente en el suelo. “Demasiadas canciones y pocos indios” dijo Castro al terminar la película. ¿Le gustó? En todo caso, menos que a Cabrera. Se incorporaba para ir a dormir cuando se percató de que al crítico aún le quedaba un tabaco en la guayabera. Cabrera abominó siempre de quienes fumaban más de un puro del tirón. Era un fumador calmo. En eso discrepaba del arrebato castrista. “Veo que te queda un indio, ¿me lo prestas?” No hubo ni tregua ni perdón.

Cabrera quedó solo en el salón, en lo oscuro, la tele apagada y ante sus ojos tres mochas de puro por los suelos. “No hay nada más agradable que tener un sitio donde uno pueda echar al suelo tantas colillas de puros como desee” dejó escrito el comandante en sus “Cartas desde la cárcel”. Casi una sentencia. Alguno dirá que por eso Fidel convirtió Cuba en una cárcel, para poder tirar las mochas por los suelos con más libertad. ¿Libertad? Yo no, a tanto no me atrevo. Solo diré que el último indio era un larrañaga y que Fidel nunca se lo devolvió a Guillermo. Al menos eso cuenta el escritor.

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Fernando Valbuena
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