La luz que no se ha ido

A las puertas del 8 de septiembre

santiok ooooo

(Especialista en tecnología de infra de IA, semiconductores, mercados eléctricos, ingeniería, desarrollo, evaluación y financiamiento de proyectos de infraestructuras)

06 de septiembre de 2026 a las 22:00h
Actualizado: 06 de septiembre de 2026 a las 23:02h

Hay una hora, a principios de septiembre, en que la luz de Cáceres se vuelve más lenta. La reconozco antes incluso de bajar del coche. Mis padres, que llevan unos cuantos septiembres a la espalda, salen cada día conmigo a sentir la ciudad: bajamos a dar una vuelta, sin prisa, y ese paseo por una ciudad que todavía se deja caminar es una forma de riqueza que aquí no siempre sabemos contar.

Después uno se va. Yo me fui, como tantos, y he trabajado en varios países desde Asia, América, pasando por Europa y hasta en Oceanía, casi siempre teniendo que explicar dónde quedaba mi tierra. Recuerdo con especial cariño a una señora farmacéutica en Auckland (Nueva Zelanda) que me preguntó de dónde era y después de escucharme muy atenta me dijo: “Gracias por venir a vernos que estamos muy lejos de tu tierra”. Pero esto no va de mí: somos muchos los extremeños repartidos por ahí, y todos hemos aprendido lo mismo. De lejos, el origen se ve sin la niebla del rencor ni la del orgullo fácil. Y lo que se ve es esto: Extremadura se ha contado casi siempre en pasado o en queja, y casi nunca en presente y en activos.

Este año se cumplen cuarenta de nuestra entrada en Europa. Trajo carreteras, regadíos, becas, una idea de futuro que hacía mucha falta. Pero cuarenta años después sigue pendiente lo más difícil, que no es recibir: es decidir. Que lo que ocurre en esta tierra se decida en esta tierra.

Y ahora vuelve a pasar algo que ya nos pasó con la energía. El mundo digital, que se nos vende como una nube, es en realidad una estructura muy física: hormigón, cobre, agua y megavatios. Es material, pesa. Necesita territorio, sol, red eléctrica, muchos oficios y silencio, y resulta que casi todo eso lo tenemos nosotros. Por primera vez en mucho tiempo la geografía no juega en nuestra contra: Extremadura tiene lo que el siglo XXI y la nueva revolución industrial buscan.

La pregunta, la única importante, es qué nos quedamos a cambio. Ya fuimos hace décadas tierra de embalses y de líneas de alta tensión que se llevaban la luz a otra parte. Sería una lástima repetir el papel: producir aquí y decidir fuera. No se trata de pedir milagros ni proteccionismos, sino lo que pediría cualquiera con dos dedos de frente sobre su propia casa: que junto a cada proyecto se queden formación, empleo cualificado, empresa local y una parte razonable del valor. Eso no es sentimentalismo. Es aritmética.

Escribo esto a las puertas del 8 de septiembre con una sensación nueva: que por fin discutimos sobre lo que va a pasar y no solo sobre lo que nos pasó. El extremeñismo, si es que hay uno solo, cabe en una frase: que irse sea una elección y no una condena, y que volver no sea una nostalgia sino un plan.

Mientras tanto, mañana volveré a dar ese paseo con mis padres. La luz seguirá ahí, esperándonos, como esperó siempre.

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Sobre el autor

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Santiago Rodríguez Agúndez

Especialista en tecnología de infra de IA, semiconductores, mercados eléctricos, ingeniería, desarrollo, evaluación y financiamiento de proyectos de infraestructuras

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