Invierno sin rosas

Agua de mar

Mar Gómez Fornés.
07 de octubre de 2026 a las 15:10h
Actualizado: 07 de octubre de 2026 a las 15:10h

¿De qué tamaño hablamos cuando ponemos en la boca el nombre de Winston Churchill? Gigante, descomunal, inabarcable, absoluto. Sin lugar a dudas, pues no se equivocaba el abuelete rechoncho de Europa al sentenciar esto: "un político es el hombre que dice lo que va a suceder y luego explica por qué no sucedió". ¿Se puede decir más con menos?

O el famoso "no es esto, no es esto" de Ortega y Gasset cuando al año de echar a andar la República vio la deriva que aquello tomaba y cómo se alejaba de lo que había soñado. No, no era eso.

Quizá por esto, dijo el mismo filósofo, que el español es reacio al pensamiento y hay que tratar de convencerlo desde la “plazuela intelectual que es un periódico”. La plazoleta, convertida hoy en lugar de acampadas y no de palabras.

Ya no es el político al que debemos pedir explicaciones sino a nosotros mismos, los periodistas. ¿Qué ha sido del periodismo político, mesurado, pensado, meditado y esclarecedor de los hechos? ¿Qué ha sido de la pequeña brizna de rigor que flotaba en algunas rotativas, como esa pluma de paloma danzando en el aire?

Alguien ha dicho con acierto estos días que los políticos y la política ocupan demasiado nuestra vida y quizá es hora de ponerlos en su lugar para que así la crispación se disuelva en aros, desaparezca y empecemos de nuevo donde lo dejamos hace años.

Volver, sí, pero... ¿adónde? Justo al instante en que dejamos de ser lo que se espera de nosotros, porque el periodista es en esencia un ser comprometido con la verdad, mientras que el político es un ser comprometido hasta su esencia con la mentira. La verdad, lo comprometería a actuar de manera ortodoxa y es eso lo que no tolera el político. Detrás de las siglas hay toda una tramoya de suciedades y mentiras que permiten al político llegar a la consecución de sus pretensiones particulares.

Por desgracia y en paralelo, el periodismo ha perdido la gran virtud de independencia. Hemos perdido por el camino la gran virtud de plantearnos al prójimo, es decir, el problema vital de quien nos va a leer. Hemos olvidado que la gran cortesía del periodismo es la verdad. Y aun más, la afectividad, el calor, la claridad, el rigor. Necesitamos pensamiento crítico, que el periodismo vuelva a ser un almacén de estímulos y por ende, que la política vuelva a ser un enérgico diálogo entre diferentes, sin este egoísmo que nos ha llevado hasta los bordes. Ojalá pronto vivamos en paz, sin este litúrgico cansancio ni este invierno sin rosas.

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Mar Gómez Fornés

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