Mi patria, en versión original

Contradicciones

Elvira bn

(Periodista)

23 de octubre de 2026 a las 17:31h
Actualizado: 23 de octubre de 2026 a las 17:31h

Defiendo la cultura española con una vehemencia que en los bares ya me conocen. Defiendo las salas de provincias, los teatros municipales con goteras y la zarzuela, que nadie me ha pedido que defienda. Firmo manifiestos. Me indigno cuando un presupuesto recorta una biblioteca. Y el sábado por la noche, cuando llega el momento de elegir película, abro la plataforma y busco algo coreano.

Lo sé. Lo sé mejor que quienes me lo reprochan, porque llevo años ensayando la defensa. Dice mi abogada interior que el cine español es diverso, que hay una generación magnífica, que Almodóvar, que Erice, que Buñuel antes que todos ellos. Todo eso es cierto, y lo repito con el fervor con que mi abuela rezaba el rosario: sin dejar de pensar en otra cosa.

Esa otra cosa es que me aburro. Me aburro con el cine donde alguien mira por una ventana durante cuatro minutos mientras suena un piano, donde la familia cena en silencio y el silencio, se supone, lo explica todo. Me aburro con las comedias que confunden gritar con tener gracia. La culpa será mía, me digo, que tengo el gusto echado a perder por décadas de ritmo americano, por la prisa, por un montaje que no me deja respirar.

Hay en esto una trampa curiosa: al cine extranjero le concedo la presunción de inocencia. Una película islandesa lenta es contemplativa. Una española lenta es pretenciosa. Una francesa que habla de nada durante dos horas es sutil; una nuestra, un ejercicio de autocomplacencia subvencionada. Ante una producción de aquí me pongo el listón del examinador; ante una de fuera, el de la turista, que lo encuentra todo encantador porque no tiene que vivir allí.

Quizá ahí esté la clave. De lo propio exigimos porque nos importa, y de lo ajeno disfrutamos porque nos da igual. A lo nuestro le pedimos cuentas con la severidad con que se educa a un hijo: lo queremos tanto que no le perdonamos nada. Pero es una explicación cómoda, y desconfío de las explicaciones cómodas, sobre todo cuando me absuelven.

La verdad más sobria es que apoyar la cultura es un acto político y elegirla es un acto de placer, y ambos rara vez coinciden en la misma persona un sábado a las diez. Pago mi impuesto con gusto. Pero el sofá no entiende de presupuestos.

El domingo fui al cine a ver una película española. Salí emocionada, me encantó. Y el sábado siguiente, lo confieso, volví a lo coreano.

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Elvira Galvache

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