El pasado miércoles, en Los Desayunos de La Portada, Iván Redondo soltaba una de esas tesis intuitivas que te obligan a frenar en seco y pensar: las próximas elecciones las ganará quien sepa transmitir emociones positivas. Psicológicamente, no anda muy perdido. ¿El motivo? La gente está, sencillamente, exhausta. Agotada de la bronca política y asustada por un panorama internacional que parece el mapa de cables cruzados de un artefacto a punto de estallar.
Cualquiera que hable con sus vecinos, que escuche en la barra de un bar o que simplemente apague la televisión saturado de ruido sabe que Redondo no va muy desencaminado. Pero, más allá de sus habilidades como estratega, hay una explicación mucho más profunda: es pura psicología humana. Nuestro cerebro, de forma natural, está a punto de entrar en modo autodefensa.
Cuando encadenas una crisis global con otra y, para colmo, abres los informativos o las redes sociales y solo encuentras descalificaciones y desgracias, la mente se satura. En psicología existe un término llamado “saturación alostática”, que no es más que el desgaste acumulado por sostener el estrés durante demasiado tiempo. El cuerpo se agota de segregar cortisol —la hormona de la alerta— y activa un mecanismo de supervivencia básico: la evitación. Desconectamos. Dejamos de escuchar al que nos pide más indignación porque ya no nos cabe más rabia en nuestro cerebro.
La psicóloga Barbara Fredrickson demostró que, mientras el miedo estrecha nuestra mente para que solo pensemos en huir o atacar, las emociones positivas —la seguridad, el alivio, la esperanza— consiguen justo lo contrario: amplían nuestra mirada, nos relajan y nos permiten volver a imaginar un futuro juntos.
En un mercado electoral donde casi todos los productos se venden con distintos colores, pero bajo el sello del “voto del miedo”, el verdadero factor disruptivo va a ser el voto del refugio. Quien consiga bajar las pulsaciones de la ciudadanía y ofrecer un espacio de calma y optimismo real se ganará la confianza de una sociedad que, por encima de todo, lo que necesita ahora mismo es un respiradero.
La idea central es que el próximo ciclo político puede no ganarlo quien consiga provocar más miedo, sino quien sea capaz de transmitir más calma y más esperanza a través de soluciones reales y viables. La sociedad llega cansada, saturada de bronca, de amenazas constantes y de una conversación pública que muchas veces parece diseñada para mantenernos en tensión. En ese contexto, la rabia sigue movilizando a una parte del electorado, pero también expulsa a mucha gente que ya no tiene energía para vivir la política como una guerra permanente.
La gente no quiere que le nieguen los problemas, pero sí necesita sentir que existen salidas y soluciones reales
Por eso, las emociones positivas pueden convertirse en una ventaja política. No hablo de optimismo ingenuo, de engañar desde el positivismo de Bob Esponja ni de vender felicidad artificial, sino de algo más serio: transmitir seguridad, competencia y futuro. La gente no quiere que le nieguen los problemas, pero sí necesita sentir que existen salidas y soluciones reales y, sobre todo, promesas que se cumplen, independientemente de que gusten o no gusten. La fórmula mágica será algo parecido a esto: emociones positivas + promesas cumplidas = confianza ganada.
Ahí aparece la mayoría silenciosa. No siempre está en redes, no siempre grita y no siempre se manifiesta, pero existe. Es la gente que trabaja, cuida, paga facturas y lo único que espera es que aquellas personas a las que ha votado resuelvan sus problemas.
Muchas veces su silencio no es indiferencia, sino agotamiento. Esa mayoría no quiere más ruido; quiere normalidad, respeto, soluciones y una ilusión realista, con los pies en el suelo.
La gran oportunidad política puede estar en ofrecer refugio emocional: un tono que baje la tensión, que no convierta cada desacuerdo en una batalla y que permita volver a imaginar un futuro compartido. Porque quizá la pregunta decisiva para muchos ciudadanos sea con quién se sienten más protegidos y más capaces de volver a ilusionarse y creer que las cosas que se prometen se cumplen.
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