El doce fue mi cumpleaños… así que nos fuimos a un restaurante de pitiminí, aquí, a orillas del Mediterráneo. Al acecho de tragaldabas, aparecieron en la carta unas manitas de cerdo. Hay muchas maneras de comer tan sabroso guiso. Lo suyo es a dos manos, las mangas por encima del codo. Vista la tropa circundante no me atreví a comerlas tan a la llana. Utilicé cuchillo y tenedor; y mientras los utilizaba me dio por pensar lo mucho que me gustan las manitas de cerdo y por recordar cuán feliz he sido comiéndolas. De niño las comía a la vizcaína… ¡Salve, pimiento choricero que das lustre a las salsas de mi niñez!
Claro que hay una y mil maneras de prepararlas. En Andalucía es frecuente servirlas con garbanzos. ¡Ay manitas con garbanzos, santo y seña de las honradas tabernas sevillanas! En Cataluña las he comido con caracoles, un plato, así bote pronto, sorprendente. Y mil maneras de servirlas, porque hay donde las sirven deshuesadas, así, entre nosotros, una pena.
La casquería tiene grandes enemigos, pero también grandes enamorados. Mismamente yo. Considero tras mucho comer de todo que la casquería va pareja a la felicidad. De niño recuerdo las cazuelas de manitas y lloro. En aquellos días todo era de toma pan y moja. Al menos así lo recuerdo. Todo era más sabroso… y más de verdad. También la amistad. Todavía recuerdo aquellas manitas de Aceuchal y a mi amigo Ángel. Aquel día de hace ya muchos años comimos manitas de dos orejas y rabo soberano. No hay palabras a la altura del guiso. En collera. Mano a mano. Va y viene. Pim, pam, pum. Repitiendo. Gozando. Riendo. Y mientras me comía estas otras de hoy con cuchillo y tenedor, untando poco por salvar la vida y las arterias, me acordaba de aquellas otras de ayer, los dedos arrugados de tanto comer y tanto chupar. Al menos estamos vivos, me decía a mí mismo para consolarme.
Recuerdo también haberlas comido a la alentejana, con cilantro a manta, en Estrela, una aldea portuguesa a unos pocos kilómetros de Moura. Tan en calma, tan mirando al mar de Alqueva, tan en su punto… Loado sea aquel magnífico ensopado de manitas y la cuchara con que me lo comí.
Las manitas de cerdo han hecho conmigo este viaje por la piel de toro del atracón a la calma… y bien que se lo agradezco. Estoy vivo para comer, de higos a brevas, una de manitas, con sus temblores de glorias y recuerdos. El ajo, el pimentón, el chorizo… y un vaso de vino. No ha tanto que ocurrió, no ha tanto que vivimos. Un año más, un año menos, qué más da mientras haya memoria de las manitas que he comido. ¿Lo demás? Lo demás importa menos… En todo caso, sea siempre como más gusten, a cuchillo y tenedor, a cuchara o cucharón, o en la rotunda verdad de comer con las manos, pero no olviden que yantar manitas de cerdo es una de los modos más excelsos de hablar con Dios.
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