Messi acaba de enchufarles tres goles a los argelinos. Curioso, solo dos letras entre ambas porterías. Argelinos, argentinos. En la radio hablan y no callan. Yo, aún en la cama, pienso en que mis abuelos nacieron mucho antes de que hubiera mundiales de fútbol. Antes incluso de que en España se supiera qué cosa era el fútbol. Mi abuelo -que es un tipo que me resulta cercano- nació antes que el Recreativo de Huelva. Mi abuelo Leonardo Valbuena. Conoció, eso sí, a Iriondo, Venancio, Zarra, Panizo y Gainza, celebró el gol de Zarra a la Pérfida Albión y hasta aplaudió el triunfo de España sobre los soviets en la final de la Eurocopa de 1964. Poco después dejó de conocer, de celebrar, de aplaudir... y hasta de respirar.
La primera vez que vi llorar a mi padre fue un primero de noviembre ante la tumba del suyo. De eso tengo el recuerdo vívido (con tilde, una tilde hermosa y aún doliente). Aquello fue en otro siglo, el XX, pero nacer, lo que se dice nacer, nació en el XIX. Yo me acuerdo de él. Poco, pero le recuerdo y me recuerdo junto a él. Tan serio, tan de traje, tan de sombrero de ala ancha... Nació cuando gobernaba Práxedes Mateo Sagasta, que siempre me ha parecido un nombre campanudo. Leonardo también. Don Leonardo aparentaba llamarse Leonardo. Nació antes de que se levantara la torre Eiffel, antes de que se retirara Frascuelo y antes de que Antonio Machado acabara el Bachillerato. A veces me pregunto -desde esta atalaya fría en que vivo- qué fue de todo aquello. La vida en lo que un balón cruza la raya de gol. Cal. Y luego nada. La vida en lo que tarda en cantarse gol. Aunque ese gol sea de Messi. Lionel. Leonel. Leo. Leonardo. Aún en la cama, mientras los argentinos marcan en Kansas, hoy, diecisiete de junio de 2026, me ha venido a la cabeza que mi abuelo Leonardo nació en 1887, exactamente el 13 de agosto de 1887. ¿Haría calor aquel día?
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