Con sus gafitas de siempre. En calma. Como vivió. Creo que vivió en calma. Creo… Ni las tareas ni los afanes -y fueron muchos- parecían ahuyentar la calma que le gobernaba el rostro... el paso y la palabra. Tal vez. O tal vez no. Que la procesión suele gustar de ir por dentro. Este Viernes de Dolores lloró al paso de la Virgen que yo lo vi. Una pelusilla. Un manto bordado en oro. Negro. Negro como una sentencia de muerte. No era bobo, pero por un instante se le quedó cara de bobo… mira que te mira a través de los cristales de sus gafitas feas. Fue entonces cuando me fijé en que eran feas. Eran feas como él… y listas… como él. Eran unas gafas como de otro tiempo… como él. Un caballero de adarga antigua, lanza en astillero y gafas flacas. Y médico. Y algo bienhechor. En términos azules, inasequible al desaliento. Con y sin gafas. No sé si llevaba las gafas puestas en el instante trágico de entregar el alma. Gafitas del saber que siguen aquí, sin saber qué es lo que se ve al morir. El caso es que lo vistieron, además, con gafas.
Con gafas lo metieron en la caja, con el gesto de siempre, la calma de siempre y las gafas de siempre. Para que lo reconozcan, me dijeron. El argumento tiene su fundamento… y su pena. Un pena redonda como un lamparón de aceite. Un lamparón de pena entre flores de colores. Mira que era listo… pensé. Y qué ataúd. Y cuántas flores. Y qué familia tan bonita. El saloncito olía a flores, tanto que casi no olía a muerto. Solo reparé en el olor a muerto cuando se me cruzaron sus gafas. Ciegas. Ciegos ya sus ojos. Tan muertos, tan muertas. Tan inútiles los dos… los cuatro. Vestirle sí, por supuesto; que no es cosa que nadie vea del muerto lo que no vio en vida… pero ¿gafarle? ¿Para qué le sirve ya quevedo alguno? ¡Qué dolorosa manera de recordar que ya no ve, que nada ve ni con antiparras ni sin ellas! Y si resucita -digo yo sin ser teólogo ni oftalmólogo- que no resucitará miope. Sea Tu voluntad. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Al salir le recordé llorando... pero sin gafas.
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