Tengo una cafetera de cápsulas y una taza más bien chica, así que me ando con ojo no sea que el café la desborde. A mí la política me ha desbordado. Mira que es importante la política… casi tanto como el café. Café, camaradas. Es importante discutir y decidir sobre las cosas del común. Bien está que se debata y hasta que se haga propaganda. La política como lugar de encuentro y debate sobre cuanto afecta a la ciudad y, por ende, a los ciudadanos. Al menos, etimológicamente. La quintaesencia de la política debería ser poco más que una comunidad de vecinos discutiendo sobre el mantenimiento del ascensor. Lo demás debería ser pacífico. Evidentemente nunca lo ha sido. La política tiende, como las reuniones de vecinos, a terminar en jaula de grillos. Siempre… y ahora más. O, al menos, a mí me lo parece.
Es cierto que cuando yo era joven te podían matar por pensar distinto. Recuerdo que ya estaba yo en la universidad cuando una noche mi padre al oír una explosión dijo que se trataba de una bomba. Todos pensamos que desbarraba. A pesar de haber hecho la guerra no le dábamos crédito como artificiero. Acertó. Era una bomba. Malos tiempos aquellos.
Y, sin embargo, por muy omnipresente que haya estado la política en mi vida nunca como hasta ahora me había causado tanto hartazgo. Tal vez no sea sino cansancio en mis ojos. O no. Quizá sea más que eso. Quizá sea que hemos llegado a la saturación de la mezcla. Puede que la memoria me falle, pero nunca como ahora hemos alcanzado estos extremos. Nunca hasta ahora nos habíamos precipitado por semejantes barrancos. Veo a mi alrededor recelo, distanciamiento, enfado y hasta insultos entre amigos y familiares por atracón de política. Nos hemos partido en dos. Literalmente partidos. Vivimos borrachos de política, tan borrachos que se nos nubla la mirada y el entendimiento. Vivimos en una charca de demagogia. Vivimos cercados de política-basura a todas horas. La radio, la tele, las redes… Ni siquiera el fútbol nos salva. Ni el fútbol ni las películas. Todo es política. Hasta el fútbol y las películas. Hasta la crónica rosa. Y ahora, por si faltara algo, la inteligencia artificial viene y genera bazofia a granel. Antes se decía, con acierto, hablen de lo que hablen hablan de dinero. Ahora me atrevería a decir que hablen de lo que hablen hablan de política. A todas horas. Hasta el empacho. Tanto que me duelen también los corvejones (si los tuviera).
Debe ser el sino de los tiempos: la incultura sin remordimiento y la comunicación papilla. La era digital no parece haber servido para mejorar la convivencia, al contrario. He aquí entre nosotros, nosotros mismos, amigos y parientes, otra vez las dos Españas que fieramente se embisten. Estoy por llevarme mi cafetera a un convento de clausura. Ay, si yo pudiera...
En fin, mañana ya, si eso, les hablo de política… Me despertaré, tomaré café y les hablaré de política, de esta campaña venenosa, de la huelga general y hasta de los asaltos a los comercios. Lo de siempre. No se enfaden (más aún). Dios no lo permita.
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