Nada detiene la belleza de Extremadura. Por mucho que VOX exista e insista habrá violetas en Yuste, jara vertida como agua nieve para los pájaros. El paisaje es amplio sí, pero al respirar, Extremadura huele a tafetán, a relojes parados. Gobernar desde hoy toma nombre de un sentimiento: ¿qué soy? se pregunta María Guardiola, Norte no, Sur tampoco. O como reza el epitafio que Mélida nos regaló con soniquete luso “aquí yace el cuerpo de Surisca”, al oeste de Alburquerque. Ella va sobre algodones pero pronto pueden ser espigones.
Será tal vez aquello que no imaginó, doña Juana o María Manuel, tal vez un pajecillo sobresaltado limando las garras de un halcón. Su dolencia disimula Guardiola con collares y pedruscos, pero sabe que tendrá que pelear cada matiz del acuerdo PP-VOX. Se quemará día y noche con una voluntad de oropéndola sin alas.
Como buena jardinera Guardiola ha ido asentando las piedras que VOX le ponía en el camino, como si en vez de pedir a la Virgen de la Montaña hubiera leído el pequeño tratado japonés sobre el arte de construir jardines, cuya esencia es saber hacer llegar el agua sagrada a las zonas de penumbra.
Donde María Guaridola ve un estanque sereno para sentarse ya revestida del cargo máximo y contemplar los helechos, Vox ve la roca por donde ascender. Cotrina da un paso al lado, se retira en plan monje hasta que llegue su momento. El panorama provoca en muchos puro asombro, un cansancio de siglos también. La oposición al PP anda envuelta en lutos, bebe el amargor de los amoríos con VOX con el desprecio de quien sufre un escarnio irreparable. Hace tiempo que la política es una charca estancada de odio y neblina donde arraiga la tormenta y se oscurece el diálogo.
Guadiola se come a tropezones la sopa que VOX le pone en el almuerzo; para cenar le sentaría bien un kéfir, poquito de hinojo para sortear las trampas de lobos si es que las hubiera. No adelantemos acontecimientos, ya habrá tiempo de sentarse al filo de los tajos a ver las aulagas, los posíos y observar si Guardiola tiene voluntad de tierra o se tumba divagante en lechos de suave pendiente por donde le susurre VOX.
El grana vivísimo del pimiento de la Vera me llena los ojos como si hubiera entrado en una iglesia refrescada de santidad, escondida en un recodo y al entrar me invade el alma todo el incienso que flota sutil en el aire.
He visto como desaparecen las tardes y algunos ataúdes camino del cementerio. Contemplo largo rato el humilladero como una alegoría crepuscular, también así desaparecen hasta emperadores.
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