La firma

Al Paso

valbuena ok bn
14 de octubre de 2026 a las 09:04h
Actualizado: 14 de octubre de 2026 a las 09:04h

Ayer bajé a la feria del libro. En cuestión de ferias de libros también hay categorías. Las hay mejores y peores. Esta a la que bajé yo ayer no es la de Badajoz… que ya quisiera ser. Quisiera si se conocieran, que no sé yo si las ferias de libros se conocen entre sí. Esta a la que yo bajé, aunque de ciudad de muchos habitantes, es una feria simpática pero pobretona. Lo mismo pasa entre las de libros que entre las de toros, suben y bajan sin que podamos asegurar el porqué. O sí, que algo tendrá que ver el trabajo de alguno… y hasta las luces largas de alguno. O de algunos.

Claro que yo con una caseta me conformo. No necesito mucho más para sentirme atrapado como una polilla a la luz de una bombilla en una noche de verano. Esta a la que yo bajé ayer tiene casi cien casetas… eso sí, pero la programación de actos es más bien de aliño. No faltan autores con su libro bajo el brazo, en general de esos que ni se leen ni se compran. Es conmovedor verles plantar su árbol, tener su hijo, escribir su libro… y aprestarse a bien morir. Digo. Tal vez sea un poco así. Es la corriente que nos arrastra… mientras vamos de feria en feria. Las librerías, las editoriales, los autores… y las autoridades. Las autoridades me sobran. Repiten sin fuste lugares comunes como loritos. ¡Cuánto me aburren!

Tiene la feria sus luces y sus sombras, su vida… y sus bares… que también comen y beben los poetas… y los que acarrean cajas de libros. Comen lo que se tercia. Ayer, en una caseta, el vendedor me atendió con un bocadillo de fuagrás entre dientes; de perfil para no resultar demasiado agresivo, para que no se le vieran los dientes ni el bolo alimenticio. Hay un barecito a dos pasos que sirve medios bocadillos de queso y jamón en pan con tomate que derriten las meninges; es más, si uno lo prefiere puede sustituir el jamón por tocino… y ya no quedará una meninge viva. Ocurre lo mismo que con los libros, nos despiertan, nos recuerdan que estamos vivos, y, en caso de atracón, nos roban el aliento.

Ayer coincidí con un matrimonio de Valencia; él los escribe, ella los vende. Una pareja curiosa… Él parecía callado y más bien tímido; ella tenía soltura para atrapar pájaros al vuelo, para engatusar transeúntes con palabras y maneras de vendedor de pócimas y para terminar asegurando que el libro lo han escrito ellos dos… a medias. No lo compré… quizá debí hacerlo. El género que más se vende es el rosa. Las herederas de Corín Tellado gozan de muchachitas en flor entregadas a sus portadas de besos, arrumacos y colorines. Es curioso, sin embargo, los herederos de Marcial Lafuente Estefanía parecen haberse extinguido… salvo si sustituyéramos el salvaje oeste por los bajos fondos; no se vende mal el suspense. Desde Montalbán para acá no hay escritor a la violeta que no tenga su propia saga policíaca. Thriller le llaman ahora; es importante cambiar el nombre a la mercancía para parecer moderno… y así vender mejor la macana.

Yo más bien compro viejo. Un librero me preguntó inquisitorial qué es lo que me gusta leer. No me atreví a decirle la verdad… yo, a estas alturas, voy buscando ediciones bonitas de lo que ya he tenido en mis manos. Poco más. Será que ya me han robado el aliento… y el caletre. Espero que Dios me perdone la lujuria de acariciar libros como doncellas. ¿Ven? Lo que les decía. Por perdido me doy.

En una caseta firma Máximo Huertas. Mitad escritor, mitad librero. Debe ser enternecedor tener una librería y… perder dinero. ¿Ganarlo? ¡Qué sé yo! Debe ser como vivir en una cueva… ¿quién que tenga el alma delicada no quisiera vivir en una cueva de libros? Máximo, a diferencia del resto, vende libros. Y los firma. Libro en mano serpentean los que esperan para una firma y una foto. Lo de la foto siempre me ha parecido un tanto facilón. Tengo libros firmados por Unamuno y no tengo fotos con él. Debe ser por eso que no, que no pido foto, me basta con la firma. Es más, antes daba nombre y apellido, ahora solo doy mi nombre. Así, quizá, tal vez, quién sabe, una vez muertos el autor y yo, le valga a quien acabe poseyendo lo que fue mío. Esa esperanza me queda, que medio le valga aunque solo sea durante el suspiro de antes a que nos extingamos. Solo Fernando, para qué más, para qué recordarle a nadie que me apellido Valbuena, como el vino, la primera con uve y la segunda con be.

Me cae bien Huertas. Escribe con cierta dulzura. Escribe desde los adentros. Levemente, sin otro calambre que el de su propio infortunio. Huertas tiene los ojos tristes, como si no hubiera dormido lo suficiente, como si le costara dormir, como si cada día a la misma hora le atropellase el mismo tren. Huertas tiene buena letra y pluma verde. Escribe en redondo, como dicen que escriben las almas que son nobles. Y firma bonito. Hunde el trazo de una de las letras de su nombre como los que tienen una intensa vida interior. Tan intensa como oculta. Se lo digo. Me contesta que sí, que quizá demasiada. Me recuerda la firma de Antonio Gala y hasta la de Valle, todas ellas firmas con raíces. Huertas firma sin que la firma se le levante, sin soberbia. Y firma bajo un trazo recto que se asemeja a un tejadillo que quiere ser cobijo y tapadera del miedo. Le digo que su firma me recuerda a la de Gala; contesta que lo verá. Me llevo mis dos libros firmados en tinta verde. Me siento en una terraza a tomar un café. ¿Qué fue de Gala? Tantos libros como vendió y qué poco se habla de él ahora que está bajo tierra.

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Fernando Valbuena
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