El pasado 4 de septiembre ocurrió algo bastante insólito en la Asamblea General de Naciones Unidas: 164 países se pusieron de acuerdo sobre un mapa.
La resolución, promovida por Togo en nombre de la Unión Africana, pide fomentar el uso de proyecciones cartográficas que respeten las superficies relativas de los continentes, como Equal Earth. Estados Unidos fue el único país que votó en contra. Estonia, Georgia, Lituania, Moldavia, Serbia y Ucrania se abstuvieron.
Detrás parece haber una discusión política. Pero antes hay una cuestión bastante más sencilla: geometría.
No se puede representar una esfera sobre un plano sin deformarla. Es el viejo problema de intentar extender sobre una mesa la piel de una naranja. Algo habrá que cortar, estirar o comprimir. Por eso no existe el mapamundi perfecto. Existen proyecciones adecuadas para diferentes propósitos.
Gerardus Mercator publicó la suya en 1569. Y era extraordinaria.
Su proyección conserva los ángulos y permite representar las loxodromias —rutas de rumbo constante— como líneas rectas. Para un navegante del siglo XVI aquello tenía bastante más importancia que saber si Groenlandia parecía demasiado grande.
El problema aparece cuando un mapa concebido para navegar acaba colgado durante generaciones en las paredes de las escuelas.
Mercator aumenta progresivamente la escala conforme nos alejamos del ecuador. El resultado es conocido: Groenlandia parece aproximadamente del tamaño de África cuando África tiene unas catorce veces su superficie. Europa, Canadá o Rusia adquieren una presencia visual muy superior a la que tendrían en un mapa equivalente.
No es un error de Mercator. Su mapa hace exactamente aquello para lo que fue diseñado.
Y aquí empieza la política.
Un mapa no cambia el tamaño de un país, pero sí puede cambiar nuestra percepción de ese tamaño. África tiene unos 30 millones de kilómetros cuadrados. En ella cabrían Estados Unidos, China, India y buena parte de Europa. Sin embargo, basta mirar muchos mapamundis escolares para que cueste creerlo.
Robert Dussey, ministro de Exteriores de Togo, lo resumió bien durante la iniciativa: corregir el mapa no cambia la geografía; cambia la manera en que la vemos.
Equal Earth, desarrollada en 2018 por Bojan Šavrič, Tom Patterson y Bernhard Jenny, intenta resolver precisamente ese problema. Es una proyección equivalente: deforma formas y distancias, porque no existe alternativa, pero mantiene correctamente las proporciones entre superficies.
Naturalmente, también ha llegado la ideología.
Estados Unidos calificó la iniciativa como parte de un proyecto ideológico más amplio. Sus críticos hablan, por el contrario, de eurocentrismo, colonialismo y justicia cognitiva. Incluso para discutir sobre una proyección cartográfica hemos conseguido organizarnos en bandos.
Quizá podamos ahorrarnos una parte del drama.
Mercator no conspiró contra África. Era un cartógrafo intentando que los barcos llegaran a puerto. Equal Earth tampoco va a reparar cinco siglos de historia.
Pero hay algo razonable en enseñar a un niño un mapa en el que los países ocupen aproximadamente la superficie que realmente tienen.
Los mapas nunca son la realidad. Son una selección de ella.
El problema empieza cuando olvidamos eso y convertimos una herramienta en una verdad.
Y viendo cómo discutimos hoy de política, historia o identidad, quizá lo raro no sea que durante siglos hayamos aceptado un mapa deformado.
Lo raro sería que empezáramos ahora a preferir la realidad.
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