Se está celebrando en estos momentos en Nueva York la Asamblea General de Naciones Unidas, con asistencia de todos los líderes mundiales. En ella se plantea una premisa que antes no era tan nítida: la ausencia de gobernanza global con múltiples intereses y el surgimiento de nuevos bloques en el puzle internacional, por la ausencia de resultados visibles en la cooperación y ritmos de desarrollo, pone en jaque la incapacidad de la ONU para dar respuestas a los problemas ascendentes.
Prácticamente, desde la creación de este organismo (1945), dividido en tres grandes bloques (capitalismo, comunismo y Tercer Mundo, intentando este último elegir entre ambas opciones) no se plantearon nuevos escenarios, pero a partir de la década de los 80, especialmente, la globalización empezaba a minimizar la importancia de las fronteras, los Estados y hasta de la propia Geografía parecía achicarse. El mundo corría hacia un espacio cada vez más integrado, donde mercancías, capitales, información y personas circularían con creciente libertad.
Sin embargo, observamos cómo la realidad ha terminado mostrando algo diferente: el territorio nunca desapareció y ahora regresa con fuerza inusitada, asociado a una marcada heterogeneidad y perspectiva poliédrica.
La caída del Muro de Berlín en 1989 y el posterior hundimiento de la Unión Soviética parecieron inaugurar una etapa histórica completamente nueva. La globalización avanzó, el comercio mundial creció y cientos de millones de personas abandonaron la pobreza, especialmente en Asia.
No obstante, eso nos llevó erróneamente a equiparar la globalización con la homogeneización, pues finalmente no se dio el fenómeno de causalidad y correlación entre ambos procesos. Que a día de hoy forjan choques civilizatorios y religiosos en cascada, sin olvidar los nacionalismos internos en el caso de Europa y las ansias de expansión más allá de las propias fronteras (guerra de Rusia con Ucrania), tensiones por invasión demográfica en Ceuta (España) o amenazas de adquisición por compra de Estados Unidos a Groenlandia (Dinamarca).
Samuel Huntington, en su obra «Choque de civilizaciones», advirtió poco después que los conflictos del futuro no serían fundamentalmente ideológicos, sino también culturales, religiosos y civilizatorios. Su tesis fue muy discutida, pero basta contemplar el mapa actual para comprobar que identidades, fronteras, nacionalismos, religiones y rivalidades históricas continúan condicionando profundamente las relaciones internacionales.
En el siglo XXI han reaparecido con fuerza los grandes bloques territoriales. Por ahora, Estados Unidos continúa encabezando el espacio occidental y atlántico junto con Europa, Canadá y sus aliados. Mientras China se ha convertido en una potencia económica, tecnológica y militar que disputa la influencia global. Rusia trata de conservar un espacio estratégico propio en Eurasia. India emerge como potencia demográfica y económica con una política exterior deliberadamente autónoma. Oriente Próximo mantiene un enorme peso energético y financiero. África adquiere una creciente importancia demográfica y geoestratégica. Y numerosos países del denominado Sur Global intentan ampliar su margen de maniobra sin alinearse completamente con ninguna gran potencia.
En el actual contexto de tiranteces e incertidumbres está claro que no hemos regresado exactamente a los dos bloques rígidos de la Guerra Fría, sino que estamos redefiniendo sin escenario concreto un planeta geopolíticamente más complejo e imprevisible del que nunca habíamos conocido.
Así vemos que un país puede depender militarmente de Estados Unidos, comerciar principalmente con China, importar energía del Golfo y mantener acuerdos estratégicos con India o Rusia. Más que dos bloques perfectamente definidos, estamos ante lo que los estrategas denominan "geometría variable" de intereses, alianzas y dependencias. Marruecos es un buen ejemplo de cuanto decimos, con relaciones estrechas de forma simultánea con USA, Israel, China y Rusia. Aquí radica una de las claves del momento presente.
La prueba más evidente de esta nueva realidad se encuentra en el control de los corredores estratégicos. Durante décadas se pensó que la economía digital reduciría la importancia del espacio geográfico. Ha sucedido exactamente lo contrario. El estrecho de Ormuz continúa condicionando el suministro energético mundial; el canal de Suez sigue siendo una de las grandes arterias del comercio oceánico; el mar Rojo se ha convertido en un escenario de tensión permanente; y los grandes proyectos de conectividad, desde la Nueva Ruta de la Seda impulsada por China hasta el corredor India-Oriente Medio-Europa promovido por Occidente, demuestran que la competencia global vuelve a librarse sobre el mapa.
En estos momentos todos son conscientes de que quien controle las infraestructuras, los nodos logísticos y los puntos de paso obligados dispondrá de una ventaja estratégica decisiva. La Geografía, como afirmaba Yves Lacoste, sigue siendo un arma para la guerra.
Por ende, la globalización no está desapareciendo, como algunos insinúan, simplemente se está territorializando. De nuevo volvemos a poner el foco en la Geopolítica, los estrechos marítimos, los puertos, los corredores ferroviarios, las rutas energéticas, los minerales estratégicos, los semiconductores, los recursos hídricos, la producción de alimentos y la localización de las industrias.
Asimismo, la pugna contemporánea ya no se desarrolla únicamente sobre territorios físicos. También se libra sobre los recursos tecnológicos que sostendrán la economía del siglo XXI. Los semiconductores avanzados, las tierras raras, el litio, los centros de datos, los cables submarinos, la inteligencia artificial o la computación de alto rendimiento se han convertido en activos estratégicos.
La nueva geopolítica combina territorio, tecnología y conocimiento. Las grandes potencias no sólo compiten por controlar mercados, sino también por dominar las cadenas de suministro de aquellos recursos imprescindibles para la innovación y la soberanía tecnológica.
Consecuentemente, la Geografía, que algunos dieron precipitadamente por superada, vuelve a ocupar el centro de la política mundial, y en este contexto se hace palpable que Naciones Unidas afronta una evidente dificultad.
La organización nació en 1945 sobre una determinada distribución del poder mundial. Ochenta años después, el mapa económico, demográfico y político del planeta ha cambiado profundamente, pero buena parte de aquella arquitectura permanece prácticamente intacta. El Consejo de Seguridad continúa condicionado por los intereses de sus cinco miembros permanentes y las guerras recientes vuelven a demostrar que, cuando chocan los intereses de las grandes potencias, el multilateralismo encuentra rápidamente sus límites.
La situación plantea una paradoja llamativa. Nunca había existido tanta interdependencia económica entre países y, sin embargo, los mecanismos multilaterales muestran crecientes dificultades para gestionar los conflictos. El mundo avanza hacia una realidad multipolar donde los equilibrios de 1945 resultan insuficientes para representar la distribución actual del poder. La creciente influencia de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica), el protagonismo del G-20 y la proliferación de alianzas regionales revelan que numerosos Estados buscan fórmulas complementarias o alternativas a las instituciones surgidas tras la Segunda Guerra Mundial.
Esto no implica en modo alguno que la ONU sea innecesaria, todo lo contrario. Precisamente un mundo más fracturado necesita puntos de encuentro donde los adversarios puedan seguir hablando. Pero reconocer su utilidad no debería impedir evaluar su eficacia, por cierto, ínfima a tenor de los resultados.
Desde 2015 contamos además con la Agenda 2030, 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible y 169 metas. Sin duda que se han producido avances en numerosos ámbitos, pero no es menos cierto que gran parte de los objetivos acumulan retrasos y que las desigualdades territoriales continúan siendo enormes.
A ello se añade una dificultad frecuentemente ignorada: la pretensión de aplicar orientaciones homogéneas sobre territorios profundamente heterogéneos. Las prioridades de una economía altamente desarrollada no siempre coinciden con las de países cuya preocupación principal continúa siendo crear empleo, garantizar infraestructuras básicas o acceder a tecnologías esenciales. El desarrollo exige reconocer la diversidad de situaciones territoriales y adaptar las políticas a sus características específicas: no se puede exigir criterios muy rígidos a países del Sur que están intentando abandonar la situación de pobreza.
De tal modo que algunos territorios concentran inversión, innovación y empleo; otros pierden población y oportunidades. Mientras Europa y buena parte de Asia oriental envejecen aceleradamente, África experimenta una expansión demográfica extraordinaria.
Pocas medidas políticas se percatan que la variable demográfica constituye uno de los factores más decisivos de las próximas décadas. Europa reduce progresivamente su población activa y aumenta su dependencia del gasto social asociado al envejecimiento. África, por el contrario, concentra el mayor crecimiento demográfico del planeta. India se ha convertido en la nación más poblada del mundo y el conjunto del Sur Global incrementa constantemente su peso relativo. Estas transformaciones modificarán los flujos migratorios, la demanda de recursos, los mercados laborales y la propia distribución del poder mundial.
Entre tanto, unos países concentran capital y tecnología, otros siguen dependiendo de materias primas o de actividades de escaso valor añadido.
Inclusive dentro de los países avanzados, los beneficios de la globalización se han distribuido de manera desigual. Algunas ciudades y regiones se han convertido en grandes nodos de la economía mundial, mientras antiguas áreas industriales han perdido fábricas, empleos y población. A la vez que sus áreas rurales siguen aportando recursos naturales y energéticos para que las zonas metropolitanas aumenten sus niveles de vida, en una especie de colonia interior.
Y todo lo anterior es el reflejo de una forma errada o interesada de proceder por parte de los organismos supranacionales a los que los países han transferido tantas competencias. En toda la historia habíamos tenido tantas instituciones internacionales, organismos, observatorios, cumbres y hojas de ruta.
A pesar de todo ello, desde el final de la Guerra Fría, por primera vez estamos asistiendo a una fase tan intensa de incertidumbre que conlleva elevados niveles de inseguridad.
En realidad, el gran debate actual ya no consiste en elegir entre globalización y soberanía, como si ambas fueran incompatibles. El verdadero desafío se basa en compatibilizar la creciente interdependencia económica con la capacidad de los territorios para preservar sus intereses estratégicos, asegurar recursos esenciales y mantener márgenes razonables de decisión política. La globalización continúa existiendo, pero se encuentra cada vez más condicionada por factores geográficos, tecnológicos, demográficos y energéticos que obligan a revisar muchos de los supuestos aceptados durante las últimas décadas.
Con esta rápida reflexión hemos puesto de relieve la nueva y cambiante realidad estratégica de la gobernanza mundial, que debiera servirnos para evaluar que lo que se ha venido realizando ya no sirve de igual manera para un mundo que no existe y cuyos problemas no se resuelven a base de declaraciones solemnes sino con resultados sobre el mapa del bienestar para los 8.350 millones de habitantes que poblamos este planeta azul.
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