Humanos, demasiado humanos

De Retales a Relatos

Concha Luis.

(Periodista)

06 de abril de 2026 a las 16:31h
Actualizado: 06 de abril de 2026 a las 16:31h

Los viajes interestelares y las misiones a la Luna se me antojan siempre impregnadas de un halo de magia y magnetismo. Una se imagina flotando en el vacío, asomada al ojo de buey de la nave, contemplando estrellas, planetas y hasta galaxias remotas, agujeros negros y horizontes de sucesos.

Es en ese instante cuando, supongo, se toma conciencia de la propia pequeñez y se relativizan, ante la inmensidad del cosmos, los contratiempos y sinsabores de la cotidianidad mundana.

Así imagino yo a los tripulantes de la Artemis II, qué nombre tan hermoso, nadando en el aire a la hora del desayuno mientras suena Space Oddity, de David Bowie, que, dicho sea de paso, es una de las canciones más bellas que el ser humano ha ideado.

Ground Control to Major Tom (ten, nine, eight, seven, six)
Commencing countdown, engines on (five, four, three, two)
Check ignition and may God's love be with you (one, lift off)

Me atrevería a asegurar que los astronautas no toman café en taza, pero me gusta pensarlos entretenidos en perseguir esa gota que se escapa del recipiente espacial para orbitar como un pequeño, redondo y perfecto planeta…

Parece, en cambio, que la realidad obedece a cuestiones más prosaicas y, en la infinidad del espacio, 'va y se te estropea el inodoro'.

Y, de repente, se produce una extraña colisión entre la épica del descubrimiento y la fragilidad del entorno en el que habitamos. Mientras el mundo entero espera una frase épica, la heroína de la Artemis, porque por fin las mujeres podemos ser fontaneras además de cosmonautas, forcejea con un sistema de succión en huelga, a trescientos mil kilómetros de la ferretería más cercana.

Cabe preguntarse si no es esta una metáfora cruel de nuestra condición. Queremos ver la cara oculta de la Luna, convertirnos en polvo de estrellas, pero, al final, nos descubrimos humanos, demasiado humanos.

Y, entonces, la verdadera valentía no consiste en cabalgar solo un cohete, sino en mantener la dignidad cuando el entorno se vuelve escatológicamente hostil de la manera más rudimentaria.

La Artemis transporta el peso de nuestros sueños, pero también el de nuestra perfecta, o no, arquitectura biológica.

Porque el espacio no es solo silencio y luz; es también la lucha contra el desorden de las cosas pequeñas.

Y quizá sea precisamente ahí, entre una galaxia lejana y un tornillo que se afloja, donde realmente habitamos.

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