El domingo 25 me desperté con la certeza de que era tarde. El móvil decía que eran las siete; mi cuerpo, que no se fía de los móviles, juraba que eran las ocho, y durante un minuto largo no supe a quién creer. Me quedé en la cama con una sensación que no recordaba desde niña: la de haber ganado algo sin mover un dedo. Una hora entera, sin dueño, y toda para mí.
La gasté en nada. Leí el periódico de principio a fin, regué las macetas, me quedé mirando cómo la plaza se despertaba despacio. Hacía años que un domingo no me cundía tanto.
Bajé a la cocina y el reloj del horno marcaba la hora exacta. Es el único de la casa que no toqué en marzo, por pereza, y llevaba seis meses equivocado. Aquella mañana volvía a tener razón. Le dediqué una mirada de simpatía.
Llevo años pidiendo que acaben con el cambio de hora. Cada marzo me quejo de la hora que me quitan con una indignación que dura hasta el jueves. Cada octubre me quejo de que la tarde se despide a media merienda. Lo pido en las sobremesas, con el aplomo de quien lo ha oído en la radio y no piensa discutirlo. Firmaría cualquier papel que me pusieran delante.
Esa misma semana leí que el 25 era el último cambio del calendario oficial publicado en el BOE, y se me alegró el ánimo. Seguí leyendo y se me fue. Terminaba el calendario; el cambio seguía en pie. El siguiente está previsto para el 28 de marzo.
Si lo quitan, ¿con qué hora me quedo? La de verano regala tardes largas y mañanas a oscuras. La de invierno devuelve el amanecer y recorta la terraza. Esa tarde lo comprobé: a las siete la luz ya se había ido y yo seguía fuera, con la chaqueta puesta y el café a medias. Lo apunté todo en una servilleta, en dos columnas, y me quedé mirándola.
Quería la tarde larga de julio. Quería la hora de propina de octubre. Quería, sobre todo, seguir quejándome.
La servilleta sigue sobre el horno, con las dos columnas sin cerrar. El 28 de marzo adelantarán los relojes y volveré a firmar contra el cambio. El horno, que acierta la mitad del año, no ha tenido que decidir nada.
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