La concesión de la Medalla de Extremadura al Museo Nacional de Arte Romano de Mérida ha removido en mí recuerdos que permanecían escondidos en algún rincón de la memoria y que, de pronto, han reaparecido con una nitidez sorprendente.
Quienes fuimos niños en la Mérida en la década de los setenta y estudiábamos en el colegio Trajano recordamos bien aquel callejón con el que nos tropezábamos de frente y en el que solíamos jugar al terminar las clases. Allí se alzaba el edificio que durante muchos años albergó el antiguo Museo de Arte Romano. La primera ubicación del Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, que nació en 1838 como el Museo Arqueológico de Mérida, fue el antiguo Convento de Santa Clara, también catalogado como iglesia de Santa Clara. En una de sus ventanas destacaba la figura inmóvil de un hombre al que observábamos con la curiosidad propia de la infancia. Fue la ingenuidad de aquella infancia la que me hizo creer que era Franco. Solo cuando fui joven descubrí que se trataba de José Álvarez Sáenz de Buruaga, arqueólogo, director del museo y uno de los grandes artífices de la defensa y la puesta en valor del patrimonio emeritense.
La vida tiene a veces estas ironías. En 1986, siendo alumna de Periodismo en la Universidad Complutense, realicé una de mis primeras prácticas profesionales cuando el nuevo Museo Nacional de Arte Romano, obra magistral de Rafael Moneo, comenzaba a consolidarse como un referente internacional. Sin embargo, no fui capaz entonces de relacionar aquel acontecimiento con la imagen que había contemplado tantas veces en mi infancia tras una ventana. No entendía todavía que aquel hombre silencioso formaba parte de una generación imprescindible, de esas personas que transforman el futuro de una ciudad a fuerza de convicción, trabajo y visión.
Con los años he comprendido mejor lo que significó su trabajo. Sin la perseverancia de Buruaga, sin su capacidad para convencer a quienes tenían que tomar decisiones, es difícil imaginar la Mérida cultural que hoy conocemos. No se limitó a conservar restos arqueológicos. Ayudó a que la ciudad volviera a mirar su pasado como una riqueza y no como algo que simplemente estaba ahí.
Por eso me emocionaron especialmente las palabras pronunciadas en el acto institucional con motivo del Día de Extremadura por la directora del museo, Trinidad Nogales, al recordar una reflexión atribuida a Séneca: la vida no se mide por la cantidad de cosas que hacemos, sino por la calidad de las cosas que hacemos. Esa idea resume perfectamente la historia del museo y también la de quienes lo han hecho posible.
Pienso en Buruaga, pero también en Trinidad Nogales, que ha sabido continuar una tarea nada sencilla: mantener vivo un proyecto cultural que pertenece ya a varias generaciones de emeritenses.
Su intervención fue también un ejercicio de memoria, un recordatorio de que ningún logro colectivo surge de la nada y de que para llegar hasta aquí han sido necesarias personas capaces de anteponer la calidad a la cantidad, el legado al protagonismo, la permanencia a lo efímero.
El Museo Nacional de Arte Romano merece esta Medalla de Extremadura. No solo por lo que conserva, sino por lo que ha significado para la ciudad
Quizá por eso el Museo Nacional de Arte Romano merece esta Medalla de Extremadura. No solo por lo que conserva, sino por lo que ha significado para la ciudad. Porque es uno de esos lugares capaces de unir la memoria de quienes vivieron aquí hace dos mil años con la de quienes seguimos paseando hoy por sus calles.
Las ciudades, como las personas, están hechas de memoria. Y algunas memorias permanecen dormidas hasta que un acontecimiento, una voz o una emoción las despiertan. Esta Medalla de Extremadura ha hecho aflorar una de las mías. La de aquella niña que salía del colegio Trajano mirando una ventana sin percatarse de lo que veía. La de una periodista que años después entendió que detrás de aquella figura había un hombre que había decidido dedicar su vida a algo mucho más importante que él mismo.
A dejar huella.
Porque las personas pasan, pero algunas de las cosas que construyen permanecen. Y pocas son tan visibles en Mérida como el legado de quienes dedicaron su vida a proteger su historia para que las generaciones futuras pudieran comprenderla y disfrutarla.
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