Torero es una palabra muy larga. Larga como la espera. Larga como el miedo. Y, a la vez corta. Corta como la gloria. Ay, ser torero. Llevar por dentro todos y cada uno de esos patios de cuadrillas. En catarata. Llevar por dentro los ojos del toro al montar la espada. En arrebato. En este mundo se pueden ser muchas cosas, pero ¡ay! con ser torero. Y qué difícil dejar de serlo, dejar de andar en torero, dejar de respirar en torero. Pasarán los años y seguirás siendo torero. Y siempre habrá quien a tu paso diga ese fue torero sin saber que no has dejado de serlo. ¡Qué difícil arrancarte la piel!
A Javier Solís se le nota lo que es, un torero sonriente que lleva por dentro la pena de lo que pudo haber sido y no fue, de las puertas grandes que no abrió. De novillero iba como un cohete, luego se le fue yendo el gas. Tomar la alternativa es un salto y no siempre se cae de pie. Han pasado más de veinte años de todo aquello y yo sigo siendo de los de Javier Solís. Partidario sin sombra de renuncia. Como quien recuerda la noche de reyes. Las ilusiones no tienen olvido. Es curioso, la gloria de abrir una puerta grande dura lo que un relámpago, en cambio, la pena de no haberla abierto tarda en curar. Y, mientras duela, eres torero.
Volver a vestir de luces… por fuera. Por dentro va todo lo demás. Volver a las estrecheces del vestido, a los trastos, a las vacas… al cuerpo en tensión, volver al hambre, volver hasta cruzarse con uno mismo. Tiene su mérito y su intríngulis. Volver trece años después tan solo por ser dueño de un instante al que llamar propio. Volver por un solo día. Y volverá a ser larga la espera…
Será en Fregenal de la Sierra, piedra y cal, plaza fuerte almenada de siglos, aromada de romero y jara. ¡Tela de bonita! ¡Tela de torera! Será con dos figuras, Miguel Ángel Perera y Emilio de Justo. Dos que se visten por los pies. Dos a los que admiro dentro y fuera de los ruedos. Dos que son legión. Los dos hechos a sangre y fuego. Los dos, cabales. Los tres en las apreturas del patio de armas de Fregenal. Ellos y seis toritos portugueses. Seis de Murteira, dicho queda para el que lo quiera oír. Seis toros seis. Tres toreros tres. Será el próximo 10 de octubre y sonará el himno nacional… ¿qué pensará Javier en ese minuto estremecedor que anuncia la tormenta?
Quizá en volver a ser torero lo que dura el trueno. En su gente, en los que no le han visto torear. En la dicha de que le vean en torero, en lo que es, en lo que nunca ha dejado de ser. En torear para ellos, aunque solo sea lo que dura el relámpago. Una sola tarde. Como el peregrino que alcanza su destino y se postra.
Le verán, le veremos. Gracias a los que reman, a Tina, la alcaldesa, a Joaquín, el empresario, y a ustedes que pagan su entrada. ¡Vayan! Dice mi amigo Jesús Reynolds que una tarde toros empieza con el desayuno. Fregenal es buena mesa. Seguro que encuentran jamón y fino. Hablen de toros… y de toreros. Ronden con parsimonia de enamorado la plaza. Tomen un último café y digan yo vi a Javier Solís, yo le he vuelto a ver. ¡Qué buen torero! Yo, aquí en mi destierro, lo veré porque Canal Extremadura ha tenido a bien que lo vea. ¿Lo demás? Lo demás será lo que Dios quiera. Lo que ya nadie le quitará al torero de Badajoz será el santo orgullo de haber acometido tamaña empresa. Una empresa propia de quijotes. Que la Virgen de los Remedios le tenga de su mano. A él y a todos los que pisen el ruedo frexnense.
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