No sabía yo que el corazón de un arenque disecado es un pequeño triángulo o que su vesícula natatoria y nacarina parece una perla. Hay tanta belleza que no vemos de tanto mirar lo trillado...
Hacia el amanecer es cuando hierve todo: la memoria sentimental, el virtuoso concierto de pájaros; hacia el amanecer es cuando la musicalidad se posa en la ventana y el mundo pesa lo mismo que un poco de algodón.
Las acacias centenarias, los rodrigones. Es hacia el amanecer que miramos las cosas primeras, la leche caliente, la casa quieta y respirando. Todo el espacio para llorar. ¡Mueren tantos que ya nadie se sorprende!
Abro los libros, toda la literatura de muertos, la Biblia con su olor a ramitas de olivo. La única esperanza es que se abran algunas pobres flores y algunos pobres corazones; que beban agua de nueces porque todavía la esperanza está permitida. Me siento a leer en el relente de la cocina porque un poeta sufre mejor sobre los azucareros, los montecitos de magdalenas, pequeñas ciudades que se adormecen.
Los libros de Geografía forman un jardín que luego unos cuantos pisotean con sus botas y teresianas; la tierra es muy codiciada, se la reparten sobe todo si debajo hay nafta, ciudades negras y perforadas, edificadas de pozos que chupan del fondo todo el petróleo.
Por allí hay poquito rocío y las mujeres viven como ovillos, devanadas hacia adentro, tapadas como fardos en los caminos. Los que se llaman clérigos les han arrancado la cara y el cuerpo debajo de telas viejas. Esas bellezas no usan camisas de madapolán blanco.
¡OH, silencio, oh felicidad!
Querría rodearme de papel azul para envolver caramelos o el pan nuestro de todos los días, meter las manos en agua azul frío; visitar almacenes de lana, un taller de acabados. ¡Vanitas vanitatum!
Pero hay que chillar pues hacia el amanecer, las primeras luces del alba traen de nuevo la discordia, el oscuro rencor. Es inútil quedarse callado ante quien nos enseña sus heridas, los musgosos declives.
Tristemente, hacia el amanecer vuelve la oscura tonalidad de la política con sus pitidos y armaduras. Todo es una locura. Sólo se divisan golfos rodeados de caletas rocosas, contornos pedregosos, agujas de pino. En conclusión, ruido de voces murientes sobre los tejados industriales.
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