Las historias que elegimos

De Retales a Relatos

Concha Luis.

(Periodista)

18 de marzo de 2026 a las 18:53h
Actualizado: 18 de marzo de 2026 a las 18:53h

El sábado dediqué muchas horas a ver cine. Como dijo Julia Roberts en Pretty Woman, planté el pandero en el sillón a las cuatro de la tarde y me zampé, en un orden absolutamente arbitrario, cuatro películas radicalmente distintas: Materialistas, El coloso en llamas, Tres anuncios a las afueras y La hermanastra fea que, sorprendentemente, tejieron ante mí un hilo de reflexión sobre las desigualdades entre mujeres y hombres.

Materialistas abrió con una mirada, desde la más absoluta banalidad, a las relaciones y el poder. Sus personajes femeninos parecían atrapados en redes invisibles, en expectativas sociales, exigencias emocionales y decisiones que no les pertenecían del todo. La sutileza de la desigualdad, me di cuenta, no siempre se expresa con violencia; a veces se oculta en gestos cotidianos, en lo que se espera que las mujeres hagamos y digamos sin que nadie lo cuestione.

Luego llegó El coloso en llamas, un espectáculo de adrenalina, heroísmo masculino y jerarquías de mando. A primera vista, nada que ver con la desigualdad. Sin embargo, entre explosiones y rescates, noté cómo los hombres deciden, actúan y son celebrados, mientras las mujeres observan o esperan para ser salvadas de las llamas, entre frases lapidarias sobre el sexo, la vida o la responsabilidad. La película, sin proponérselo, repite el patrón social milenario de que el poder y la voz siempre están concentrados en manos de los hombres.

La tercera película, Tres anuncios a las afueras, fue un golpe más directo. Una mujer enfrenta la indiferencia institucional, la incomprensión de su comunidad y el dolor que otros prefieren ignorar. Su lucha no es heroica por espectacular, sino por persistente, cotidiana y humana. Aquí la desigualdad se hace tangible en lo que se tolera, en lo que se omite y se normaliza.

Cerré con La hermanastra fea, donde la comedia y el romance disimulan una verdad dolorosa. La protagonista sufre de manera constante para encajar en estándares de belleza impuestos por la sociedad. Cada gesto, cada sacrificio, cada intento por responder a los cánones refleja un sometimiento silencioso al dolor físico y emocional. La película expone cómo la presión social transforma la apariencia en arma de juicio y el sufrimiento en requisito para ser aceptada, recordando que la desigualdad no siempre se mide en oportunidades o derechos, sino en lo que nos obliga a soportar para simplemente existir según los patrones vigentes.

Las cuatro películas, tan dispares en estilo y época, dibujaron ante mí un mismo mapa de injusticias. La desigualdad entre mujeres y hombres no solo persiste, sino que muta para adaptarse, a veces de manera evidente y otras de un modo estructural.

Apagué la televisión con la sensación de haber viajado por siglos de historias en pocas horas. Y comprendí que el cine, además de entretener, puede ser un espejo que nos obliga a mirar con honestidad, a preguntarnos qué toleramos, qué reproducimos y qué estamos dispuestos a cambiar.

Porque, al final, la reflexión sobre la desigualdad no necesita manuales; basta mirar, incluso en la pantalla, qué historias seguimos contando y a quiénes dejan atrás.

Añadir La Portada de Extremadura como fuente preferida de Google de forma gratuita.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora

Sobre el autor

Concha Luis.
Concha Luis

Periodista

Ver biografía
Lo más leído