El sábado dediqué muchas horas a ver cine. Como dijo Julia Roberts en Pretty Woman, planté el pandero en el sillón a las cuatro de la tarde y me zampé, en un orden absolutamente arbitrario, cuatro películas radicalmente distintas: Materialistas, El coloso en llamas, Tres anuncios a las afueras y La hermanastra fea que, sorprendentemente, tejieron ante mí un hilo de reflexión sobre las desigualdades entre mujeres y hombres.
Materialistas abrió con una mirada, desde la más absoluta banalidad, a las relaciones y el poder. Sus personajes femeninos parecían atrapados en redes invisibles, en expectativas sociales, exigencias emocionales y decisiones que no les pertenecían del todo. La sutileza de la desigualdad, me di cuenta, no siempre se expresa con violencia; a veces se oculta en gestos cotidianos, en lo que se espera que las mujeres hagamos y digamos sin que nadie lo cuestione.
Luego llegó El coloso en llamas, un espectáculo de adrenalina, heroísmo masculino y jerarquías de mando. A primera vista, nada que ver con la desigualdad. Sin embargo, entre explosiones y rescates, noté cómo los hombres deciden, actúan y son celebrados, mientras las mujeres observan o esperan para ser salvadas de las llamas, entre frases lapidarias sobre el sexo, la vida o la responsabilidad. La película, sin proponérselo, repite el patrón social milenario de que el poder y la voz siempre están concentrados en manos de los hombres.
La tercera película, Tres anuncios a las afueras, fue un golpe más directo. Una mujer enfrenta la indiferencia institucional, la incomprensión de su comunidad y el dolor que otros prefieren ignorar. Su lucha no es heroica por espectacular, sino por persistente, cotidiana y humana. Aquí la desigualdad se hace tangible en lo que se tolera, en lo que se omite y se normaliza.
Cerré con La hermanastra fea, donde la comedia y el romance disimulan una verdad dolorosa. La protagonista sufre de manera constante para encajar en estándares de belleza impuestos por la sociedad. Cada gesto, cada sacrificio, cada intento por responder a los cánones refleja un sometimiento silencioso al dolor físico y emocional. La película expone cómo la presión social transforma la apariencia en arma de juicio y el sufrimiento en requisito para ser aceptada, recordando que la desigualdad no siempre se mide en oportunidades o derechos, sino en lo que nos obliga a soportar para simplemente existir según los patrones vigentes.
Las cuatro películas, tan dispares en estilo y época, dibujaron ante mí un mismo mapa de injusticias. La desigualdad entre mujeres y hombres no solo persiste, sino que muta para adaptarse, a veces de manera evidente y otras de un modo estructural.
Apagué la televisión con la sensación de haber viajado por siglos de historias en pocas horas. Y comprendí que el cine, además de entretener, puede ser un espejo que nos obliga a mirar con honestidad, a preguntarnos qué toleramos, qué reproducimos y qué estamos dispuestos a cambiar.
Porque, al final, la reflexión sobre la desigualdad no necesita manuales; basta mirar, incluso en la pantalla, qué historias seguimos contando y a quiénes dejan atrás.
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