Indivisibles

O Cais das Colunas

José Luis Lucas.

(Politólogo y periodista)

24 de noviembre de 2025 a las 18:53h
Actualizado: 05 de diciembre de 2025 a las 10:05h

La llegada del Estado Moderno, tanto para España como para Portugal, se aceleró con la invasión napoleónica en 1808 y desemboca en las decadencias imperiales que supone para Lisboa el Ultimátum británico de 1890, desde que Brasil se independizara en 1822, y para Madrid el Desastre de 1898 con la derrota y pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, desde que en 1816 reconoció la independencia argentina. Aunque la proyección exterior lusa basó la construcción de su Imperio en el Atlántico africano y la española alrededor del mar Caribe y el Pacífico, la dependencia de ambos Estados peninsulares respecto a otras potencias euroatlánticas según los vínculos históricos de sus dinastías reales -los Avis y Bragança con Inglaterra desde la Alianza en el siglo XIV, y los Borbones con Francia desde la guerra de Sucesión que relegó a los Habsburgo- les acompasará a lo largo del siglo XIX en procesos tan similares como, por desgracia, bélicos entre sí cuando la península ibérica o los océanos se convirtieron en el tablero donde estas dos potencias dirimían su liderazgo militar y comercial, y España o Portugal les servían como fieles escuderos.  

La definitiva derrota de la causa absolutista en sociedades tan determinadas por la Iglesia católica, donde la preeminencia del varón sobre la mujer en la sucesión regia escondía dos maneras antagónicas de construir la sociedad, se dirimió con sangre y la división interna: la derrota el miguelismo tras una guerra civil entre 1828 y 1834 dibujó en Portugal una separación atávica entre el interior y el litoral, por donde llegaban las ideas y las mercancías de la corte británica; la del carlismo, entre 1833 a 1840 en su primera versión hasta la victoria liberal en 1875, desembarazó en la contraposición de un modelo jacobino y centralista del Estado, el castellano; y otro federalista, propio de la corte de Aragón, capaz de reconocer fueros hacia los que mutó la Iglesia en Galicia, País Vasco, Navarra y Cataluña, como especificidades culturales en el seno de un Estado plural que intentaba, al mismo tiempo, integrar así las colonias como provincias ultramarinas. Y esta variable determinará el devenir en el futuro: una república pequeña e indivisible en Portugal como un armadillo frente a la potencia vecina que veía limitada sus ansias filipinas de anexión peninsular con los conflictos internos en el Rosellón o en el país vasco-navarro desde la misma desarticulación del orden antiguo. El Trienio Liberal español en Portugal tomará el nombre Vintista. Está influenciado por la independencia política de Brasil, reconocida en 1825 por Lisboa gracias a la presión inglesa quienes, desde la huida allí del Rey João IV en 1808, forzó la apertura de los puertos al comercio británico y la firma del Tratado de Comercio y de Navegación en 1811. Eso, que levantaría no pocos resentimientos contra el inglés, encadenó igualmente el odio contra Napoleón y los afrancesados, como Manuel Godoy, quien pactó con ellos dividir Portugal en tres reinos y él quedarse como monarca del Algarve. El extranjero les había arrebatado el monopolio de la metrópoli lisboeta con el comercio más allá del mar.     

En cualquier caso, ambas soluciones liberales para que convivieran la monarquía histórica con las incipientes burguesías urbanas y la aristocracia agraria pasaría en ambos Estados porque el parlamento, y sus comedias caciquiles de las elecciones, se cimentaran con tiempo bajo el rotativismo luso o el turnismo hispano, entre liberales y conservadores, primero; y entre progresistas y radicales, ya en el siglo XX, esencia del bipartidismo que quiere reventar Chega y Vox. Domesticaron a la Iglesia con la estrategia del palo y la zanahoria: Expulsión de los jesuitas, tanto por el marqués de Pombal como por el rey Carlos III de España; desamortizaciones de bienes y, en el caso luso, la prohibición de las órdenes religiosas transnacionales a cambio de que el Estado se hiciera cargo de la pensión y respetara la herencia familiar del clero. Sólo de los portugueses - eso sí- que cerraba cualquier atisbo de división clerical como en España, fundamento socializador de los nacionalismos catalán y vasco que diferenciaron desde finales del siglo XIX el republicanismo laicista y jacobino de Portugal del federalismo confesional español. Ambos fracasaron  las primeras versiones en el parlamento porque pecaron al reproducir el mismo rotativismo/turnismo que con monarcas en la Jefatura del Estado: la I República española y la república vieja que surge tras el regicidio de Carlos I de Bragança y su heredero Luis Filipe en el Terreiro do Paço.  

Sólo así puede explicarse el rotundo rechazo que sufrió el 8 de noviembre de 1998 el proyecto socialista para construir un modelo de Estado luso dividido en ocho regiones administrativas, al margen de las autónomas ya existentes en Madeira y Azores, igual que España y Alemania constituyeron su modelo territorial. El 63’9% de los portugueses rechazaron tal descentralización. Ello supuso la jubilación de Antonio Guterres y la consolidación del heredero derechista de la corriente Nova Esperança en el seno del PSD, Marcelo Rebelo de Sousa, el hoy saliente presidente de la República indivisible el próximo mes de enero. Bajo el discurso de “el país necesita estabilidad”, y apoyado por el líder del Partido Popular, Paulo Portas, quien calificó la consulta como “error grave de los socialistas, que nada tiene que ver con la agenda de los portugueses”, el centro derecha encontró donde golpear a los herederos de Mario Soares. El Partido Comunista, aliado del PS, había culpado a sus compañeros de viaje por la derrota de “una reforma necesaria para Portugal” -según Carlos Carvalhas- y acusó a los socialistas de contradicciones internas que “no supieron combatir el mensaje falso de la fragmentación del país”.  

Aunque en aquel referéndum sólo votó el 52% del censo, en caso de que el resultado hubiese sido otro, el presidente de la Asamblea de la República, António Almeida Santos, recordó que la regionalización es un precepto constitucional al que debe tender la acción política sin darlo como preceptivo, mientras el popular Manuel Monteiro obligaba al retiro de esa “obligatoriedad” y “sacar” eso de la Carta Magna. El entonces presidente de la República y ex alcalde de Lisboa, la vieja metrópoli, el socialista Jorge Sampaio, se dirigió al país para que mantuviera “la serenidad contra dramatizaciones inútiles” y finalmente sugirió que debía “mantenerse la estabilidad política” frente a los “ruidos” lanzados en torno a la consulta... Una marcha atrás que llevó al mismo Marcelo Rebelo de Sousa, hijo de Baltazar, el ministro salazarista que fuera gobernador en la colonia de Mozambique, y antes derrotado por Jorge Sampaio en las elecciones municipales de 1989 a la Cámara Municipal de Lisboa, capital del viejo Imperio colonial, a la Presidencia de la República de la que ahora se despide y a quien sucederá el próximo 18 de enero, el moderado Mendes, el socialista Seguro, el ultraderechista Ventura o un militar, el Almirante Gouveia e Melo, con la unidad del Estado también como bandera unánime. Nada nuevo bajo el sol. El último sondeo sitúa al derechista Mendes, al líder de Chega y al militar al frente de los pronósticos. Sintomático ¿No creen? 

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