Mi perra no es mi hija

Contradicciones

Elvira bn

(Periodista)

25 de septiembre de 2026 a las 06:30h

Hay una frase que ya no soporto: «Es mi hijo». Dicha de un perro. El afecto casi nunca es falso; lo que me inquieta es la palabra, que esconde una confusión cuya factura acaba pagando el animal.

Hemos pasado del perro de cadena al perro de carrito sin detenernos en ninguna estación intermedia. Ahí está el perro que come mejor que su dueño, que celebra el cumpleaños con tarta, que viste abrigo en abril y que no puede quedarse solo cinco minutos sin que alguien le hable por videollamada. Llamamos a eso amor. A veces lo es. Otras veces es una proyección tan descarada que da un poco de vergüenza.

Entiendo el impulso. Un perro no discute, no se marcha, no te contesta con un «ya te lo dije». En una época de vínculos frágiles, de familias dispersas y de soledades bien iluminadas, el perro ofrece algo que escasea: presencia. Quien niegue que un animal puede ocupar un lugar enorme en una vida no ha visto a nadie salir de un mal trago con un morro húmedo apoyado en la rodilla.

A mi perra le hablo con una voz que no uso con ningún ser humano, le guardo el hueco en el sofá y alguna noche me he sorprendido contándole cómo me ha ido el día. Escribo desde el sofá, con ella al lado, y justo desde ahí sé dónde está la raya.

Querer a un perro y convertirlo en un niño de cuatro patas son cosas distintas. El perro pide poco y muy concreto: pasear, olfatear, aprender límites, tratar con otros de su especie y que le dejemos ser perro. La infancia, las intenciones morales y la angustia existencial se las prestamos nosotros. Cuando lo vestimos, lo aislamos, lo cebamos o le impedimos comportarse como animal porque nos incomoda, sólo conseguimos complicarlo.

Cualquiera que frecuente un parque conoce el resultado: perros obesos, perros que lloran en cuanto se cierra la puerta, perros que no saben qué hacer delante de otro perro. Casi nunca hay maldad detrás. Hay amor mal dirigido, un amor que confunde la necesidad propia con el bienestar ajeno.

Hasta el Código Civil lo ha entendido mejor que muchos dueños. Desde la reforma de 2021, su artículo 333 bis dice que los animales son «seres vivos dotados de sensibilidad» y exige cuidar su bienestar «conforme a las características de cada especie». Ni cosas ni hijos: animales. Por una vez, el legislador eligió bien la palabra.

Tampoco hace falta la guerra ridícula entre quienes tienen hijos y quienes tienen perros. Son vínculos distintos, cada uno con su propio respeto, y ninguno autoriza a descuidar el otro. Mi perra puede ser la reina de la casa sin que yo la llame infanta.

Quiero a los perros, y precisamente por eso me resisto a llamarlos hijos. Quererlos de verdad consiste en aceptar que ladran, huelen, muerden, temen y desean de una manera que no cabe en nuestros moldes, y en cuidarlos como lo que son: animales con una vida propia, breve y entera, que no nos pertenece.

Para merecerlo todo, a un perro le basta con ser perro. Lo difícil, lo nuestro, es mirarlo sin buscar en él nuestro reflejo.

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Elvira Galvache

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