O no. Lo nuestro nació torcido. Con su tara. Con su baño en falta y mi padre urgido. Háganse a la idea sabiendo que mi padre murió hace casi veinte años. Entramos, él y yo, a curiosear. Era el primer IKEA de nuestras vidas. Tan grande, tan nunca visto. El monstruo, voraz, nos esperaba con las fauces abiertas. Anda que te anda llegamos a sus tripas, fue entonces cuando todo se precipitó, eso fue cuando mi padre preguntó por el baño. ¡Inocentes! El paseo comercial acabó en viaje al centro de la Tierra. Atrapados los dos como jonases en ballena ajena. Los dos intentado escapar por las salidas de urgencia. Hoy, pasados los años, ese recuerdo es de los pocos que no se me borra. Los empleados no sabían a ciencia cierta por dónde atajar. O no quisieron que nosotros lo supiéramos. Suecos no serían, pero tampoco parecía importarles que un caballero de casi noventa años estuviera a punto del desbordamiento. Lo más cerca que he estado de entender a Kafka fue ese día aciago. Aciago no, porque al final las aguas encontraron su cauce, pero de aquello quedó en mí una sensación extraña como de falta de aire. Aciago no, pero de infausta memoria. Les juré odio eterno. Así, en principio, no tenía nada en contra de los suecos. Ni de las suecas. Son gentes de buen ver. Los empleados no. Los empleados eran de aquí y, como nosotros, estaban de estreno, acababa de abrir sus fauces el monstruo.
Se preguntarán si volví por los infiernos tras la pesadilla del Dante. Hay quien asegura que siempre se vuelve al lugar del crimen. Yo a la fuerza, pero sí, he vuelto. Mi casa se ha llenado de adminículos en sueco y considero la casa de mi hija una sucursal de IKEA. Sucursal, con baño, pero sucursal. Baracaldo, Badajoz, Murcia, Valladolid… lo mismo da, sigo sin saber cómo llegar al baño. Me siento atrapado en el laberinto. Entre Nobel y Abba. Entre usar y tirar. Entre tirar sin usar y tirar por la calle de en medio. En IKEA nunca sé si voy o vengo. Trato, como Pulgarcito, de dejar un rastro de migas de pan, pero alguien se las come. No entiendo sueco, pero a ellos no parece importarles. A mi alrededor la gente nada feliz en semejante pecera. Suelen ser jóvenes no mal avenidos con su próstata. Y mujeres. Mujeres sin próstata, que como es lo habitual desde que el mundo es mundo, deciden cuándo y cómo. Tras ellas, dos pasitos por detrás, ellos, como porteadores congoleños. Entre semejante molienda comercial siempre me asalta el recuerdo de Livingston perdido y enfermo en Tanzania. ¿El baño, supongo? Mi caso debe ser un trasunto del de Paco Martínez Soria -el personaje, no la persona- en el Corte Inglés. ¡Invento del maligno las escaleras mecánicas! ¡Quién sabe! Cuando somos jóvenes del mundo hacemos un plano y pretendemos que ese plano nos sirve de por vida. Luego el tiempo, la edad y la próstata se encargan de desbaratarnos los planos y los planes. Quizá la próstata también sea algún día de usar y tirar. Quizá un día no muy lejano haya próstatas de recambio (en viruta de madera, por supuesto). Quizá un día sepamos dónde está el baño y hasta sepamos llegar sin tener que dar la vuelta completa al globo. La vuelta a IKEA en ochenta días y quinientas noches. Hoy me he levantado verniano… y es que hacer pis en IKEA es toda una novela de aventuras.
Termino. Escribo todo esto porque ayer oí decir a un muchacho que de la cárcel se sale, pero de IKEA no. Me acordé de mi padre… y me eché mano a la bragueta por lo que pudiera pasar.
Añadir La Portada de Extremadura como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.