Hubiese dado igual la semana en que hubiesen visto este titular durante este invierno de agua y viento. El impacto de las tempestades Harry, Ingrid, Joseph, Kristine, Leonardo, Marta, Nils y Oriana en la península ibérica ha llenado caudales y presas, y de desgracias y dolor a millares de familias, con cauces desbordados que aún están derribando muros y viviendas. En España, el Consejo de Ministros aprobó esta semana ayudas para zonas afectadas por alguno de los setenta y seis episodios catastróficos, desde el pasado 10 de noviembre al 9 de febrero. En el distrito portugués de Leiria, una semana después todavía hay zonas sin electricidad ni comunicaciones. Salvatierra de Matos alberga aún 35.000 viviendas sin luz. El frente ribereño en Alcaçer do Sal permanecía sumergido desde el pasado domingo donde sólo en la primera noche de aislamiento, del miércoles al jueves, protección civil y emergencias rescataron a 137 personas de los pisos más altos, la mayoría ancianos que viven solos, viudas o jubilados, y los víveres se distribuían gracias a grúas por las ventanas porque media ciudad estaba anegada con niveles superiores a un metro y medio de agua. Alcobaça, Mirandela, trenes cancelados en Bragança para llegar a Lisboa; playas devastadas; innumerables carreteras levantadas, hundidas, con árboles encima obstaculizando el paso… Una pesadilla que forzó al país vecino a noches de vigilia y un runrún enloquecedor tras los oídos que trajo el viento del océano, hasta la ruptura definitiva del azud del río Mondego en el distrito de Coímbra hace dos días, que ha cancelado la A1, la autovía más larga de Portugal que une Lisboa con Oporto a través de 303 kilómetros.
Tan cerca de Extremadura que las lluvias provocaron en Portalegre la caída de una ladera de la sierra de San Mamede y el barro destrozó coches y viviendas en la avenida de San Antonio. Desde que estas alteraciones meteorológicas comenzaron -con riadas nunca vistas en los últimos cien años que han ahogado las cosechas, han suspendido los carnavales en Torres Vedras y los vientos han desarmado centenares de inmuebles, donde fallecieron dieciséis personas intentando reponer el tejado- las pérdidas materiales se estiman en unos cuatro mil millones de euros, según el primer balance que realizó el gabinete de Luis Montenegro la pasada semana. El ministerio de Educación ha suspendido los exámenes de primaria y secundaria, más de cincuenta monumentos han sufrido daños -desde la muralla de Évora al complejo religioso de Fátima- y el amianto de varias naves ha quedado diseminado por las calles, con el riesgo cancerígeno que ello provocó. Una devastación que obligó a extender el Estado de Calamidad hasta el próximo 15 de febrero en 68 municipios, aunque tanto Montenegro como el Presidente de la República cesante, Rebelo de Sousa, se mantuvieron firmes en la celebración de la jornada electoral para elegir a su sustituto, a excepción de tres municipios, Arruda dos Vinhos, Golegá, Alcaçer do Sal y siete freguesías, donde tardarán meses en recuperar la normalidad. En total, 36.852 electores sin poder ejercer el voto por fuerza mayor.
El Gobierno portugués aprobó algo lento una batería de ayudas urgentes para las familias que se han quedado sin nada, sólo para estos primeros días. Llegan hasta 1074 euros por persona: “Sólo tengo la ropa de cuerpo -dijo una señora a los micrófonos. Lo he perdido todo”. La tempestad ha castigado tanto a la agricultura en Leiria que el diario Público ya preveía el sábado pasado que habrá problemas para alimentar al país y que el Producto Interior, por eso y por la paralización de la construcción y la actividad industrial en las zonas devastadas, caería varias décimas. Un análisis extrapolable a España, pese a los datos en empleo y crecimiento con que cerraron ambos países: 1’9% en Lisboa y 2’8% en Madrid, comparable a los años del boom inmobiliario, y que hasta estas borrascas tenían previsto crecer otro 2% en 2026 en ambos países. Luis Montenegro ya ha adelantado ayer que van a activar fondos europeos del Plan de Resiliencia portugués para recuperar la normalidad.
La principal diferencia estriba en que, no sólo España tarda en recibir el primer golpe de estos frentes atlánticos en su interior, si no que, después de cada descarga pluvial, las cuencas del Duero, del Tajo y del Guadiana se han visto obligadas a desembolsar los pantanos gigantes que retienen el curso del agua. Lo hizo también Alqueva en la parte lusa, y el contiguo embalse de Caia después de trece años; e igualmente Peña del Águila, García Sola, Orellana, Zújar, La Serena por cuarta vez desde su creación, Cíjara, el Guadiloba, Cedillo, Alcántara… más de una veintena en el Tajo desde el Guajaraz de Toledo y cinco en Madrid que acumula 8.766 hectómetros cúbicos, ocho entre las veintidós presas extremeñas que han desaguado repletas la pasada semana. La cuenca del Guadiana, tradicionalmente más seca que en el norte extremeño, supera el 84’5% de reservas, por encima de ocho mil hectómetros cúbicos y soltando una media de 500 metros cúbicos por segundo. Y ese agua termina en Portugal, en el caso del Tajo y el Duero hacia los mismos distritos centrales que han castigado las lluvias previas, uniéndose a los ríos lusos Mondego, Velho o Sado. En total, la cota hídrica española ha ganado 21 puntos desde el inicio del tren de borrascas, hasta llegar al 77% de su capacidad, 43.341 hectómetros cúbicos. Almacena, ahora mismo, una cantidad potencial de 16.184 Gw, la mayor conocida. Y por fuera de estas vertientes hispano-lusas, el pasado día 11 de febrero, el dique izquierdo del río Mondego que cedió obligó a que miles de personas fueran desalojadas de sus casas y se multiplicaran las riadas entre Montemoro, Semide y las zonas ribereñas de norte a sur.
La hermandad física con Portugal, que a algunas familias nos ha regalado compartir sangre por el origen Almeida en Lisboa, se extiende al resto si observamos la interdependencia fraterna por las venas del agua en la península y de la fuerza del viento, que levanta los techos de la solidaridad. Durante siglos, las disputas de frontera azuzadas desde las respectivas cortes habían sumido al Alentejo y la Extremadura a la más absoluta de las miserias. Tanta sería que quien no se hizo aventurero y se marchó a descubrir mundo, se alistó en el ejército para llevar un plato a casa. El primer Tratado de Límites, rebajó en el siglo XIX tanto los conflictos por las tierras linderas como por el aprovechamiento de las aguas de los ríos compartidos. Y ya en este siglo, desde la firma del Tratado de Albufeira, tanto las descargas de agua se ejecutan de manera coordinada entre ambos Estados, como desembocó en el primer gesto mutuo: La construcción de Alqueva, el mar interior más grande de Europa, porque hasta esa fecha los portugueses carecían de un embalse gigante que les permitiera llevar el regadío de sus viñas y olivos hasta el mismo Setúbal, cerca de Alcaçer do Sal. Eso mismo lo recordó Luis Montenegro el pasado sábado. En alguna declaración del comandante nacional de Emergencia y Protección Civil esa semana, Mario Henriques Silvestre, alertando a Santarém y a las vegas del Tejo por las descargas en los embalses españoles, destiló un aroma a lo que mi abuela Natalia Parra Almeida denominaba nacionalismo “rabúo” cada vez que oía a un español arrogante despreciar a un portugués, o algún luso culpar de todos sus males a España; seguramente, involuntario en caso del Comandante Henriques, después de atender 6.796 incidencias sólo en los primeros cinco días de este febrero. Rabo, en portugués, significa “culo”.
Algo positivo traen estos castigos de Dios porque para los próximos años el riego y el consumo de agua humano y animal están asegurados; y este mes el precio mayorista de la producción en la electricidad no llegó a 5’29 € en Portugal y 17’34€ en España, frente a los 133€ en Italia, 130€ de Polonia, 108€ en Alemania, 89,19€ en Francia y los desorbitados 225’08€ de Finlandia y 239’97€ de las repúblicas bálticas, por la aportación extraordinaria de la energía eólica e hidráulica. La generación hidráulica en España se mantuvo siete días en cotas máximas, ceca de 200Gw diarios, un cuarto de la producción eléctrica total, sólo igualado en 2014. Lo que lleva del año 2026 se ha convertido en el más lluvioso del último lustro, y el séptimo desde 1961. Entre las energías solar y eólica en este último año se ha generado un total de 113.723Gw, el 44’34% de la demanda eléctrica, lo que supondría la capacidad de 15´35 centrales nucleares: ¡A ver si la notamos en el próximo recibo, porque en estos meses con tanto frío familias, fuera de la cobertura del bono social o el bono térmico anual, llegan a final del mes con dificultad! En 2024, Portugal seguía como el cuarto Estado miembro de la Unión Europea bajo un mayor porcentaje de gente con problemas para calentar sus casas (14’5%), estando la media europea en el 9’2% según datos de Eurostar.
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