Al campo de los Mártires de la Patria le siguen conociendo en Lisboa como Campo de Santana por el convento de monjes que allí se ubicó hasta el terremoto de 1755, igual que a la plaza del Comercio le siguen llamando el Terreiro do Paço por mucha República que lleve más de un siglo instaurada. El jardín extiende el verde pino de sus arbustos por dos hectáreas que así bautizaron en honor a los camaradas de armas del general Gomes Ferreira de Andrade, ahorcados porque conspiraron contra el inglés, William C. Beresford, después de que éste expulsara a los franceses y la corte Bragança aún continuara huida en Brasil.
A diferencia de la iglesia parroquial con mismo nombre, de los Mártires, que bendice la lusofonía inserta en la plaza de Camões, aquellos del Campo de Santana renegaron de profesarles pleitesía alguna hacia los cruzados británicos que recuperaron con el rey Alfoso Henriques la fortaleza de San Jorge, con la que se refundó la ciudad, y embrión de la Aliança Luso-Britânica, instituida por tratado real desde 1373, que aún está vigente. A ellos, los ejecutaron por resistirse a recibir órdenes de un gobernador extranjero, igual que el pueblo se negó a seguir alimentando las tropas filipinas con sus hijos para combatir a los protestantes en Flandes o frente a los catalanes en el Rosellón dos siglos antes. No se sometieron a los oficiales napoleónicos, cuando Junot y Masséna obligaron a doce mil soldados del ejército portugués a que se incorporaran como tropa de combate contra el frente ruso del zar Alejandro, comandados bajo la amenaza de matar a su familia por D. Pedro José de Almeida, el tercer Marqués de Alorna, a cambio de que aquel Rey tan dubitativo mantuviera la soberanía del país desde allende el mar y les abriera los puertos brasileños a compañías coloniales londinenses. El Marqués aún exhibe el escudo sobre la puerta trilobulada en el antiguo cuartel del gobernador militar del Alentejo, frente al templo de Diana en Évora -hoy es hotel Pestana y antiguamente Pousada (Parador)- en la que será la Capital europea de la Cultura en 2027, honor que se disputarán Cáceres y Toledo para 2031.
Si en la plaza Camões se ubica el ministerio de Economía y Finanzas, lindando con la embajada brasileña, en el Campo de Santana se levantó la primera facultad de ciencias médicas, construida a principios del pasado siglo sobre un solar que sirvió en su origen como plaza de toros y al lado de la embajada alemana y el Instituto Goethe para la cultura germánica. Me topé con ella recorriendo a pie el trayecto que te lleva desde Gracia y Alfama a Martin Moniz para contemplar la arquitectura pombalina en la Baixa desde el jardín de Torel, pequeño balcón en una de las siete colinas que no llega a la categoría de mirador turístico, con una barandilla austera de metal y unos árboles de tronco escuálido como esos pinos espigados que crecen en el parque de la Alcazaba de Badajoz.
João IV, el monarca indeciso que se exilió en el Paço de Mafra, lejos de su mujer adúltera, obsesiva con recuperar el trono para Miguel, el varón de sus hijos y de una madre demente, la reina doña María, ambas encerradas en el palacio de Queluz, se había entregado al modismo napoleónico. Tal y como hiciera el monarca español, aconsejado por su valido Manuel Godoy, Portugal contribuyó a comienzos del siglo al bloqueo del comercio inglés, convencido también de saberse dueños de la más enorme plataforma giratoria hacia Oriente o el Atlántico, hacia Europa o África, junto con el emparentado reino hispánico. Londres le amenazó con destruir la flota lusa, amarrada en el puerto de Lisboa, como hizo con la danesa y les había demostrado a los marinos españoles y franceses el almirante Nelson tras la batalla de Trafalgar. João VI y su mujer, doña Carlota Joaquina de Borbón, terminaron por pedir permiso a la marina inglesa para zarpar de Lisboa, rescatando así la cobarde cuita sugerida por don Rodrigo de Sousa Coutinho, el conde de Linhares de la Beira, cuatro años antes: “Id a crear un poderoso imperio a Brasil, donde se volverá a reconquistar lo que ahora puede estar perdido” -le susurró.
Finalmente, aquel rey renegó por necesidad de sus primeros designios, ilustrados, y del ministro, Antonio José de Araújo, el Conde de la Barca. Sería el mismo almirante Smith, quien destruyó la armada danesa en el puerto de Copenhague, el que escoltó a la fragata real Medusa hasta adentrarse en el Atlántico, que brilla como una estrella desde ese jardín con el sol de mediodía, donde embarcaron con la plata de las iglesias, la reina en la cama y cincuenta mil volúmenes de la biblioteca real. Una procesión de setecientas carrozas y quince mil cortesanos –dos de cada cien portugueses vivos- acompañó entre las ocho naves, cuatro fragatas, cinco bergantines, otras tantas goletas, tres barcazas de mantenimiento y veintiún navíos de comercio hacia Río de Janeiro, más allá de la falla abisal del mar, lo que abrió un sentimiento de rencorosa orfandad en una ciudad que apenas llegaba a doscientos mil habitantes. Lisboa se desvirgaba así en las ausencias de héroes y actos heroicos, aquellas gestas que encaran los portugueses como gestos de autoafirmación ante el exterior, como aquella rebeldía que condujo al patíbulo a los soldados mártires. El exilio ultramarino del futuro rey João, mientras Fernando VII de Borbón hizo igual en Hendaya, les devolvió de súbito a una nueva realidad: Ahora eran acreedores ante la corte londinense, de deuda política, y luego financiera, que con cada siglo los portugueses intentan solapar en un nuevo círculo concéntrico: el que les añade el sueño de viejo imperio colonial entre alguna incierta novedad contemporánea que lo revive, aunque ello termine por atarles aún más esa dependencia política o financiera, como a la España imperial con los banqueros de Flandes, y al final del pasado siglo con los bancos alemanes que financiaron la burbuja inmobiliaria.
Évora será la única ciudad con parada fija en la línea ferroviaria entre Lisboa y Elvas-Badajoz, que lleva un retraso de varios años. El Nuevo Hospital Central del Alentejo, que construye el gobierno luso desde 2008, sufre ya una desviación del 58% sobre su primer presupuesto -según confirmó la ministra de Saúde, Ana Paula Martins esta semana- de 150 a 237 millones de euros y aún tienen que definir los accesos con el municipio si quieren disponer de las entre 360 y 487 camas en 2027. Como con el tren, que ahí sigue atascado… Eso sí, ha garantizado para este invierno la reposición de vacunas para la campaña contra la gripe, bronquiolitis y el virus Covid tanto en hospitales como en clínicas privadas. El resto, puede esperar.
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