El López de Ayala, 140 años de resistencia

Tribuna Abierta

ana

(Profesora Asociada e investigadora del grupo AR-CO de Comunicación de la Universidad de Extremadura)

30 de octubre de 2026 a las 09:19h
Actualizado: 30 de octubre de 2026 a las 09:32h

El teatro de Badajoz, que estuvo a punto de no abrir en 1886, ardió en 1936 y se salvó del derribo en los años ochenta, cumple el 30 de octubre ciento cuarenta años de vida

Hay edificios que simplemente envejecen. Otros sobreviven. El Teatro López de Ayala pertenece a esta segunda categoría. Cuando el 30 de octubre se cumplan 140 años de su inauguración, Badajoz celebrará la supervivencia de uno de sus principales símbolos culturales.

Aquel coliseo decimonónico estuvo a punto de no abrir nunca sus puertas. Los primeros intentos de dotar a Badajoz de un teatro nuevo se remontan a 1861, y el proyecto avanzó durante un cuarto de siglo entre dificultades económicas, retrasos, cambios de criterio y la crónica escasez de recursos de una ciudad que en el siglo XIX luchaba por definir su papel en el mapa español. El Ayuntamiento, que había asumido el elevado coste de las obras, no pudo culminarlas y acabó vendiendo el edificio a dos contratistas que habían trabajado en la obra: Ramón Fernández Bretón y Deogracias Barriopedro. Quienes se ocuparon de su conclusión. La corporación municipal logró, al menos, que el teatro llevara el nombre de Adelardo López de Ayala, dramaturgo y político nacido en Guadalcanal, cuando esta localidad aún pertenecía a la provincia de Badajoz, y diputado por la ciudad.

Finalmente, el 30 de octubre de 1886, el telón se levantó por primera vez con la representación de la zarzuela El maestro Campanone. Se cerraba así una larga historia de incertidumbres y comenzaba otra mucho más apasionante.

El López de Ayala no tardó en convertirse en uno de los principales espacios sociales y culturales de la ciudad. Por sus tablas desfilaron compañías teatrales y líricas de primer nivel -muchas hacían parada en Badajoz de camino a Madrid, Lisboa, Salamanca o Sevilla- y figuras como Margarita Xirgú, María Guerrero o Jacinto Benavente. Pero fue un fenómeno emergente el que terminaría condicionando decisivamente su futuro: el cine. En 1897 el López de Ayala acogió las primeras proyecciones de cine de la ciudad. No fue una irrupción: el cinematógrafo llegó de la mano del ilusionista Dr. Posadas, como un número más de sus funciones de variedades, y durante medio siglo convivió sobre sus tablas con la zarzuela y el drama, acompañado de varietés que fueron desplazando lentamente el repertorio tradicional, incluidas las óperas para abonados.

Las proyecciones cambiaron las costumbres del público, transformaron la programación y permitieron que el teatro se adaptara a los nuevos tiempos cuando otros similares desaparecían incapaces de hacerlo. La llegada del cinematógrafo fue una oportunidad para seguir viviendo.

El fuego ya lo había rondado en 1893, cuando, sin luz eléctrica todavía, un quinqué de la escena prendió un cortinaje en un conato que quedó en susto. La prueba más dura llegaría el 14 de agosto de 1936. En medio de los combates por la toma de Badajoz, el edificio quedó envuelto en llamas y el devastador incendio provocado por las fuerzas que tomaron la ciudad para destruir unas baterías apostadas en los tejados lo dejó reducido a una ruina. Muchos pensaron entonces que aquella historia había terminado para siempre.

Sin embargo, entre 1939 y 1942 el López se reconstruyó y, con él, nació una de las singularidades que todavía hoy lo distinguen: una terraza de verano en la parte alta del edificio, que convive con la sala principal de estilo italiano en un mismo complejo.

Tampoco aquella segunda vida estuvo exenta de sobresaltos. Durante las cuatro décadas siguientes el teatro se orientó cada vez más hacia los estrenos cinematográficos, los espectáculos cómicos y el flamenco, mientras el inmueble acumulaba deficiencias y el mantenimiento resultaba insuficiente. A comienzos de los años ochenta el deterioro era tal que el teatro cerró sus puertas en torno a 1986, cuando cumplía su centenario, se puso en marcha su derribo. Probablemente fue entonces cuando estuvo más cerca de perderse definitivamente.

Aquella habría sido una de las mayores agresiones contra el patrimonio cultural de Badajoz. Por fortuna, prevaleció la conciencia colectiva. Cuando las máquinas estaban a punto de entrar en acción, un grupo de personas vinculadas al mundo de la cultura se plantó ante ellas. La presión ciudadana logró que el Ayuntamiento paralizara las obras de derribo y adquiriera el edificio. Con el respaldo de la Junta de Extremadura, la Diputación y otras instituciones, se apostó por una rehabilitación integral, una decisión cuya importancia resulta hoy incuestionable. El esfuerzo culminó en mayo de 1993, cuando el López de Ayala volvió a abrir sus puertas. Un año después nació el Consorcio López de Ayala, integrado por la Junta de Extremadura, el Ayuntamiento, la Diputación Provincial de Badajoz y la Fundación Caja Badajoz, para garantizarle una financiación estable.

Desde entonces solo ha vuelto a guardar silencio una vez, durante la pandemia.

Ciento cuarenta años después, el viejo teatro sigue en pie. Ha sobrevivido a la pobreza, a los retrasos de construcción, a los cambios tecnológicos, a un incendio, al abandono y a una amenaza de derribo. Su historia es una lección de resistencia, pero también una advertencia. Ningún patrimonio está garantizado para siempre. Cada generación decide qué merece conservar y qué está dispuesta a perder.

Treinta y dos de esos ciento cuarenta años los he pasado dentro de estas paredes. He visto el López de Ayala con el patio de butacas vacío a media tarde, desde el escenario un segundo antes de que suba el telón, desde el pasillo donde se escucha todo lo que el público no oye. Y sé que quien trabaja aquí no se va del todo cuando se va: algo de este teatro se queda contigo. Esa huella no se borra. La que esta ciudad le debe, tampoco.

El López de Ayala es mucho más que un lugar donde se representan obras, se proyectan películas o se celebran conciertos: es la demostración física de que la cultura constituye una necesidad colectiva. Un espacio donde una ciudad se encuentra consigo misma, dialoga con su pasado y proyecta su futuro.

Por eso, al cumplir 140 años, el verdadero homenaje no consiste en recordar lo que fue, sino en reconocer que sigue aquí. Y que, frente a todas las amenazas que ha sufrido, continúa recordándonos que la cultura nunca es un lujo: es una condición imprescindible para el progreso de los pueblos y para la construcción de una ciudadanía más libre, crítica y consciente de su propia historia.

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Sobre el autor

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Ana González Delgado.

Profesora Asociada e investigadora del grupo AR-CO de Comunicación de la Universidad de Extremadura

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