Guardiola en Las Hurdes

La Trastienda

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22 de agosto de 2026 a las 09:57h
Actualizado: 22 de agosto de 2026 a las 10:08h

En política hay ausencias que pesan más que cualquier presencia y fotografías que, aun siendo inevitables, no convierten una actuación responsable en propaganda. María Guardiola debía estar en Las Hurdes. No para sujetar una manguera ni sustituir a los técnicos, sino para ejercer la responsabilidad que le corresponde como presidenta de la Junta de Extremadura ante un incendio que ha obligado a evacuar hasta once poblaciones y ha mantenido en vilo a miles de personas.

La discusión sobre si un presidente debe acudir al escenario de una catástrofe suele estar contaminada desde el principio. Si no aparece, se le acusa de esconderse. Si aparece, siempre habrá quien diga que ha ido a hacerse la foto.

Pero no todas las presencias son iguales. Una cosa es recorrer durante unas horas el puesto de mando, pronunciar unas palabras previsibles y marcharse. Otra distinta es participar en el trabajo, presidir las reuniones del Centro de Coordinación Operativa Integrada (CECOPI), conocer directamente la evolución del fuego, escuchar a los responsables del dispositivo y asumir las decisiones políticas derivadas de una emergencia de esta magnitud.

Cuando se acude para actuar y aportar, llega un momento en que el personaje se mezcla con el paisaje del esfuerzo. Deja de ser visitante para formar parte del engranaje institucional que acompaña al operativo. Quienes combaten las llamas son los bomberos forestales, los agentes del Medio Natural, la Guardia Civil, los técnicos y todos los efectivos desplegados. Pero alguien debe garantizar los medios, coordinar administraciones y responder por las decisiones adoptadas. Gobernar también consiste en estar cuando la situación se complica.

Guardiola no ha estado sola. El vicepresidente Abel Bautista ha asumido buena parte de la gestión pública y de la información diaria, mientras los responsables técnicos han marcado las prioridades sobre el terreno. Reconocer la presencia de la presidenta no significa borrar a quienes llevan jornadas luchando contra el fuego, sino aceptar que la máxima responsable política no puede comportarse como una espectadora informada desde la distancia.

Durante estos días también se han vivido momentos de tensión con algunos vecinos. Es comprensible. Quien ha dejado atrás su casa, sus animales o sus tierras no siempre encuentra las palabras más templadas. El miedo, el cansancio y la incertidumbre no conocen de protocolos institucionales. La obligación de un gobernante no es exigir agradecimiento, sino escuchar, explicar y soportar incluso alguno que otro reproche.

Intentar convertir cada gesto de enfado en un argumento partidista resulta bastante más cuestionable que la presencia de la presidenta. En medio de una desgracia siempre aparece quien busca una frase, un vídeo o un desencuentro que utilizar contra el adversario. Pero el dolor de los vecinos no debería servir de combustible para ninguna estrategia política. Bastante fuego hay ya sobre el terreno.

La línea entre responsabilidad y propaganda es muy fina. La diferencia no está en que haya cámaras —las habrá cuando acuda una presidenta—, sino en lo que sucede antes y después de la fotografía. Si la visita se limita a la imagen, es propaganda. Si sirve para trabajar, decidir, coordinar y rendir cuentas, es responsabilidad.

Confundir por sistema la presencia institucional con una operación de imagen conduce a una política imposible: aquella en la que un gobernante es culpable si no está y sospechoso si aparece

María Guardiola debía estar en Pinofranqueado y debía hacerlo no como una visitante esporádica, sino asistiendo y presidiendo las reuniones en las que se adoptaban decisiones conjuntas. Esa coordinación entre administraciones ha funcionado con eficacia, como demuestran la presencia del delegado del Gobierno y del presidente de la Diputación de Cáceres, así como el trabajo compartido de los efectivos del MITECO y la UME con el personal del Infoex, los medios de la institución provincial y el resto de profesionales y voluntarios movilizados. Ya habrá tiempo de discutir los resultados, los recursos movilizados o la oportunidad de cada medida. Pero confundir por sistema la presencia institucional con una operación de imagen conduce a una política imposible: aquella en la que un gobernante es culpable si no está y sospechoso si aparece.

Porque, cuando el monte arde y los vecinos abandonan sus casas sin saber qué encontrarán al regresar, la ausencia de quien gobierna nunca es neutral. Guardiola debía estar allí, asumir su responsabilidad y acompañar a quienes necesitaban respuestas. No para apagar personalmente el fuego, sino haciendo cuanto estuviera en su mano y garantizando los medios necesarios a quienes luchaban contra él.

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Antonio Cid de Rivera
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